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EDITORIAL

El fin de CDC y de su sucedáneo

La división de la sociedad, la inestabilidad, la inseguridad jurídica y la fuga de empresas es el precio que se ha pagado y se pagará.

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El proceso separatista es una trituradora política que se ha llevado por delante a uno de sus principales promotores. La vieja Convergencia, antaño un partido que aglutinó a una mayoría del electorado mientras sembraba las bases de la actual situación y del sistema del tres por ciento, no ha resistido la combinación de la corrupción generalizada y el caso Pujol con la del sesgo separatista impreso por Artur Mas y los cachorros del pujolismo.

En la defunción del movimiento hay mucho de escándalo económico, con la complicidad de los partidos nacionales ante la posición de bisagra de un partido sobredimensionado en Madrid por la ley electoral y una condición que dotaba de un particular sentido de Estado y de la caja a Pujol. Y la apuesta separatista de Mas no se puede explicar sin la concurrencia de una corrupción que había que tapar o atribuir a las cloacas de Interior como una suerte de guerra sucia con dispositivo mediático para luchar contra la libertad de Cataluña. El aliño del tradicional victimismo nacionalista acabó con la poca sensatez que pudiera haber podido mostrar antes CDC. 

Con la perspectiva de los cinco años que lleva en marcha el proceso, el resultado de la apuesta de Mas y sus consejeros es un desastre social y un reguero de víctimas políticas que pasa por todos los partidos, salvo por ERC, la CUP y Ciudadanos, que se ha convertido en el segundo de la Cámara catalana ante las dudas y complejos de socialistas y populares frente al reto separatista.

El fin de Convergencia es una herencia insoportable para el nuevo partido de Mas, el sucedáneo convergente denominado Partido Demócrata Catalán (PDC), que parte sin grupos propios en el Congreso y el Senado y en una irrelevancia cada vez mayor en Cataluña, que le lleva a una posición subordinada a la CUP, diez diputados de un partido cuyo referente exterior es EH-Bildu. 

La aceleración en la pendiente separatista se debe a la moción de confianza que debe superar Carles Puigdemont el próximo 28 de septiembre, y el president no parece tener dudas a la hora de satisfacer los deseos de desobediencia y enfrentamiento frontal de los antisistema. Un anticipo electoral sería una prueba imposible de superar para el tierno PDC, que pretende competir con una ERC al alza y que jamás repetirá coalición con los convergentes porque son un lastre, tal como se ha demostrado con las caídas en las dos últimas generales. 

De ahí que lo que queda de Convergencia esté dispuesta a complacer a la CUP para evitar unas elecciones que darían el primer puesto a ERC. La división de la sociedad, la inestabilidad, la inseguridad jurídica y la fuga de empresas es el precio que se ha pagado y se pagará. Resulta barato, al parecer, para los socios del club de la paella de Cadaqués.

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