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IBEROAMÉRICA

¡Viva Bolivia, muera Chile!

Igual que otros cuatro millones de personas, soy un boliviano que se autoexilió; en mi caso, antes de que el democrático gobierno plurinacional, indigenista, antiblanco, anticristiano, antiamericano, antichileno, anticapitalista, antiliberal, antilibros, antiperiodistas, anticalvos y antipollos del esclarecido presidente Evo Morales me cayera encima... al amparo de casi cualquiera de los antis referidos.

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Todavía quedan nueve millones de individuos en Bolivia, de manera que sólo nos hemos ido el equivalente al 44% de la población estable. Este magnífico logro de hacer que casi la mitad de la población abandone un país que no está en guerra, ni sufriendo cataclismo alguno, o una hambruna masiva, es mérito de los elementos que lo gobiernan o han gobernado, o impedido que se gobierne de otra forma.

La mayoría no se fue con el presidente Morales. Los bolivianos vienen abandonando el país desde que se fundó la república. Y es que mis compatriotas se las ingeniaron para provocar los más inverosímiles descalabros internos y externos.

En todo este tiempo, el suicida ejército boliviano, obediente a sus políticos y comandantes, entró en guerra con todos sus vecinos. Perdió con todos. Bolivia perdió en estos conflictos miles de vidas y la mitad del territorio, un millón de kilómetros cuadrados.

El que menos tierra costó fue la Guerra del Pacífico contra Chile, en 1789: 120.000 kilómetros cuadrados prácticamente abandonados pero ligados a la costa, que, por lo demás, no era excesivamente frecuentada por los barcos bolivianos. No obstante, la pérdida marítima dejó una marca dolorosa, porque el país quedó geográficamente enclaustrado.

Entre revoluciones y golpes de estado, los bolivianos tuvimos que soportar la típica fauna política, que al perder popularidad acudió al tema marítimo para dirigir la vista ciudadana al enemigo añejo. Morales, que cada día es más rechazado por el pueblo, en su ingeniosa originalidad está volviendo a tocar el quisquilloso asunto.

Evo Morales.Años atrás, las imbecilidades de los gobernantes bolivianos quedaban en casa, porque los medios no llegaban al lugar y tampoco se interesaban por él. Hoy, las salvajadas son escuchadas y vistas por todos, y reciben el jubiloso aplauso de la progresía internacional, que goza del mismo nivel político-intelectual que Su Excelencia.

La nueva norma del dictador bananero ha sido imponer que las radioemisoras y canales de TV emitan el Himno al Mar, así como temas alusivos al litoral perdido, para reavivar el odio al vecino chileno.

Esa patriótica idea no es de ahora. Si no fuera porque los gobiernos bolivianos cambian con tal rapidez que resulta más fácil acordarse de los ganadores de la medalla de bronce de salto de longitud en las últimas veinte Olimpiadas que de sus presidentes, podría recordar quién fue el que nos obligaba a cantar el himno nacional en el colegio y clamar, cuando concluíamos: "¡Viva Bolivia, Muera Chile!".

La valiente exclamación se repetía en todo acto público o evento deportivo. Los cuadernos para los escolares venían, igualmente, sellados con ella –o, en casos más corteses, con la frase "El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber"–. El rencor al vecino caló en muchos bolivianos, que odian a Chile más que un niño la sopa de verduras.

El insigne Morales quiere resucitar ese glorioso sentimiento, por lo que está jugando con fuego. Frase que puede tomarse literal en su contexto. Si el Inca cree que puede pinchar a Chile porque tiene de su lado a Mahmud Ahmadineyad, Hugo Chávez y compañía –sin descartar a Perú si sube Humala–, está cometiendo el error más grandioso de su equivocada vida política.

Estados Unidos es aliado de Chile, que tiene un ejército moderno. Si el tiroteo comienza, será desde el lado boliviano, dado su historial de animaladas. Como Morales no mide lo que dice y hace, su bravuconada debe ser tomada en serio.

El lado positivo de esa histórica gesta de Morales sería éste: si el Inca iniciara una guerra junto con sus amigos, Chile y Estados Unidos podrían acabar con los dictadores sudamericanos, lo que permitiría el retorno de miles de productivos ciudadanos a sus países, para reconstruirlos sobre la base de una libertad y una democracia genuinas. Paralelamente, mejoraría el rendimiento de las agencias de viajes y las compañías funerarias.

 

© Diario de América

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