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DESDE JERUSALÉN

Un país con sambenito

Gregory Gutin, profesor de la Universidad de Londres, arribó a Israel (8-5-05) para participar de un seminario organizado por la Universidad de Haifa. Podría tratarse de una actividad meramente académica, si no fuera por el hecho de que se trata de una de las dos universidades israelíes marcadas por la Asociación de Profesores Universitarios británica (AUT) (26-4-05) como blanco de un boicot internacional.

Gustavo D. Perednik
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Gutin, miembro de la AUT, denunció el carácter judeofóbico de la decisión; dos días después de la proclamación del boicot Emanuele Ottolenghi, de la Universidad de Oxford, se sumó a la denuncia y solicitó ser agregado a la lista negra de la AUT.
 
En rigor, los boicots académicos contra Israel comenzaron a principios de 2002 en varios países, e incluyeron el ostracismo a profesores hebreos, la inhabilitación de acuerdos universitarios con centros israelíes, la negativa a publicar investigaciones realizadas en Israel y la defenestración de profesores que no se adhirieran a la línea políticamente correcta de oponerse al país judío.
 
Israel ha sufrido muchos boicots desde su misma creación: contra su economía, su espacio aéreo y sus deportistas; hoy les toca a sus universidades recibir en la solapa una estrella de David amarilla. El boicot económico comenzó formalmente en 1957, cuando la empresa Shell se sometió para no perjudicar sus negocios con el imperio petrolero. Siguieron Mobil, Texaco y otras. Pero mucho antes, en 1922, el Quinto Congreso Árabe en Nablús disponía boicotear negocios de judíos, y en 1937 la Conferencia Panárabe de Bludan (Siria) dictaminó que la exclusión de judíos era "un deber patriótico".
 
Lucro y odio a un lado, la singularidad de este nuevo boicot estriba en que lo perpetran académicos, es decir quienes se precian de su rol de guardianes de la libertad de investigación y palabra. Son universitarios los que decidieron exigir de todo colega israelí que, a fin de ser exonerado de la excomunión, hiciera declaraciones públicas en contra de Israel.
 
Imagen tomada de http://boicotpreventiu.org.El procedimiento es intrínsicamente judeofóbico no por su carácter de antiisraelí, sino por su exclusividad contra Israel. En efecto, en general es factible desenmascarar la judeofobia (que ya no se descarga contra la religión de los judíos sino contra su Estado) por el hecho de que hay un único país sometido a denuncias y exigencias que los inquisidores esgrimen como si Israel fuera el peor país del mundo.
 
El arsenal judeofóbico ha venido ejerciendo esta discriminación durante siglos. En el Medioevo se excluía a los israelitas de corporaciones y de ciertas profesiones, como las de zapatero, sastre o peluquero; asimismo, eran objeto de gravámenes discriminatorios y de vetos a la posesión de tierras, y fueron eventualmente encerrados en guetos, lo que les impedía incluso el comercio con el mundo exterior.
 
Por extensos períodos fueron privados de ciudadanía, sufrían de numerus clausus para ingresar a casas de estudio, y les prohibieron ciertas profesiones aun después de que, a partir del siglo XIX, la ley les asegurara la igualdad formalmente.
 
El judeófobo de hoy boicotea a Israel, y sólo a Israel, pero no admite su judeofobia, del mismo modo que no la reconocían los judeófobos pretéritos. Un inquisidor del siglo XVI, si se hubiera horrorizado de las matanzas de judíos en 1391, no habría sido capaz de notar que él mismo encarnaba la continuación de aquella cruzada judeofóbica. "¿Cómo puede usted comparar? –espetaría–. Ferrant Martínez masacró inocentes arbitrariamente. Nuestra Inquisición, por el contrario, tiene el noble objeto de proteger la unidad religiosa, y además otorga a las víctimas la opción de la fe antes de la hoguera".
 
Quien durante el siglo XIX se enterara con estupor de las torturas inquisitoriales no aceptaría que ese odio tuviera relación con la discriminación e injurias que durante su propia época padecían los descendientes de judíos: "¿Cómo se puede equiparar la brutalidad medieval –exclamaría– con la autodefensa de la sociedad actual frente a las perniciosas influencias judaicas?".
 
La judeofobia es singular: no sólo porque sea el odio más antiguo, universal, profundo, persistente, obsesivo, quimérico y eficaz que haya existido, sino porque quien lo porta raramente lo asume conscientemente. De entre los españoles de hoy, también pocos proclamarían abiertamente odiarnos, pero la mayoría de ellos guarda, aun en el más cálido de los corazones, un gélido rincón para "el judío de los países".
 
