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Aparta de mí esa publicidad

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Los pop-ups, esos molestos anuncios que escupe el monitor en plena navegación, exhalan su último suspiro. Google y Microsoft, las dos compañías que manejan nuestra navegación en Internet, han decretado que son molestos, inútiles y poco efectivos. Motivos más que suficientes como para tirarlos a la basura.
 
Aparentemente, los pop-ups no son los únicos formatos publicitarios que tienen los días contados. Los rich-media, aquellos que integran animaciones en Flash o video, seguirán el mismo camino. Aunque su filtrado es más complejo, ya existen programas que bloquean su ejecución. Los primeros beneficiados son los usuarios y, sobre todo, sus ordenadores, ya que este tipo de publicidad consume un porcentaje excesivamente alto de procesador. La navegación se ralentiza al tiempo que la ira del usuario se dispara.
 
Los motivos para eliminar los rich-media son bastante similares a los que han potenciado la muerte de los pop-ups. Los internautas reparan en ellos no por interés, sino porque resulta inevitable: se los meten entre ceja y ceja sin ningún reparo. Esta obligatoriedad consigue el efecto contrario al buscado: en vez de atraer potenciales consumidores, genera el rechazo más absoluto.
 
Con los bloqueadores de anuncios sucede lo mismo que con la propagación de virus: si Linux no se contagia de bacilos es, fundamentalmente, porque el número de usuarios es menor comparado con Windows. Por encima del mal causado, lo que se busca con el contagio es popularidad. ¿Para qué atacar una barca si delante tienes un buque? Cuando los rich-media apenas se utilizaban, no hacía falta desarrollar aplicaciones para filtrarlos. Ahora sí. Según DoubleClick, este tipo de publicidad supuso el 35,7 por ciento de sus anuncios publicados en Internet durante el último trimestre del año pasado. En sólo un año su uso se ha disparado un 60 por ciento.
 
No parece que los rich-media vayan a sobrevivir mucho tiempo tal y como los conocemos hoy en día. A corto plazo, el futuro de la publicidad online está en los buscadores. Más concretamente en formatos similares al adwords de Google. La idea es sencilla: resulta mucho más lógico y eficiente para los anunciantes colocar su publicidad en la puerta de entrada de Internet que en el lugar de destino. Además, este tipo de anuncios gozan de ciertas virtudes que los hacen más ‘amables’ para el usuario medio: no saltan a la cara, no consumen velocidad, no se mueven por la pantalla. Simplemente es un pedazo de texto (en el que, por cierto, pocas veces se repara) con una pocas líneas explicativas. Nada más.
 
Los rich-media no huelen a muerto, pero comienzan a exhalar un tufo pre-cadaver. La solución no está, como sostienen algunos, en que los sitios web midan la velocidad de conexión a Internet del usuario para saber si pueden enviar un anuncio en formato rich-media. La única salida a la encrucijada en la que está metida la publicidad online consiste en que se inventen nuevos modelos, sencillos, atractivos y prácticos. Que no molesten, que no engullan ancho de banda. Y que retengan la atención del usuario. No es fácil, pero tampoco imposible.

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