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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Volver a casa

Regresar a España al cabo de un mes sin leer diarios españoles y abriendo sólo un par de veces internet (con minúscula: no hay nada que justifique la mayúscula que suele usarse por ahí) es una experiencia singular, no porque los cambios experimentados por el país en ese tiempo sean asombrosos o desconcertantes, sino porque no ha habido cambio alguno.

Horacio Vázquez Rial
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El tripartito catalán se ha reiterado como farsa, con José Montilla en el papel de president, y Esquerra Republicana ha repartido unas participaciones en la lotería de Navidad “a celebrarse en el país vecino”, o sea, España. Zapatero, contra toda evidencia, sigue empeñado en dialogar con ETA, con los terroristas islámicos, en la OTAN... Con casi todo el mundo, salvo, claro está, con los católicos y con los liberales. Han aparecido más indicios de corrupción aquí y allá, más elementos que inclinan a sospechar que en el sumario del 11-M falta información y buena fe por parte del gobierno, incluida la última rubalcabada con detenciones realizadas, al parecer, para evitar otras detenciones. El fiscal general continúa genuflexo. Los ministros, según el CIS, siguen siendo unos perfectos desconocidos (más o menos en la misma proporción que los parlamentarios de las listas sábana). No obstante, voy a decir algo que sorprenderá al lector: no es lo peor que puede pasar.

He estado en Hispanoamérica. En Buenos Aires, Montevideo y Guadalajara de México. En España, el tiempo parece detenido. Allá, parece retroceder.

Argentina no ha terminado de salir del corralito. Es un país sin crédito, sin hipotecas, en el que los bancos sirven únicamente como depósitos de dinero. No se puede abrir una cuenta corriente en condiciones normales, es decir, sin ser propietario o tener avalistas propietarios, que, como es natural, no abundan. El régimen fiscal es de una increíble voracidad, y los más afortunados entre los pequeños y medianos empresarios consiguen algunas subvenciones, en nada comparables con lo que la hacienda pública les quita. ¿Por qué subvenciones y no crédito? Parece un pregunta tonta cuando se refiere a un gobierno peronista, radicalmente estatalista, paternalista e intervencionista, pero deja de serlo cuando se comprende que el intervencionismo de quienes ocupan el Estado es complementario de las políticas de la banca, que no quiere clientes, sino tan sólo algunos clientes, y que está encantada de intermediar en los pagos de salarios, jubilaciones y pensiones, y de domiciliar los pagos de los usuarios de luz, gas y agua que tienen el privilegio de poseer una cuenta de ahorro y una tarjeta de débito.

Las tarjetas sirven para que los comercios vendan a plazos. Todo se puede comprar a plazos si uno tiene una tarjeta. Cuando llegué a Buenos Aires, compré unas pocas cosas en un supermercado, perteneciente a una gran cadena. Gasté 49 pesos argentinos, unos 12 euros. Le entregué una tarjeta de crédito a la cajera. Me preguntó: “¿En un solo pago?” Comprendí que podía pagar 12 euros en tres meses. Adquirir un pollo o un bistec en cuotas. Ya no se fía, el comerciante no conoce a sus habituales porque ha dejado de existir. La miseria es espantosa. Pero después de diecisiete años de gobiernos peronistas, con un intervalo, el de De la Rúa, semiperonista, la gente sigue siendo mayoritariamente peronista. Están al borde del socialismo real mientras el matrimonio Kirchner, los Ceaucescu del Plata, se divierte creando conflictos y cáscaras de empresas nacionales que jamás se llenan.

Los indigentes acampan a perpetuidad en Plaza Congreso, delante del edifico del parlamento, un monumental edificio neoclásico cuyos ocupantes jamás miran por las ventanas o han perdido toda vergüenza. Algunos de ellos, en un alarde de cinismo, hasta celebraron el premio Nobel de Yunus. Quizás piensen que comprar comida a plazos es una forma del microcrédito. O que ese presidente muerto y embalsamado al que el 17 de octubre pasado llevaron a patadas, disputándose como hienas el lugar más próximo al cadáver, se va a levantar de la tumba para regalarle a cada uno un billete del gordo.

