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Gabriel Moris

Por una nueva instrucción

Ni nosotros como víctimas ni los españoles como ciudadanos libres podemos conformarnos con que se dividan las opiniones a la hora de aceptar o no una sentencia que decide sobre crímenes tan espantosos.

Gabriel Moris
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En estos días se cumple el primer aniversario del final de la vista pública del proceso judicial que, dentro y fuera de España, despertó la expectación que merecía el anhelo de esclarecer crímenes tan salvajes. Recuerdo que tanto las víctimas como el resto de los españoles mostraron un gran interés por conocer el grado de implicación que la Justicia atribuiría a los 29 imputados. Hasta entonces nunca antes en España se había televisado en directo un juicio por terrorismo. Ya entonces fue tanto el interés y el despliegue mediático que algunas víctimas intuimos que la descomunal puesta en escena superaba al interés por hacer justicia.

Un año atrás, mi experiencia en el mundo judicial era nula. Sólo asistí a un juicio –como imputado en un leve choque entre vehículos– en el que no tuve ningún inconveniente en reconocer mi culpabilidad. En la sentencia me aplicaron eximentes. Según el juez, "dada la nobleza del causante al reconocer su culpa". Frase que me impactó y recordé cuando comenzó la vista pública del 11-M. Tanto que cuando comenzó 2007 lo bauticé como el año de la verdad. Hoy sé que confundí mis deseos con la realidad. Y no fui el único. A pesar de conocer de tan desastrosa instrucción fueron muchas las víctimas que confiaron en que el buen hacer de tan prestigioso tribunal arreglaría el desastre que hasta él había llegado en forma de sumario. Sin embargo, hoy sabemos que sólo nuestra necesidad de justicia pudo hacer que confiáramos en lo que no podía ser más que un milagro.

Y confiamos a pesar de que ya era un mal augurio el hecho de que 116 imputados sólo 29 fueran procesados. Y no dejamos de confiar a pesar de los sorprendentes perfiles que presentaban los supuestos culpables. No menos sorprendentes que las supuestas tramas con las que se nos explicaba lo que tanto daño causó. Necesitábamos confiar y confiamos. Pero no llegó el milagro.

Supimos que no llegó cuando, apoyándose en el gigantesco despropósito que se nos había presentado, el tribunal, que nos habían dicho que era muy sabio y muy honesto, se atrevió a dictar sentencia después de que los poderes públicos dejaran en su manos, no sólo el despropósito, también la más importante decisión que nunca antes recayó en una sala de justicia española.

Nunca lo olvidaré. Los políticos dejaron en manos de tan prestigioso tribunal las responsabilidades por las que no quisieron responder. Nos pidieron que permitiéramos que hablase la Justicia. Y habló. Lo que no sabíamos entonces es que los responsables de aclarar lo que aún hoy no sabemos por qué no aclararon sí iban a acertar cuando confiaron en que la Justicia diría lo que ellos querían que dijera.

Hoy, un año después de que se dictara sentencia, somos muchas las víctimas y millones los españoles que no creemos que se nos haya ofrecido lo que merecíamos. Ni nosotros como víctimas ni los españoles como ciudadanos libres podemos conformarnos con que se dividan las opiniones a la hora de aceptar o no una sentencia que decide sobre crímenes tan espantosos. Hoy sé por qué, a pesar de necesitar el milagro en el que confiamos, siempre nos acompañó un insoportable olor a farsa.

La supuesta verdad que se nos narró durante la instrucción no respondió a la supuesta verdad que se plasmó en la sentencia. Lástima que ya no le pueda contar al abogado de Suárez Trashorras por qué siempre intuí que el Tribunal no me iba a explicar lo que necesito que me expliquen. Gerardo Turiel, que a mi juicio realizó una buena defensa, murió poco después de recurrir al Supremo. Ya no le puedo preguntar lo que nadie me ha contestado. Incluso si, según la sentencia, sólo Jamal Zougham fue visto en los trenes, ¿quiénes colocaron las bombas que él jamás pudo colocar? Los autores intelectuales o inductores ni aparecieron ni nos consta que se les busque. ¿Cuál ha sido la utilidad de este juicio? Por no existir no existen ni deducciones de testimonio. ¿Ya está? ¿Todo acabó?

No con mi silencio. No puedo conformarme y nunca me conformaré porque creo que únicamente se ha condenado a los que jamás pudieron disponer en la mayor masacre que han sufrido los españoles. Por dudar dudo hasta de su supuesto grado de implicación en unos hechos para los que nunca pudieron sentirse capacitados. Sólo una nueva instrucción nos permitiría aclarar lo que nadie aclaró.

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