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¿Qué hacemos en Internet?

Una tarea que antes desarrollábamos de manera pasiva delante de un papel o de un tubo catódico, relegados al papel de "audiencia", ahora se desarrolla en la red, llegando a ocupar la mitad del tiempo que pasamos en Internet.

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En un momento en que el consumo de Internet crece progresivamente tanto en número de usuarios como en tiempo invertido por usuario, la pregunta no deja de tener su cierta relevancia. Y es que la concepción del ordenador y del uso que damos al mismo ha evolucionado de una forma verdaderamente llamativa desde que lo conocemos. Al principio, un ordenador estaba destinado a desarrollar tareas repetitivas, rutinarias, que podían ser programadas fácilmente mediante artefactos como tarjetas perforadas. Un cálculo engorroso, una interacción compleja... el ordenador como obrero especializado, capaz de repetir a mucha velocidad una tarea para la que no valía la pena invertir esfuerzo humano.

Con el tiempo y la Ley de Moore, los ordenadores redujeron su coste y tamaño mientras aumentaban su potencia, llegando a ser un objeto mucho más asequible, que podía ser puesto en manos de un número mayor de trabajadores. Para muchas personas y tareas, el ordenador pasó a ser sinónimo de eficiencia: un procesador de textos no era más que una máquina de escribir más eficiente: la tarea de imprimir se convertía en asíncrona, permitiendo corregir los errores sin necesidad de sacar copias, o incluso imprimirlos varias veces con pequeñas modificaciones: una vez que se probaba, volver a la máquina de escribir producía una sensación parecida a regresar a la escritura cuneiforme. De la misma manera, una hoja de cálculo era como una calculadora enorme y programable, que permitía desarrollar una secuencia de cálculos y repetirla inmediatamente para otras variables de entrada. El ordenador se convirtió en una herramienta que hacía el trabajo más rápido y productivo y que mejoraba además la calidad del producto final.

Entonces llegó Internet. Con Internet, la naturaleza del ordenador cambió de manera radical: de herramienta de productividad, de máquina de escribir o calculadora sofisticada, el ordenador pasó a ser una ventana abierta al exterior, una manera de comunicarnos. La aplicación más inmediata que le dimos, la llamada killer application del momento, fue el correo electrónico, una forma de comunicación que llenaba de manera muy cómoda el vacío existente entre la sincronía total (y, por tanto, la elevada intrusividad) del teléfono, y la asincronía radical con un intervalo de varios días de la carta postal. De repente, la conexión a Internet pasó a ser una característica absolutamente imprescindible del ordenador: si ésta no funcionaba, nos entraba la tentación de irnos a nuestra casa. Internet era comunicación en estado puro, la posibilidad de mantener contacto con un montón de personas y de hacerlo, además, dejando una traza visible, algo que se reflejó en un fantástico encaje con las necesidades de la comunicación corporativa. Además del correo electrónico, otras actividades como la búsqueda y, en menor medida, el comercio electrónico, eran las actividades que llenaban nuestro tiempo en la red.

Ahora, un estudio desarrollado durante cuatro años por la Online Publishers Association revela que nuestro patrón de uso de Internet ha cambiado. Que el tiempo que dedicamos a la comunicación y a la búsqueda palidece sensiblemente con respecto al que dedicamos a consumir contenidos. Una tarea que antes desarrollábamos de manera pasiva delante de un papel o de un tubo catódico, relegados al papel de "audiencia", ahora se desarrolla en la red, llegando a ocupar la mitad del tiempo que pasamos en Internet.

Múltiples factores se aúnan para este resultado: por un lado, un incremento notable del ancho de banda, que permite una circulación de más y mejores contenidos a una velocidad que facilita su consumo prácticamente inmediato (las series de televisión que vemos habitualmente en casa tardan ya menos en bajarse del Azureus que lo que dura el episodio correspondiente). Por otro, la popularidad del vídeo en la red, que incide en una cantidad mayor de contenido de elevado atractivo. Por último, la mejora de los buscadores, que permiten acceder más fácilmente al contenido, y un imparable incremento en la producción de contenidos merced a una democratización en el uso de las herramientas de publicación de los mismos terminan de cerrar el círculo: cada vez más, una persona delante de una pantalla está consumiendo contenidos, un tiempo que detraen en gran medida del que dedicaban a otros medios de comunicación.

En una tesitura semejante, y teniendo en cuenta que la publicidad ha sido, históricamente, la manera más habitual de financiar los contenidos, ¿qué hace la mayoría de la inversión publicitaria todavía centrada en los medios convencionales? Para determinados colectivos, Internet es ya el medio por antonomasia, aquel al que se dirigen para el consumo de la gran mayoría de contenidos y en el que, además, el consumo suele desarrollarse con un nivel mayor de implicación. La situación actual, en la que los presupuestos de publicidad de las empresas únicamente dedican alrededor de un 5% a Internet, es simplemente absurda, y mucho más si tenemos en cuenta las infinitamente mejores posibilidades de adaptación de la publicidad al perfil deseado. El desarrollo progresivo de opciones publicitarias no intrusivas y adaptadas al medio incide, además, en una percepción de la publicidad cada vez más positiva, que se aleja de la sensación de interrupción predominante en el medio tradicional.

Internet es, cada día más, un medio para consumir contenidos. Lejos del tópico de que sólo sirve para ver porno (The Internet is for porn, divertidísimo vídeo realizado con personajes del World of Warcraft), Internet es ya el canal donde nos acercamos a todo tipo de actividades relacionadas con unos contenidos en los que, cada día más, participamos todos. ¿Qué hacemos en Internet? Simplemente, cambiar el panorama de los medios y de la industria de producción de contenidos para siempre.

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