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Nueve años ocultando crímenes y corrupciones

Ni los más pesimistas se hubieran atrevido a presagiar unos años tan negros y tan tristes para España como los que estamos padeciendo.

Gabriel Moris
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El próximo 11 de marzo se cumple el noveno aniversario del mayor ataque terrorista perpetrado en España y en Europa en los doce años que llevamos de siglo.

Creo que, en el cambio de centuria, ni los más pesimistas se hubieran atrevido a presagiar unos años tan negros y tan tristes para España como los que estamos padeciendo. España inició este siglo con cierto optimismo. Nuestra posición en la UE y en el mundo nos permitía pronunciar aquellas frases de "España va bien" y "España es un gran país". Nadie osaba poner en tela de juicio esas afirmaciones. Sospecho que algunos, en la sombra, urdieron el cambio que pretenden sea irreversible.

El pueblo español, soberano y dueño de su destino, según la Carta Magna, no podía sospechar que éste iba a estar ligado a un horrendo crimen perpetrado contra él. Sí, el cambio creo que empezó aquel triste e inolvidable Once de Marzo. La mente diabólica que lo planeó y ejecutó, y que lo está explotando exitosamente, no estaba entre los más de cien detenidos. La mente diabólica tenía, y sigue teniendo, una buena capacidad de planificación, de fijación de objetivos, buena aptitud para la logística y un buen control sobre los organismos del Estado, así como sobre los medios de comunicación. De no ser así, hoy tendríamos un caso cerrado. Y nadie en su sano juicio puede afirmar que éste lo sea. Una afirmación de tal naturaleza sólo puede proceder de partes interesadas en ocultar la verdad de los hechos.

Podemos hacer un sencillo ejercicio de análisis de la situación sociopolítica derivada de aquella fecha:

La sociedad española, objetivo del atentado, quedó convulsionada, maniatada, fragmentada, subsidiada, en el paro y parada, desorientada, sin ningún horizonte de recuperación, desafecta a sus clases dirigentes, etc. De ser un país receptor de mano de obra hemos pasado a ser un país de emigrantes. España forma a sus ciudadanos para que rindan en otros países. Nuestro sistema electoral, hábilmente manejado, impide que los ciudadanos puedan ser los protagonistas de su destino.

Las victimas del atentado se sienten divididas, amordazadas y tratadas incluso peor que los terroristas. Basta contemplar las excarcelaciones y los homenajes a sus victimarios.

Si echamos un vistazo a todas nuestras instituciones, a nuestra clase política y a los medios de comunicación, podemos decir que, salvo honrosas excepciones, son cualquier cosa menos ejemplares. Moral, ética y principios son términos casi obsoletos en nuestro vocabulario cotidiano.

Desde el mismo día del Atentado hasta hoy, España ha tenido unos gobiernos que han mentido, respecto del Atentado y respecto del terrorismo. "España se merece gobiernos e instituciones que no les mientan", pero ni los tenemos ni los esperamos a corto y medio plazo.

La ocultación y el silencio en torno al mayor crimen del siglo XXI no es sino el ejemplo más paradigmático de la corrupción generalizada que nos atenaza y nos impide salir del túnel en el que nos metieron con premeditación y alevosía aquel 11 de marzo.

¿Puede esto destruir la tan aireada y poco cuidada marca España? Por supuesto que sí; a las pruebas me remito. La prima de riesgo de nuestra economía puede ser un indicador.

Hay cosas de nuestra vida nacional que merecen nuestro reconocimiento, eso sí, casi todas fuera del ámbito político e institucional: el mundo del deporte, el de la empresa privada, las personas que individualmente contribuyen al progreso en los ámbitos de la investigación, las donaciones de órganos o el voluntariado... ¿Alguien puede explicar las razones por las que fracasamos al pasar de lo privado a lo público?

Recientemente se ha descubierto que es altgamente probable que el general Prim no muriera por los disparos que le dieron en el célebre atentado; las investigaciones apuntan a que murió por estrangulamiento. Si este hecho no se hubiera ocultado, probablemente la historia de España habría cambiado su rumbo.

Los atentados de los trenes de cercanías, si se investigan y hace justicia hasta sus últimas consecuencias, aún podrían corregir muchas derivas en la historia de España. El papa Benedicto XVI, en una asamblea general de la Interpol celebrada en Roma el pasado mes de noviembre, dijo: "El terrorismo se ha transformado en una red de complicidades políticas".

Yo invito a no perder la esperanza.

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