De inquisidores y héroes
 
Que Israel es el Estado más cuestionado del mundo no parece sorprenderlos, ni que haya absorbido las dos terceras partes de las condenas de la Asamblea de la ONU (que hasta 1991 nunca condenó a ningún régimen árabe, pese a las violaciones reiteradas de los derechos humanos). No los conmueve que contra la única democracia del Medio Oriente se descarguen los dardos acusadores de los medios de difusión, zahiriéndola con epítetos como "nazi" y "cáncer de Medio Oriente", proferidos aun por intelectuales y grandes escritores. "¿Cómo puede usted comparar? –nos preguntarían enojados los medios de difusión europeos–. ¿Qué tiene que ver la intolerancia del pasado con las críticas al Estado sionista, dirigidas contra la ocupación?".
 
El problema es que la única ocupación y transgresión que los obsesiona es la israelí, y en su humanismo selectivo legitiman a los peores infractores de derechos humanos. A esta aquiescencia acaban de ser arrastrados los gobiernos sudamericanos en la Cumbre de Brasilia (11-5-05), en la que se sumaron a regímenes de la Liga Árabe para denostar a Israel, permitiendo una vez más el desvío de sus verdaderos problemas según advirtiéramos en nuestro artículo anterior.
 
La comunidad israelita brasileña ha reaccionado digna y airadamente contra "la tentativa de atribuir a un solo país y a un solo pueblo la responsabilidad" y contra "la aprobación tácita del terrorismo" que condona un terrorismo aceptable: el antijudío.
 
Como era de esperarse, la declaración de Brasilia elude cuestiones baladíes como la democracia, los derechos humanos y la opresión de la mujer, ya que los delegados de las dictaduras árabes prefirieron que no los calumniaran. Después de todo, el único verdadero problema del mundo es Israel, y los únicos profesores del planeta que deben ser excomulgados son los israelíes.
 
En un abarcadora investigación sobre el boicot, Manfred Gerstenfeld –experto internacional en temas del medio ambiente– revela la demonización que caracteriza el discurso de los boicoteadores. Así, en una banalización del sufrimiento judío, Mona Baker acusa precisamente a Israel de "cometer un Holocausto" y, en un remedo de los Protocolos de los Sabios de Sión, Michael Sinnott carga contra "la conspiración sionista internacional".
 
Noam Chomsky.Los efectos de este lenguaje maniqueo son previsibles, y otros profesores pasan a convocar a la acción directa: durante 2002 Ted Honderich –durante una conferencia en Toronto– alentó a los palestinos a hacerse estallar para matar judíos, y Tom Paulin, de Oxford –en una entrevista en un diario egipcio–, incitó al asesinato de ciudadanos israelíes, a quienes consideraba "nazis racistas".
 
Como la judeofobia de otras épocas, también el actual boicot goza del apoyo de algunos judíos, los cuales inmediatamente cobran una popularidad desproporcionada a sus logros. En Austria John Bunzl, en EEUU Noam Chomsky, en Australia John Docker, en Francia Jean-Marc Levy, y aun en Israel no faltan profesores –como Tanya Reinhart e Ilan Pape– que aplauden el aislamiento de su propio país. Los que odian lo propio son premiados con mayor prestigio en Europa, donde si no fuera por su singular judeofobia serían ilustres desconocidos.
 
Precisamente son de origen judío los que iniciaron el boicot en 2002: Hilary y Seteven Rose, quienes descubrieron que su antisionismo les depara una publicidad que escapa a sus méritos académicos (Steven es biólogo de la Universidad Abierta y Hilary es profesora de política social en Bradford).
 
El boicot comenzó con una carta abierta en el diario The Guardian (6-4-02) que exhortaba a una "moratoria de todo vínculo cultural con Israel hasta que éste no comenzara negociaciones basadas en las propuestas de paz, recientemente la de Arabia Saudí y la Liga Árabe". Inicialmente las firmas fueron 120, y una semana después ya eran varios centenares. Que no tuvieran escrúpulos en mencionar el edificante ejemplo del régimen saudí misógino y represor –al que nunca se les ocurrió boicotear– es altamente significativo.
 
La contrapartida no se hizo esperar, y en desafío Susan Greenfield lideró una delegación a Israel de científicos europeos de primer nivel. Cabe destacarlo porque, como lo resumiera el Gran Rabino de Francia Joseph Sitruk al celebrar el aniversario de la independencia de Israel (12-5-05): "Hoy, ser amigo de Israel es casi heroico". Con todo, las encomiables muestras de heroísmo no alcanzarán para limpiar del mundo académico la mácula del boicot.
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento) y España descarrilada (Inédita Ediciones).
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