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Emilio Campmany

Los cálculos de Sánchez

Sánchez tendrá siempre el arma de la amnistía combinada con la disolución de las cámaras a partir del 29 de mayo.

Sánchez tendrá siempre el arma de la amnistía combinada con la disolución de las cámaras a partir del 29 de mayo.
Pedro Sánchez durante la campaña catalana | Europa Press

Al principio de la campaña catalana, Puigdemont se puso muy farruco exigiendo a Sánchez que en su día obligara a Illa a investirle como president si quería seguir siéndolo él del reino de España. El pacto que ofrecía iracundo parecía igualitario: yo te hice presidente a ti y ahora te toca a ti hacerme presidente a mí. Pero el argumento se cae. Puigdemont todavía no ha cobrado lo que pidió por sus siete votos. Hasta que no sea amnistiado no puede decir ni mu. Bueno, dirán algunos, lo va a ser enseguida. Ya, pero sólo si Armengol, o sea Sánchez, quiere. La presidenta puede convocar un pleno extraordinario echando virutas y hacer que la amnistía se apruebe en un pleno extraordinario el 21 de mayo o esperar el momento más adecuado para ponerlo en el orden del día y aplazarlo al pleno del 31 o al del 7 de junio. O posponerlo incluso para después de las europeas (9 de junio) a fin de evitar en la medida de lo posible que la medida de gracia perjudique electoralmente al PSOE. Mientras tanto, Puigdemont tendrá que estar chitón y ya veremos si no se ve obligado a facilitar la investidura de Illa a cambio de ser finalmente amnistiado. Mientras, Sánchez podría también, a partir del 29 de mayo, disolver las Cortes sin haber aprobado la ley de amnistía y dejar a Puigdemont colgado de la brocha, exiliado y sin fecha de retorno. El único inconveniente que tiene esta medida es que el presidente ha dicho tantas veces lo mucho que le conviene a España amnistiar a los golpistas catalanes que a ver cómo explica ahora el enésimo cambio de opinión. Naturalmente, para un mentiroso como él, éste no es un obstáculo insalvable.

Si Sánchez lograra que, a cambio de la amnistía, Puigdemont consintiera investir a Illa mediante una benévola abstención, podría el presidente aprovechar el éxito en Cataluña para convocar elecciones para este otoño (volver a citarnos con las urnas para finales de julio o en pleno agosto sería excesivo hasta para Sánchez) y ahorrarse el chantaje independentista en la aprobación de los presupuestos de 2025. Podría aspirar a obtener en ellas un resultado mejor que en 2023, que le hiciera depender sólo de Esquerra Republicana, Bildu y PNV y quitarse a Puigdemont de encima gracias a la probable debacle de Sumar y el despeño de Yolanda Díaz.

Tan sólo un pésimo resultado en las elecciones europeas podría entorpecer esta ruta, pero ni siquiera eso parece preocuparle, pues, como se demostró el 23 de julio, hay un cierto número de votantes que en otras elecciones pueden decidirse por otros partidos, pero que en las generales prefieren al PSOE de Sánchez, bien porque son pensionistas, bien porque son asalariados de salario mínimo, bien porque están enamorados del personaje. Aunque los independentistas sumaran para investir a Puigdemont, que no parece, Sánchez tendrá siempre el arma de la amnistía combinada con la disolución de las cámaras a partir del 29 de mayo. Más sabe Sánchez por malo que por Sánchez.

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