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CRÓNICA NEGRA

Mi príncipe azul es un vampiro

La estética de la presunta homicida de Seseña (Toledo) se acerca hasta confundirse con la de la tribu gótica, gente pálida y vestida de negro, con gusto por lo macabro y morboso. En las chicas de catorce años, esto llevaría a transformar la eterna espera del príncipe azul en el advenimiento del vampiro de Crepúsculo.

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En Europa hay toda una tradición de brujería y satanismo, que rápidamente se desliza hacia los muertos y los no muertos, los bebedores de sangre, el malditismo triste, la melancolía sin fin, las ideaciones demoníacas u homicidas. Hay quien visita cementerios y desentierra cadáveres y compone brebajes con huesos humanos y una pastilla de caldo concentrado.

La vestimenta negra, el maquillaje de polvo de arroz con toques morados o verdes nos recuerda, por el lado folclórico, el disfraz de las chicas del presidente Zapatero en su posado con Obama, y, por el lado más preocupante, a las niñas brujas de San Fernando, Cádiz, que asesinaron a su compañera Klara para saber qué se siente cuando se mata a alguien.

La visión en internet de las hijas del inquilino de la Moncloa y la comparación con las fotos colgadas por la niña agresiva de Seseña en su página de Tuenti puede llamar a la confusión, por mucho que insista en que el gusto por lo gótico tiene una parte siniestra. Conviene no confundir, aunque hay que dejar reseña de los importantes cambios que sufre un país donde las hijas adolescentes del presidente del Gobierno se van a visitar al mandatario más poderoso del mundo vestidas como en Día de Difuntos.

Según las investigaciones en curso, la niña de Seseña pudo llevar preparada el arma del crimen, sorprender a su víctima con varios golpes, que le destrozaron la cara, y haberle producido el profundo corte en la muñeca que, según sus referencias, le produciría la muerte. En su rincón cibernético, entre homenajes al sado, lo lúgubre y tétrico, figuran imágenes muy expresivas de gente que se corta literalmente las venas.

La Ley del Menor, a la que se atribuye buena parte de responsabilidad en el rápido aumento de la violencia entre jóvenes, impide una investigación a fondo de los menores implicados en un crimen, y la consecuente divulgación de su estilo de vida. Eso, que hay que respetar por ley, mientras esta ley este vigente, pudo haber impedido la tomar de medidas cuando aquel episodio escalofriante de las dos chicas de Cádiz, de las que puede decirse que su príncipe azul era también un vampiro: eligieron tender una trampa a Klara y matarla a cuchilladas para experimentar el poder de matar. Estaban rodeadas de un aire de brujería criminal.

Las jóvenes de ojos morados vestidas de viuda se mueven a sus anchas por las redes sociales de internet, donde abundan las citas a ciegas, las fotos provocadoras, las pasiones malsanas... Hay que reconocer que la perspectiva de un embarazo no deseado, de un aborto o un asesinato deseados es bien distinta de la perspectiva de una adolescente, con los rubores de la edad, limpia, asesada, vestida con delicadeza femenina y dispuesta a ocupar su puesto en un mundo donde se conjugan los sexos, las religiones, las razas y las opiniones de todo calibre sin bajar la mirada. En ese primer mundo de tinieblas, el crimen está más cerca.

Las niñas brujas, de poemas malos y aberrantes, de pensamientos crueles y con ribetes sádicos, se confunden en una marea de niñas bien de velos negros, disfraces de diablos que no existen pero joden, capaces de imponer su visión tétrica a unos padres que se funden en una empanada mental y dejan la educación de sus vástagos a un Estado tembloroso que se bate en retirada. Paideia, gnosis seauton, alea jacta est, diablos.
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