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Gabriel Moris

Las víctimas no hacen campaña

Me resulta casi imposible comprender que se pueda prescindir de este tema de debate en una campaña electoral, por muchos acuerdos tácitos o explícitos que existan entre los contendientes.

Gabriel Moris
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Confieso que no sigo muy de cerca lo que hacen y dicen los políticos; no obstante, resulta casi imposible librarse de la lluvia de informaciones con la que nos obsequian casi permanentemente los medios de comunicación. No sé muy bien cómo se llevan a cabo las campañas electorales en otros países de nuestro entorno, pero tengo la impresión de que en ellos encontraríamos algo más de enjundia de la que encontramos en el nuestro. Aunque sólo sea porque cuentan con más veteranía que nosotros en lo que se entiende por democracia.

Desde mi óptica, y por supuesto que admitiendo el disenso, los actos públicos de los que he tenido información siguen inexorablemente el estilo habitual en nuestro país: la descalificación al adversario, la soflama, la oferta más o menos engañosa y el autobombo sin recato.

Es cierto que no puedo negar que algún partido ha hecho ofertas con más fuste que las del resto utilizando la racionalidad en sus promesas en lugar de dedicarse a cultivar sólo el clientelismo político, pero a mi juicio produce bastante tristeza el contemplar un panorama que en nada beneficia a la consolidación del sistema democrático. Ni los políticos ni los ciudadanos hemos sido capaces de demostrar que hemos identificado lo esencial y que sólo ha de atender al gobierno del pueblo.

En España va resultando ya habitual el no hacer balance sincero y real de las legislaturas que concluyen. Ello sería una buena práctica porque así podríamos calibrar la eficacia de los que han regido nuestros destinos y, por supuesto, también de los que se les han opuesto. Si bien es cierto que en esta legislatura no ha habido más que un opositor. El resto han estado ligados de una u otra manera a la acción de gobierno, incluso los partidos que rozan los límites de la ilegalidad.

Me sorprende muchísimo que uno de los temas que siempre ocupa el primer o el segundo lugar entre las preocupaciones de los ciudadanos no haya sido abordado hasta ahora. Me refiero –como ustedes ya habrán imaginado– al terrorismo. Me resulta casi imposible comprender que se pueda prescindir de este tema de debate en una campaña electoral, por muchos acuerdos tácitos o explícitos que existan entre los contendientes.

Eso sí, todos dicen querer mucho a las víctimas y ocuparse mucho de ellas. No voy a ocultar que este asunto es prioritario para nosotros, las víctimas, pero también tendría que serlo para todos los electores. Si el pueblo sufre en sus carnes la barbarie terrorista, y el derecho a la vida es el primer derecho del hombre, su exclusión del debate político es un crimen incruento contra los propios ciudadanos que elegiremos el nuevo parlamento y al nuevo presidente del Gobierno.

¿Quién puede sentirse incómodo, tenso o a disgusto por abordar el debate sobre el terrorismo? Creo que las fuerzas políticas que huyen de él tienen que contar con alguna muy poderosa razón para obrar como obran. Esto sería incomprensible en Noruega, igual que aquí lo sería abordar la pesca del salmón.

¿Acaso la clase política no es capaz de entender que está incurriendo en un gran fraude ante los que pueden votarles? ¿No recuerdan ya lo que se coreaba casi cuatro años atrás?

  • "¿Quién ha sido?"
  • "Todos íbamos en los trenes"
  • "Queremos saber la verdad"

Hoy, incluso con más razón que entonces, se puede preguntar y exigir lo que entonces se preguntaba y exigía. ¿O es que pretenden no hacer balance de lo realizado ni decir qué piensan hacer si ganan o pierden?

Unos auténticos representantes de los ciudadanos deberían aprovechar la ocasión para recuperar la credibilidad perdida ante su pueblo. No es un asunto baladí. Si no lo abordamos, el político se puede instalar en nuestras vidas con el objetivo de beneficiar a unos a costa de otros. Por desgracia para todos. No sólo para las víctimas. Ejemplos no faltan en nuestro pasado reciente.

¿Acaso no están los políticos interesados en impedir la posibilidad de formar parte de una estadística macabra auspiciada por el terrorismo? No alcanzo a entender cómo los mismos que ponen tanto esfuerzo –y no lo reprocho– en conocer el ADN de los que murieron en la guerra civil, al mismo tiempo quieren que pasemos sin leerlas casi todas las páginas en las que podríamos encontrar la explicación a lo ocurrido en Madrid hace sólo cuatro años. Todos hemos oído hablar de la historia de Caín y Abel. De ella, al menos, conocemos el nombre del asesino. En nuestro caso, ni eso.

Nosotros, las víctimas, hemos asistido como testigos a todo lo que se ha hecho en torno al terrorismo, pero somos víctimas políticas y exigimos una rehabilitación política. La verdad, la memoria, la dignidad y la justicia son reparaciones que nos corresponden por humanidad y por derecho. Ni lo olvidaremos ni nos pasarán inadvertidos los que se comprometan a trabajar por lo que tanto necesitamos.

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