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VIAJE INCOMPLETO POR EL VALLE DEL TAJUÑA

Pezuela de las Torres

Parece que los españoles, después de asaltar la Puerta de San Felipe, fueron rechazados por un vigoroso contraataque inglés. Volvieron a la carga los españoles, bajo una lluvia de balas de sus bien apostados enemigos, y tuvieron muchas bajas. Pese a ello, lograron sostenerse dentro de los muros, y la lucha se extendió por las callejuelas vecinas.

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Y "mientras estos sucesos tenían lugar en la puerta de San Felipe, los que se dirigían contra la de la Cadena conseguían su objetivo inutilizando los esfuerzos de los ingleses y arrojándolos a bayonetazos hasta la calle, donde eran destrozados por la artillería de Valdecañas". En el Portillo, los cañonazos habían abierto una brecha alta en la muralla, y hacia ella se precipitaron los dragones de Frisia y los de Pavía. Los granaderos británicos batían con pericia a sus descubiertos enemigos, pese a lo cual, "llegados al pie del muro y calculada instantáneamente la distancia que los separaba de la apetecida altura, poníanse los dragones en pie encima de sus monturas y se lanzaban al boquete que defendía el general Carpenter en persona".
 
Así lo narra Alfonso Danvila en su Guerras fratricidas de los españoles.
 
Stanhope mandaba a los defensores y resistía aguardando el auxilio de las tropas del alemán Stahemberg. Pero había cometido el error de distanciarse en exceso del alemán y, como concluye el Marqués de San Felipe en sus célebres Comentarios, "hasta más de dos horas de la noche se dilató la sangrienta lid y pidió la capitulación Stanop, más arrogante que justa, porque quería salir libre con sus soldados. El duque de Vandoma se escandalizó mucho y dijo que (…) si no se rendían en una hora, no daría cuartel. Antes de ella se capituló", con los cual "salieron prisioneros cuatro mil ochocientos ingleses, con los generales Stanop, Hil y Carpenter". En los combates habían perecido 500 defensores y 900 asaltantes.
 
Tales sucesos ocurrían una gélida jornada de diciembre de 1710. Stanhope justificó su derrota por "falta de municiones", aunque alguno de sus subordinados "esparció que las había mandado echar a un pozo para poderse valer de esta excusa". Los generales inglés y alemán se culparon mutuamente del desastre. "De esto se hizo gran sentimiento en Londres, y se resolvió no enviar más tropas a España, y en vez de ellas contribuir con dinero si se proseguía la guerra", consigna el marqués.
 
El valle del Tajuña.Se trata, ya lo habrá advertido el atento lector, de la famosa batalla de Brihuega, de tanto efecto para la victoria final de Felipe V, triunfo que a su vez inauguró una época en la historia de España.
 
Bien, la verdad es que Brihuega queda en Guadalajara, y el viajero tiene pensado seguir el río Tajuña sólo en la provincia de Madrid, conocido, entre otras cosas, por sus numerosas viviendas en cuevas a lo largo de varias poblaciones a partir de Carabaña, estudiadas por María Dolores Sandoval en un trabajo concienzudo. Pero el Tajuña, río humilde, como su nombre indica, baña, o al menos humedece, Brihuega, y acaso hubiera quedado feo olvidar el hecho más relevante ocurrido junto a sus aguas un día ya lejano.
 
El viajero cree que Pezuela de las Torres ofrece una excelente aproximación al valle del Tajuña. Pezuela se halla en la meseta, todavía a una legua del valle. Tiene una plaza anodina, con un alto tronco cortado y sostenido con cuerdas: un mayo. Próximo a la plaza, el bar La Borda y, en el patio anejo, una terraza apacible.
 
– ¿Por qué llaman "de las torres" al pueblo?
– No sé… Torres no hay muchas por aquí –dice la chica que atiende.
 
La terraza del patio resulta menos apacible de lo esperado.
 
– ¿Le importaría bajar la música?
 
Lo piden a la chica desde una mesa donde charlan seis personas. El visitante apoya la demanda. La musicorra es más o menos rockera, la letra en inglés. Va cediendo últimamente la manía de llenar de tales ruidos los bares; han sido años, desde la torpona movida madrileña, en que soportar decibelios y decibelios con un vaso en la mano se había convertido en obligación social. Los médicos de oídos han agradecido mucho esa moda, seguramente. Y el progreso de nuestra aldea global trajo a los pueblos de toda España tales capitalinos y algo macarrillas refinamientos.
 
– ¿Tiene usted algo contra los macarrillas?
– Nada, qué va.
 
Pero estas modas tienen su importancia. Contempladas en el tiempo definen una época. Poseen valor histórico, justo es decirlo.
 
Pezuela de las Torres.Algún aficionado vuelve a aumentar los gritos musicales. El visitante termina aprisa su consumición y sale.
 
A unos pasos está la iglesia. Tiene una torre baja, cuadrada y sólida, y un atrio gracioso al que se llega cruzando un huertecillo. De lejos, las columnas dan sensación de románicas; de cerca, más bien de renacentistas. Se agradece la sombra en esta mañana calurosa de mayo. A través de los muros de la iglesia llega apagado un sonido de guitarras y un coro femenino entona una canción religiosa. El viajero no consigue entender la letra, pero la música le suena extrañamente conocida…¡Qué diablos, si es "Help", de los Beatles! El viajero está muy desfasado. Lo comprenderá al mencionar el caso, ya en Madrid: "¡Pero hombre, si hace muchos años que cantan así en las iglesias! Adaptan música pop, y tal. Se han modernizado cantidad". Al viajero, mal acostumbrado en su niñez, estas modernidades le parecen algo patéticas. Asunto de sensibilidad, que no todo el mundo tiene la misma, claro.
 
Por dentro, la iglesia es pequeña y armoniosa. Los pilares de un lado están blanqueados, pero dos se conservan de ladrillo, con esa frescura que da el ladrillo antiguo a estos pequeños locales penumbrosos. En un muro se abre un arco vagamente árabe.
 
– El arco viene casi seguro de una reconstrucción bastante reciente. Las pilastras de ladrillo sí son antiguas: la iglesia debió de hundirse y ser rehecha aprovechando lo que quedaba de ella. Ahí al lado había un aljibe, por eso pensaron algunos que el edificio habría sido originariamente árabe. Pero tenemos los papeles de cuando se construyó, en el siglo XVI. El ábside es románico, siglo XII o XIII, parte de la iglesia data del XVI y hubo una reconstrucción, como decía, en el XVIII.
 
El sacerdote señala un hondón cubierto por un grueso vidrio.
 
– Se encontraron dos tumbas antropomorfas, del siglo X, al hacer unas obras de restauración.
– Estaba la iglesia llena de gente. ¿Es que se recupera la asistencia?
– En este pueblo siempre ha venido bastante gente a misa. En otros pueblos cercanos, mucha menos.
– Lo decía porque antes en las iglesias apenas se veían más que mujeres de edad.
– Bueno, sí… No, aquí siempre han venido muchos.
 
Pezuela tiene muchas cuestas. Hay unas cuantas casas modernas, de esas impersonales, más bien feorras, pero la mayoría son blancas, bajas y tradicionales. Bajo la luminosidad de mayo, la cal de los muros hiere la vista. Abundan los jardincillos privados, y en ellos los rosales, con grandes flores de color rojo, café y otros.
 
 
NOTA: Este es el primero de tres artículos sobre un viaje que no llegué a culminar, hacia mayo de 1995. Aunque hablo de "el viajero", en singular, lo hice con mi esposa y con mi hija, de tres años entonces, la mayor parte del tiempo en coche.
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