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Gabriel Moris

¿Es posible la unidad?

Si damos por buena la situación sobrevenida de los atentados del 11-M, en lugar de situarnos en el "corazón de Europa", lo haremos en la parte más innoble de ella.

Gabriel Moris
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Ante todo he de decir una vez más que no soy ni comentarista político ni estoy afiliado a ninguno de los partidos que conforman nuestra representación parlamentaria. Mi relación con la política radica en que, por "razones políticas", me arrebataron a uno de mis tres hijos y, también, por razones políticas se me oculta la verdad, incluso el derecho a reclamarla, sin ninguna razón de estado que lo justifique, más bien con la sinrazón del Estado que consiente esta situación después de casi siete años de consumado el más horrendo crimen de nuestra reciente historia.

Un atentado de esta naturaleza, por muchas razones que quieran esgrimirse para su justificación, es una afrenta a las víctimas en particular y a la sociedad a quien iba dirigido. Y por supuesto, al Estado en el que esto ocurre; a pesar de que éste no haya acusado el golpe, al menos su comportamiento nos lo hace ver así.

Tanto mal, tanto odio incontrolado, tanto interés bastardo puesto en juego ha producido tal trauma en la sociedad española que no puede recomponer nuestra convivencia por el mero voluntarismo de unos dirigentes que no tienen la talla moral, política, humana y social para comprender el alcance del odio demoníaco vertido el imborrable once de marzo del año 2004, ni el talante adecuado para conectar con las exigencias y los sentimientos del pueblo que los eligió.

Cuando los principios rectores de la sociedad son los valores (fraternidad, bien común, defensa del débil, honestidad, libertad, etc.), la unidad no resulta difícil de instaurarse en la convivencia ciudadana, surge como algo espontáneo y que no necesita de razonamientos ni de explicaciones para aglutinar a las personas. Todo ello desemboca lógicamente en una convergencia del modelo político y social; si bien las discrepancias en las formas existen, y esas diferencias son las que dan vida y sentido a la organización en grupos sociales y políticos, que manteniendo unos principios comunes y compartidos, permiten aglutinar a los ciudadanos según los matices que cada uno de ellos aporta a la vida comunitaria. Hoy, al menos en los estamentos rectores de la sociedad, predominan otro tipo de "principios" que algunos los denominan contravalores (el individualismo, el sálvese quien pueda, el beneficio personal, la mentira interesada, la negación de la evidencia, la ocultación etc.) y con estos planteamientos, incorporados a nuestra vida de relación como principios inmutables, se produce un choque lógico entre los individuos y entre los colectivos humanos. Lógicamente se producen situaciones, como las que estamos padeciendo, ya que los egoísmos personales o colectivos se repelen como las cargas eléctricas del mismo signo.

Estoy cada día más convencido de que la masacre no fue algo aislado, casual e inesperado para todos, si bien creo que lo fuera para la inmensa mayoría de los españoles. Muy al contrario, creo que su concepción, su ejecución y sus consecuencias, o la explotación del "éxito", obedecían a un plan estratégico diseñado a largo plazo, en el que el atentado sería el "pistoletazo de salida" para entrar en una etapa nueva de la vida pública española, que encauzara la ejecución de dicho plan.

Ante un panorama de esta naturaleza, la tan deseada unidad de los grupos políticos ha dejado de ser posible. Las discrepancias existentes no son de forma sino de fondo. La casi totalidad de los grupos pretenden imponer a una parte importante de la sociedad un modelo de convivencia que no existía hasta la legislatura salida del 14-M. La discusión no se sitúa en el plano de "cómo se hacen las cosas" sino en el de "qué modelo de sociedad y de principios" deben predominar en nuestra convivencia.

El conocimiento de la verdad del 11-M desde sus motivaciones hasta sus consecuencias en todos los órdenes de la vida de nuestra comunidad nacional, creo que podría suponer un primer paso en el esclarecimiento de los dos modelos de sociedad que luchan por predominar en nuestra vida comunitaria. Mientras dicha verdad permanezca oculta, por los inconfesables intereses que sean, en mi opinión, la unidad, no será posible, pues aunque aparentemente se diera, la falta de credibilidad seguiría instaurada en nuestro modelo de convivencia y ello impediría unas relaciones normales entre los españoles.

Ante este panorama, instalado en la sociedad como algo normal y natural, ¿podemos pensar en la unidad de los políticos? Si retomamos el atentado del 11-M a que aludía anteriormente, podemos tratar de responder a preguntas como éstas: ¿qué efectos ha producido en mí partido dicho atentado? Si se pudo evitar, ¿qué factores impidieron el que se evitara? La prevención, ¿constituye para mi partido o para la sociedad un objetivo prioritario? ¿En qué me ha podido beneficiar o perjudicar la ejecución de dicho atentado? ¿En qué grado? ¿Qué efectos ha tenido en mis planteamientos políticos? ¿Me abre alguna esperanza para conseguir mis fines de poder o por el contrario me cierra toda posibilidad de alcanzar el mismo?

Con estos planteamientos, y algunos más, se podría iniciar una reflexión sincera y humilde en el seno de todas y cada una de las formaciones políticas y de víctimas o sociales y, una vez reconocidos los fallos y los aciertos de cada uno, recomponer una estrategia común que tuviera como objetivos principales la expiación de las culpas propias, el acuerdo para llevar a término una investigación conjunta que condujera al conocimiento de la verdad y a la aplicación de la justicia y, finalmente, la elaboración de un plan de acciones preventivas basado en la eliminación de las causas que condujeron a la ejecución de la masacre.

Hoy resulta casi pueril concebir una investigación que pueda desembocar en el esclarecimiento de los hechos pero los sueños son gratuitos...

Frente a estos planteamientos, existen personas –víctimas o no– que sienten el dolor y lo hacen propio, que piensan que si no aprendemos de la historia más reciente estamos condenados a padecer terrorismo in secula seculorum, que ellos pueden ser candidatos a víctimas en otra ocasión, que esto se opone frontalmente a todo derecho y principio de convivencia y de fraternidad, y que resulta condenable y abominable al margen de las coyunturas políticas y sociales.

Si damos por buena la situación sobrevenida de los atentados del 11-M, en lugar de situarnos en el "corazón de Europa", lo haremos en la parte más innoble de ella.

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