Uruguay está peor. Ni siquiera tienen la esperanza de que Perón resucite. Hay un desmedido afán por convencerse de que las cosas van mejor con Tabaré. Sería estúpido que, al cabo de no sé cuántas décadas de lucha por un gobierno de izquierda, de frente amplio, popular, los uruguayos se desdijeran ahora de su propio deseo. Tabaré no necesita retornar de ultratumba, pero no encuentra los billetes del gordo porque está obligado a buscarlo mientras los argentinos, que tienen instaladas papeleras en su territorio desde hace tiempo, todo lo contaminantes que es debido, alegan ahora razones ecológicas para oponerse a que algunos uruguayos tengan empleo en la papelera Botnia: dicen que contamina aguas comunes. La raquítica clase media alta argentina está tan ecológica y progremente ofendida que protestará veraneando en otra parte: Punta del Este tendrá en el estío un cuarenta por ciento menos de descansantes argentinos, según las últimas encuestas.

El estatalismo uruguayo ha sido siempre proverbial, pero ahora llega a límites insospechados y el presidente ha vislumbrado que el capital privado puede ser beneficioso, pero no le dejan hacer. Si el edificio del congreso argentino está rodeado de indigentes, el palacio de justicia uruguayo está sin terminar; pero han acabado el revestimiento, de cristal oscuro, para que no se vea que continúa vacío. La miseria es espantosa.

Andrés Manuel López ObradorMéxico tenía, en el momento en que yo abandoné el país, tres presidentes. El saliente, Vicente Fox, el vencedor en las últimas elecciones, Felipe Calderón, y el presidente ilegítimo, como dice alguna prensa, . Y una rebelión en Oaxaca, que nadie contiene porque el electo necesita el apoyo del PRI en ese Estado y no puede ponerse a malas con su gobernador, Ulises Ruiz; y porque Fox, que nunca se ha caracterizado por la firmeza de sus decisiones, se refugia en su transitoriedad para, una vez más, no hacer nada. Treinta y dos Estados, cerca de 100 millones de habitantes, un crecimiento demográfico alto, un 87 por ciento (cifra oficial) de alfabetizados, 60 por ciento de mestizos, 30 de indígenas, sólo un 9 por ciento de blancos, a pesar del genocidio perpetrado por los españoles (doctrina oficial): ésos son los datos principales de un país en el que la miseria también es espantosa, aunque menos visible en las grandes ciudades que en Buenos Aires o Montevideo.

Un dato para nacionalistas periféricos españoles: el gobierno mexicano, que es muy políticamente correcto, insiste en la enseñanza en lenguas nativas, pero se da de bruces con la iniciativa de los maestros indígenas, que quieren, con buen criterio, enseñar en español y desprecia los libros oficiales en idiomas locales: no están dispuestos a privar del español, mínima garantía de progreso personal, a sus alumnos; no quieren que se vean condenados a permanecer para siempre en su oscura provincia.

Por ahí, por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dedicada este año a Andalucía, se paseaban Felipe González (el socio de Slim) y Manuel Chaves, prodigando progresismo. También el otro Felipe, el Príncipe, sin su esposa, un poco menos progre que los otros. Hasta pronunciaron discursos. La Feria ha sido dedicada en ocasión anterior a Cataluña, igual que el próximo Festival de Otoño de New York y la próxima Feria de Frankfurt, donde Carod no quiere que se cuelen escritores catalanes en lengua castellana. ¿A nadie se le ocurre invitar a España, o es que por autonomías tienen para diecisiete ediciones? ¿O es que España no existe?

Menos mal que estoy en casa.


Horacio Vázquez-Rial: vazquez-rial@telefonica.net


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