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CIENCIA

¡España libre! (de transgénicos)

A Palencia y al País Vasco les une una larga tradición humana, comercial y cultural. Pues bien, esta semana han pasado, también juntos, a la historia de la estulticia científica; por obra y gracia de sus políticos, que los han declarado "territorios libres de transgénicos".

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Ello quiere decir que se pretende evitar el cultivo y comercialización de organismos modificados genéticamente. Las organizaciones ecologistas no han tardado en aplaudir la iniciativa y expresar sus deseos de que se extienda a todos los municipios y comunidades autónomas. Es decir, que quieren que toda España siga a Palencia y al País Vasco en la carrera que éstos han emprendido hacia la involución. O sea, que están deseando que, una vez más, dejemos pasar el tren de los tiempos.
 
Quizás sea necesario, de nuevo, recordar qué son los alimentos modificados genéticamente. Los llamados transgénicos son plantas cultivadas con semillas a las que se ha manipulado uno de sus miles genes, cambiándolo por el de otra especie de planta. Generalmente se emplean modificaciones que permiten a la planta receptora mejorar su capacidad de adaptación a las condiciones del terreno, aumentar su resistencia a las enfermedades o crecer en ausencia de condiciones óptimas de agua y fertilizantes.
 
Básicamente, la técnica es exactamente igual que la que utilizó el primer egipcio que fermentó cebada para fabricar cerveza. Sin saberlo, estaba aprovechando las propiedades de un organismo (la levadura del grupo Saccharomyces) para cambiar las propiedades de un cereal, la susodicha cebada. Desde entonces, el ser humano no ha dejado de fabricar transgénicos. Cada vez que selecciona un semental por sus genes para modificar la calidad de las camadas venideras, cuando inventa especies no pensadas por la naturaleza –como el mulo–, cuando combina frutas distintas para crear productos con las condiciones de aquéllas...
 
Desde hace unas décadas, este trabajo puede realizarse de manera controlada y segura en los laboratorios, lo cual permite, por ejemplo, que existan cepas de maíz que no sucumban a la plaga del taladro, o que se haya triplicado la producción de arroz en los países más necesitados.
 
La biotecnología es una de las disciplinas científicas con más futuro, que más inversiones atraerá en los próximos años, que más puestos de trabajo creará. Permitirá a los agricultores españoles competir con mejores herramientas ante los cambios del terreno y las incertidumbres del clima, y favorecerá la lucha contra las plagas sin recurrir a los pesticidas. Todo eso se perderán los palentinos y los vascos gracias a la sabia contribución a la ciencia de sus políticos...
 
Se aduce, por parte de éstos, que los transgénicos son perjudiciales para el hombre y para el medio ambiente. De todos es conocido el tópico sobre la gran autoestima de los vascos. Por ello extraña que, por una vez, se crean más enclenques que otros pueblos. En Estados Unidos, por ejemplo, llevan décadas consumiendo productos fabricados a partir de materias primas transgénicas, sin que se haya detectado un solo problema para la salud.
 
En realidad, no consumen transgénicos directamente (tampoco en España). El único producto modificado aprobado para el consumo directo es una especie de tomate, Flavr Savr, que incluye un gen artificial para retrasar su senescencia. Eso permite que se recoja maduro y llegue en óptimas condiciones para el consumo, con lo que se evita la ominosa práctica habitual de recogerlo verde y madurarlo en cámara. El resto de las variedades transgénicas que se plantan no llega directamente al consumidor: se usan para confeccionar aceite, glucosa, fructosa, almidón, que luego se incluyen como componentes de otros productos conservados y de los que no queda vestigio alguno de ADN. Y aunque así fuera, ¿qué?
 
Porque sí, los genes se comen desde que hay vida sobre la Tierra. Comemos genes de lechuga, de patata, de vaca y de salmón, y no hay un solo caso registrado de ser humano asalmonado o lechuguino, pongamos por caso. Sin embargo, los ecologistas y los políticos palentinos y vascos temen que la gente sufra consecuencias similares por emplear alimentos transgénicos.
 
La decisión recuerda a la tomada por aquellas autoridades africanas que negaron el arribo a sus países a barcos cargados con maíz modificado para paliar las carencias alimentarias de sus poblaciones: "Preferimos que nuestra gente muera de hambre a que muera intoxicada". Afortunadamente, en España nadie morirá de hambre; pero vamos a padecer una hambruna científica e intelectual de enormes proporciones.
 
