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ORIENTE PRÓXIMO

Siria: no sólo está en juego la libertad

Los imperios pueden colapsar si se les priva de sus principales puntos de referencia allende sus fronteras. La caída del Muro de Berlín no sólo significó la liberación de Europa Oriental del yugo de Moscú, sino el derrumbe de la propia Unión Soviética apenas dos años más tarde. El derrocamiento del sirio Bachar Asad podría representar algo parecido para Irán.

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La alianza con Siria es la piedra angular de la creciente expansión iraní, que se ha forjado una suerte de Minicomintern en la que se cuentan Hezbolá, preponderante en el Líbano, y Hamás, que controla Gaza y amenaza con arrebatar el resto de Palestina (la Margen Occidental/Cisjordania) a una débil Fatah. Además, Teherán está ganando influencia en Afganistán por el este y en Irak por el oeste. De hecho, la República Islámica ha ampliado su horizonte hasta Latinoamérica, como ha quedado de manifiesto en el reciente tour solidario de Ahmadineyad por Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba.

De todos esos satélites, Siria es el más importante. Es el único Estado árabe abiertamente aliado del no árabe Irán, dato crucial, dado que los árabes consideran que los persas llevan siglos tratando de dominar el Medio Oriente. Lo cierto es que las armas e instructores iraníes de Hezbolá han dado a los persas su primera cabeza de puente en el Mediterráneo en 2.300 años.

El disenso árabe-iraní no es sólo nacional/étnico. Es también de tipo religioso. Los árabes son mayoritariamente suníes, mientras que Irán es chií. Los Estados árabes temen la infiltración chiita iraní en sus dominios por medio de Hezbolá en el Líbano, de Irak –árabe pero mayoritariamiente chií– y de Siria, gobernada por los Asad, de confesión alauí, una corriente heterodoxa del chiismo.

Por todo esto, así como por razones relacionadas con la democracia y los derechos humanos, es tan importante el destino de Asad. Aunque no tan arbitrario y desquiciado como la variante iraquí de Sadam Husein, el régimen baazista sirio es un despiadado Estado policial que ya en 1982 asesinó a 20.000 personas en Hama y que en la actual oleada represiva se ha cobrado la vida de otros 5.400 sirios. Los derechos humanos, la decencia, serían razón suficiente para que hagamos todo lo posible por derrocar a Asad, sí. Pero es que, además, la geoestrategia contribuye a la urgencia.

Con su constelación de aliados comandados por Siria, Irán es hoy la mayor amenaza regional; para Arabia Saudí y los Estados del Golfo Pérsico, aterrorizados por la idea de un Irán hegemónico y nuclearizado; para los regímenes tradicionales, amenazados por la subversión yihadista iraní; para Israel, al que Teherán ha jurado borrar del mapa; para América y para el resto de Occidente, a los que los mulás quieren fuera de la región.

No es de extrañar, pues, que la Liga Árabe –muchos de cuyos miembros no son lo que se dice un dechado de humanitarismo– esté presionando con fuerza para forzar la salida de Asad. Su caída privaría a Irán de su corredor árabe al Mediterráneo y Siria volvería al ámbito suní. Hezbolá podría ser el siguiente en caer, pues depende sobremanera de sus padrinos sirio e iraní, y Hamás quedaría bajo la tutela de Egipto.

Así las cosas, Irán, despojado de sus aliados clave y dañado por las sanciones económicas que se le han impuesto por seguir adelante con su programa nuclear, se vería forzado a cambiar de rumbo. Los mulás están en una posición lo suficientemente delicada como para ponerse a verter amenazas cuasi suicidas sobre un hipotético bloqueo del Estrecho de Ormuz. La población iraní, cuya Revolución Verde (2009) consiguieron reprimir a duras penas, sigue furiosa, especialmente los segmentos más jóvenes. En cuanto a los redoblados esfuerzos de Teherán por salvar a Asad, no han hecho sino excitar los sentimientos antiiraníes en la región.

No son los árabes suníes los únicos que aguardan la caída de Asad. Turquía, tras acariciar en fechas recientes la idea de una entente con Siria e Irán, se ha vuelto decididamente contra el dictador baazista, pues ve en su caída una oportunidad de ampliar su influencia, como en tiempos del Imperio Otomano, en que ejercía como protector/guía de los árabes suníes.

Semejante alineamiento de fuerzas podría significar una oportunidad extraordinaria para que Occidente contribuya a dicha empresa.

¿Cómo? En primer lugar, sometiendo Siria a un boicot total, es decir, que vaya más allá del petróleo e incluya un embargo total de armamento. En segundo lugar, ayudando a la resistencia; a través de Turquía, que alberga en su territorio tanto a las milicias rebeldes como a la oposición política, o directa y clandestinamente en la propia Siria. Finalmente, por medio de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que exija la remoción del régimen de Asad. Moscú, último aliado relevante de Damasco, se vería obligada a ceder, a menos que prefiera exponerse a la ira de los Estados árabes.

Forcemos la situación. Tracemos las líneas maestras. Dejemos clara la solidaridad americana con la Liga Árabe ante un Irán con pretensiones hegemónicas y su inestable aliado sirio. En diplomacia, a menudo hay que elegir entre los derechos humanos y el interés estratégico. Éste es uno de esos raros casos en los que podemos apostar por ambos a la vez; para ello, no debemos entrar en componendas con Rusia ni sentarnos a esperar a que Asad caiga como fruta madura.

 

© The Washington Post Writers Group

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