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EDITORIAL

Gore, un premio al dogmatismo y la hipocresía

Este sacerdote que nos exhorta a que nos arrepintamos porque el fin del mundo se acerca está muy lejos de tener unas costumbres privadas acordes con el modo de vida que desea imponernos.

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Aun dentro del historial de los Príncipes de Asturias, el premio otorgado a Al Gore sorprende. O quizá es que todavía mantenemos una fe ingenua en que algún día el jurado que los otorga recupere el sentido común que tuvo en los primeros años de existencia de los galardones. En aquel tiempo se dedicaron a reconocer los méritos de personas e instituciones poco o mal conocidas por el gran público, regalándose la atención y publicidad de la que carecían y, generalmente, merecían. Sin embargo, ya hace demasiado tiempo que los galardones se otorgan en función de la previa celebridad de los premiados, teniendo además un cuidado exquisito en que no puedan ser jamás objetados por la progresía.

Los complejos en la derecha y la falta de ellos en la izquierda han provocado que el premio mantenga siempre un sesgo considerable, siempre hacia el mismo lado. Al Gore, en ese sentido, no es más que un nuevo ejemplo. Pero aún así, sorprende que se otorgue un premio de "cooperación internacional" a alguien que apoya la coacción global contra la libertad y el progreso. Los méritos de Al Gore para este galardón se limitan al oscarizado documental Una verdad incómoda en la que el ecologista no se recata en falsificar y exagerar lo que dicen los ya de por sí catastrofistas datos del IPCC, organismo de la ONU para estudiar el cambio climático. Por ejemplo, se centra en el 2% de la superficie de la Antártida que se está calentando e ignora el 98% restante, que se está enfriando, lo que hace que el continente en su conjunto esté ganando hielo. Hace unas predicciones apocalípticas muy espectaculares sobre el hundimiento bajo las aguas de ciudades emblemáticas, pero para ello multiplica por más de diez la peor previsión existente de aumento del nivel del mar.

Además, después de la concesión del galardón cinematográfico por su documental, hemos sabido que este sacerdote que nos exhorta a que nos arrepintamos porque el fin del mundo se acerca está muy lejos de tener unas costumbres privadas acordes con el modo de vida que desea imponernos. Si una familia estadounidense media tiene una factura eléctrica anual de 10.656 kw-h, el hogar del mesías del calentamiento global consume 221.000. Además, posee una mina de cinc que emitió 1,8 millones de kilos de vertidos tóxicos en cinco años. Y cuando en una comparecencia en el Senado se le pidió que se comprometiera a llevar un estilo de vida más acorde con lo que predica que con lo que hace, se negó a prometer nada. Se ve que eso del calentamiento global podrá ser, para Al Gore, el mayor problema que afronta la humanidad, pero él no está dispuesto a sacrificarse para evitarlo, sino que nos exige a todos los demás que lo hagamos en su nombre. Y mientras, venga a ganar dinero dando conferencias anunciando nuestro final.

En definitiva, este año el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional se ha otorgado a una ideología que pone en peligro los mecanismos de cooperación entre personas libres, en la persona de un hipócrita que ha convertido al ecologismo en un gran negocio. Es difícil hacerlo peor.


 

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