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Emilio Campmany

Evacuando melodías

La única razón imaginable es la de evitar que Pablo Casado llegara a hacer una oferta que los socialistas de fuera de Cataluña pudieran considerar aceptable.

Emilio Campmany
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La única razón imaginable es la de evitar que Pablo Casado llegara a hacer una oferta que los socialistas de fuera de Cataluña pudieran considerar aceptable.
EFE

Después de haber estado cinco meses bailando un rigodón interminable que acabó en el desencuentro que tanto lamentó la progresía, a Sánchez e Iglesias les llevó tan sólo unas horas acordar un Gobierno de coalición. Evidentemente, estaba pactado desde antes. De hecho, en su enrabietada alocución a los cuatro militantes bullangueros que se citaron en Ferraz, ya advirtió el secretario general de lo que venía. Pero la pregunta no es cómo han podido ser tan expeditivos, sino por qué han querido serlo. Lo normal habría sido, no obstante haber ya cerrado el convenio, abandonarse a alguna clase de paripé. Si estaban aburridos del rigodón, podían haberse pasado al minué o a la zarabanda y marear la perdiz un par de semanas. Durante ese tiempo, Sánchez habría podido dibujar algún mohín por el contratiempo de tener que pactar con el comunismo bolivariano e Iglesias fingir firmeza ante la racanería socialista a la hora de compartir canonjías. ¿Por qué tuvo que ser todo echando virutas?

La única razón imaginable es la de evitar que Pablo Casado llegara a hacer una oferta que los socialistas de fuera de Cataluña pudieran considerar aceptable. Ese riesgo no existió después del 28 de abril porque estaba Ciudadanos, que era el obligado natural a hacerla, y Rivera, en su ansia por apoderarse de todo el centro-derecha, dijo a todo el que quiso escucharle que nunca sería responsable de hacer al falsario de Sánchez presidente del Gobierno. Pero ahora, cuando es imposible forzar unas nuevas elecciones, bien motu proprio, bien a consecuencia de poderosas presiones, Casado podría llegar a hacer una oferta que Sánchez no pudiera rechazar.

El problema que habría tenido esa oferta, en caso de hacerse, es que, por muy razonable que fuera, iría en contra de lo que Iceta tenga pactado con Esquerra Republicana. Y Sánchez no puede hacer nada que a Iceta no le guste. No sólo está el hecho de que es Iceta quien sostiene a Sánchez en la Secretaría General del PSOE: está la posibilidad de que la docena de diputados del PSC se rebele contra un Sánchez que se vendiera al constitucionalismo. Luego había que evitar la eventualidad de que a los socialistas de fuera de Cataluña se les ofreciera algo diferente a tener que hincar la rodilla ante el comunismo y el separatismo.

Así pues, el haberlo cocinado todo de tan arrebatada manera significa que la posición de Sánchez en el PSOE, por mucho respaldo de Iceta que tenga, es más débil de lo que parece. En estas condiciones, lo que Casado debería hacer es ofrecer su sí a la investidura de Sánchez a cambio, tan sólo, de que renuncie al Gobierno de coalición con Podemos. Para dar estabilidad a ese futuro Gobierno, Casado podría comprometer incluso su apoyo a los presupuestos que Sánchez quiera llevar a las Cortes, con tal de que tengan el visto bueno de la Unión Europea. De negarse, que se negaría, se pondría en evidencia ante todos los españoles, pero especialmente ante sus votantes, que no es que Sánchez esté obligado a depender del separatismo catalán: es que ansía encamarse con él.

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