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PRIMARIAS REPUBLICANAS

Ron Paul está haciendo historia

En las elecciones de New Hampshire la noticia fue Mitt Romney, que se hizo con prácticamente el 40% de los votos y aventajó en 16 puntos al segundo candidato más votado, Ron Paul. Pero si Romney fue la noticia, Paul fue el notición. El congresista por Texas, que venía de cosechar el 21% del voto en Iowa, se hizo con el 23% de los sufragios en NH.

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Ron Paul es –excepción hecha de Romney– el único candidato que ha cosechado buenos resultados entre dos electorados bien diferentes, uno –el de Iowa– más evangélico y conservador en lo social y el otro –el de NH– más moderado y conservador en lo fiscal.

Paul encabeza un movimiento fuerte, enérgico y muy comprometido. Y él es distinto de los demás candidatos. Estos salen a ganar, mientras que él confiesa no verse en el Despacho Oval. Aquellos son maquinarias de un solo uso con la vista puesta en la Casa Blanca; Paul, en cambio, tiene por objetivo levantar un movimiento que perviva durante mucho tiempo.

Paul no es tanto un candidato como una causa, como él mismo dijo en la noche electoral de NH. El suyo fue un discurso sincera y casi exultantemente orgulloso; en cambio, los demás perdedores tuvieron que simular estar encantados con los resultados. Paul, sí, estaba genuinamente encantado, porque, después de un cuarto de siglo de travesía en el desierto, está a punto de colocar en la agenda nacional su querida causa. El libertarismo habrá salido entonces de la marginalidad para ocupar una posición destacada en el seno de una formación relevante.

Mírele. Sale en prime time, lo entrevistan por doquier y, lo más importante, es respetado por vencer a todos los candidatos republicanos menos a uno. Su objetivo es convertirse en el líder de la oposición; de la oposición interna en el Partido Republicano.

Es como el Jesse Jackson de la década de los 80, que tenía detrás un sólido electorado afroamericano e izquierdista al que, insistía, el Partido Demócrata debía prestar atención. O como el Pat Buchanan de 1992, que, gracias a los conservadores en lo social, consiguió desempeñar un papel significativo en la convención republicana de dicho año, que en principio iba a ser una coronación de mero trámite del moderado George H. W. Bush. Nadie recuerda el discurso de aceptación de la candidatura republicana que pronunció Bush; en cambio, todo el mundo recuerda la feroz y desastrosa diatriba de Buchanan, centrada en la guerra cultural. Por cierto, en las convenciones demócratas los discursos de Jackson suscitaban mucha expectación, y con frecuencia eclipsaban los de los candidatos más templados.

Paul va a aguantar hasta el final, hasta la convención de Tampa. Es probable que no le vaya bien en Carolina del Sur ni en Florida, pero, con la ayuda de su omnipresente legión de voluntarios, no va a cejar en su empeño de recolectar votos en todos los sitios. Su objetivo es ser el segundo en número de compromisarios, lo que le permitirá influir a modo en el aspirante que finalmente se lleve el gato al agua. Los primeros compases de la convención, que suelen ser bastante anodinos, pueden en esta ocasión muy bien girar en torno a Paul.

La convención demócrata será un alarde audiovisual estrictamente guionizado a la mayor gloria del Príncipe y de su sabio y bondadoso gobierno. En cambio, la convención republicana podría depararnos un discurso de calado en el que Paul inste a la abolición de la Reserva Federal, de la FEMA (Agencia Federal para la Gestión de Desastres) y de la CIA, así como al repliegue de las tropas desplegadas allende nuestras fronteras; un discurso en el que consienta la emergencia de Irán como potencia nuclear y en el que incluso exprese su oposición a la barrera erigida en la frontera con México, no sea que vaya a utilizarse para mantener a los norteamericanos presos en su propio territorio. No sería precisamente el mensaje firme, mesurado y seguro que deseara trasladar la Convención, pero para el libertarismo representaría un hito histórico: el reconocimiento de su línea de pensamiento como corriente destacada.

Deje por un momento de lado su opinión sobre el libertarismo o el propio Paul. Para mí, el libertarismo representa una crítica importante al Leviatán, al Estado mastodóntico, no una filosofía de gobierno. En cuanto a Paul, me parece un hombre de principios y un excéntrico encantador. Pero, con independencia de mis opiniones o de la suya, lo cierto es que Paul está conduciendo su movimiento a la visibilidad y la legitimidad.

Ron Paul tiene 76 años. Sabe que nunca va a alcanzar la Tierra Prometida. Pero está despejando el terreno a su hijo Rand, su sucesor, más moderado y mejor situado (Rand es senador; Ron, miembro de la Cámara de Representantes). Poco importa que a usted le sorprenda que los libertarios practiquen la sucesión dinástica: Ron Paul ha conseguido un auténtico hito, lo más relevante que ha dejado hasta la fecha esta campaña presidencial.

 

© The Washington Post Writers Group

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