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Pequeño gran corrupto

Como sigamos progresando así, va a terminar en la cárcel hasta el último conserje de Ferraz.

Como sigamos progresando así, va a terminar en la cárcel hasta el último conserje de Ferraz.
Pedro Sánchez, durante su intervención en la sesión de control al Ejecutivo de este miércoles. | EFE

Desde que empezó esta legislatura, Sánchez desplegó la estrategia de fingir que la derecha, mediática, judicial y política, quería descabalgarle del Gobierno con medios antidemocráticos. De esa manera, la evidente falta de legitimidad que pesaba sobre él por ser presidente, no obstante haber perdido las elecciones, y gracias a una anticonstitucional amnistía, quedaba desautorizada por ser una falsa acusación propalada con fines inconfesables por oscuros intereses. Parte de esa estrategia consiste en escandalizarse cuando alguien trata con una supuesta falta de respeto a su egregia persona o a su augusta esposa o menosprecia la dignidad del cargo que ostenta. Todas las acusaciones que se hacen a su entorno familiar y a su fiscal general son en consecuencia montajes de esas fuerzas que obran desde la sombra. Y cuando las pruebas contra sus colaboradores son tan abrumadoras que resultan innegables, se desentiende alegando desconocimiento y lejanía, y se justifica diciendo que nadie está libre de ser traicionado por algún colaborador.

Es lo que pretende hacer, no ya con la declaración de Aldama, sino con que el tribunal y la Fiscalía le hayan dejado decir al comisionista lo que dijo, nada menos que acusar de ser un delincuente a la más alta jerarquía del Estado después del Rey. Y atribuyen tamaña negligencia al hecho de formar parte los responsables de la oscura trama que pretende antidemocráticamente descabalgarle de la presidencia del Gobierno. Olvida el presidente a sabiendas que el juez de quien esperaba la supuestamente merecida protección archivó en su día la exposición razonada de Peinado con la que acusó a Bolaños de mentir y que el fiscal señalado fue el que llevó el caso Bankia. Si pertenecieran a la mano negra que dicen los socialistas, no habrían actuado así en aquellas ocasiones.

Naturalmente, los suyos saltan como movidos por un resorte por temor a la ira jupiterina del presidente si se muestran excesivamente tibios o peor, se atienen al principio de la separación de poderes. Y denuncian como corifeos las muchas embestidas antidemocráticas que recibe este Gobierno progresista por el mero hecho de serlo.

Esta imagen de Séptimo de Caballería, desmontado y en círculo, asolado por salvajes que atacan desde todos los puntos cardinales se extiende a lo internacional. Porque en el mundo, el único que todavía levanta la antorcha del socialismo es él, surgiendo como Venus de entre las olas del oscuro mar de la derecha que todo lo inunda. Sánchez se ha convertido así en el faro de la izquierda internacional, desde Washington hasta Roma y desde Buenos Aires hasta Berlín. Gracias a su tesón los socialistas de otros países conservan la esperanza de volver al poder. Es esta, sugieren las terminales mediáticas del PSOE, una razón más para que la derecha fascista quiera defenestrarle ilegalmente, para evitar que continúe alumbrando el camino al socialismo internacional.

Todo eso está muy bien para que se lo crean, o finjan creérselo, los mismos socialistas, cargos y votantes, patrios y extranjeros. Pero deja sin explicar qué hacía Begoña registrando a su nombre un programa informático que no era suyo, su hermano cobrando un sueldo sin ir a trabajar y cómo es posible que sus más estrechos colaboradores estén todos imputados por corrupción sin haberse él enterado de nada. Y dice el tío que España necesita ocho años más de Gobierno progresista. Como sigamos progresando así, va a terminar en la cárcel hasta el último conserje de Ferraz.

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