En su alborozo, los propios ecologistas de Greenpeace, Amigos de la Tierra y COAG, unidos en la plataforma Ecologistas en Acción, demuestran lo feble de su postura. Nos quieren convencer de los horrores de la transgénesis acudiendo a la autoridad científica y a un supuesto estudio de la Universidad de Caen que demostraría que unas ratas alimentadas con una variedad de maíz transgénico mostraron síntomas de toxicidad en el riñón y el hígado. Con gran pompa y triunfalismo alarmista, la nota de prensa que han distribuido advierte: "Es la primera vez que un producto transgénico aprobado muestra evidencias científicas de efectos tóxicos".
 
En más de dos décadas de uso de transgénicos, con millones de individuos consumiéndolos, con cientos de pruebas realizadas y miles de controles obligados por la legislación, los propios ecologistas reconocen que es la primera vez que se detecta una variedad que, en teoría y cuando se usa masivamente, puede dañar el riñón de una rata.
 
Gracias, Greenpeace: has dado a los defensores de la biotecnología el mejor de los argumentos para demostrar su inocuidad. ¿Se puede encontrar un producto "natural" tan seguro como éste? Si hacemos caso al dato de los ecologistas, es evidente que no.
 
Es con mensajes manipulados como el que acabo de citar con los que se empeñan los políticos en conformar su criterio científico. Se me escapan las razones por las que las autoridades prefieren atender estos argumentos y obviar los de los científicos más eminentes. Esta misma semana, docenas de investigadores españoles han firmado el manifiesto "Ciencia, progreso y medio ambiente". En él aseguran cosas como ésta:
La manipulación genética de plantas es una realidad tan antigua como la agricultura, ya que, aprovechando los resultados de cruces y mutaciones, el hombre ha domesticado algunas especies de plantas, de forma que alimentan a una humanidad en constante crecimiento (...) los avances en la moderna biotecnología, que tanto bienestar han aportado en sus aplicaciones terapéuticas e industriales, han permitido incorporar mejoras en variedades cultivadas, añadiendo características útiles para reducir el uso de pesticidas y combustibles fósiles, aumentando la eficiencia del agua y el suelo y abriendo nuevas vías para mejorar la calidad de los alimentos.
Los científicos firmantes nos informan de que, tras 11 años de uso extensivo, no se ha detectado un solo efecto adverso sobre las personas y el medio que sea achacable a la bioingeniería, y reconocen que la Unión Europea ha establecido, a pesar de ello, férreos mecanismos de control que garantizan la seguridad de estos cultivos.
 
Las modificaciones genéticas son medios de producción y, por lo tanto, han de valorarse como tales, admitiéndolas y desechándolas sólo en virtud de su eficacia. "Las autoridades españolas deberían facilitar su empleo sin discriminaciones para la competitividad de la agricultura de nuestro país", se afirma en el citado manifiesto. Las decisiones contrarias, como la palentina y vasca, no sólo condenan a los agricultores a perder el tren del progreso, sino que lanzan una señal de alarma a las entidades que invierten en I+D. Palencia libre de transgénicos es también una Palencia borrada del mapa de las inversiones en ciencia nacionales e internacionales.
 
¿Saben las autoridades palentinas quién dice esto? En la nómina de firmantes de "Ciencia, progreso y medio ambiente" hay nombres de una autoridad que apabulla: Javier Armentia, Francisco García Olmedo, Santiago Grisolía, Juan Carlos Izpisua, Joaquim Messeguer, Emilio Muñoz, Margarita Salas, Manuel Toharia… Son, sencillamente, algunos de los científicos españoles más eminentes, con mayor proyección internacional. Es difícil unir una nómina de tanto prestigio en torno a un solo fin.
 
Merecen ser escuchados. Los políticos palentinos y vascos parece que van a preferir abrir las puertas de su despacho a los agitadores del ecoalarmismo, que no tienen respaldo académico alguno. Si creen que el reclamo verde les dará más votos que la compañía de los mejores científicos de España es porque tienen un concepto muy pobre de sus votantes. ¡Lástima!
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