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LA GUERRA FRÍA

El 'New Look' de Eisenhower

Quiso la casualidad que las dos superpotencias enfrentadas en la Guerra Fría vieran a principios de 1953 un cambio importante en las cúspides de sus respectivos Gobiernos. En Washington, el 20 de enero tomó posesión de la Presidencia Dwight D. Eisenhower. En Moscú, el 5 de marzo falleció José Stalin.

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En EEUU, el cambio fue consecuencia de las elecciones celebradas en noviembre de 1952, a las que ya no se podía presentar Truman por haber agotado sus dos mandatos constitucionales, una limitación introducida en 1947 por la 22ª enmienda a la Constitución. Eisenhower se presentó por el Partido Republicano y acabó con 18 años de dominio demócrata. En la URSS, la muerte del camarada secretario general abrió un período de luchas palaciegas en las que acabaría venciendo Nikita Jruschov. Hoy nos ocuparemos de los cambios ocurridos en los Estados Unidos.

Las elecciones de 1952 sorprendieron a los norteamericanos muy divididos en cuestiones de política exterior. Cuando Palmerston dijo aquello de que Gran Bretaña no tiene aliados sino intereses permanentes quiso explicar por qué la política exterior de una nación no puede diferir mucho de un Gobierno a otro. Es así porque los intereses de una nación son siempre los mismos y sólo una es la mejor forma de defenderlos. Por eso, el que la política exterior sea motivo de debate en unas elecciones no puede decirse que sea una buena cosa. Significa que el Gobierno saliente se equivocó y no supo proteger correctamente los intereses del país o, si lo estaba haciendo bien, que el Gobierno entrante se propone equivocarse.

Sea como fuere, lo cierto es que los Estados Unidos se hallaban en una coyuntura especialmente difícil. La Segunda Guerra Mundial les había sacado a la fuerza de su aislamiento y, a pesar de haber vencido, no podían retirarse a su habitual aislacionismo porque lo que ellos llamaban "el mundo libre", su mundo, estaba amenazado por el comunismo. Habían intentado convivir con él y su indulgencia había hecho que varios pueblos cayeran bajo la bota soviética. Reaccionaron y, para evitar que otros fueran sometidos, levantaron la Doctrina Truman y pusieron en práctica la política de contención. El temor a que esto no fuera suficiente les hizo endurecer su posición y emprender una agresiva política de rearme, que fue lo que recomendó el Consejo Nacional de Seguridad en su célebre documento NSC-68, redactado por el nuevo gurú de la estrategia norteamericana, Paul Nitze, en abril de 1950. El inmediato estallido de la Guerra de Corea confirmó los peores auspicios de Nitze, y los norteamericanos creyeron que los comunistas se proponían conquistar el mundo. Además, el empate alcanzado en Extremo Oriente demostró que los comunistas no podían ser derrotados fácilmente en una guerra convencional. El NSC-68 había reconocido esta realidad para el escenario europeo. Corea demostró que era cierto igualmente para cualquier otro escenario.

El conformarse con el empate de Truman en Corea era coherente con la política de contención, pero no fue aceptado por el electorado republicano. El "No hay sustituto para la victoria" de MacArthur, el general al mando de las tropas norteamericanas en Corea que desafió en sucesivas ocasiones la autoridad de Truman –hasta que tuvo que ser destituido–, caló en la opinión pública estadounidense. Buena parte de ésta no entendía por qué había que conformarse con el empate antes de haber empleado todos los recursos disponibles, léase las bombas atómicas. Todo ello estuvo además envuelto en un halo de general acusación, dirigida a los demócratas, de ser débiles con los comunistas, como probaba el hecho de haber dejado que China cayera en sus manos. Además, recuérdese que era la época de la caza de brujas del senador McCarthy. La política de Estados Unidos necesitaba, según dijo Eisenhower en 1954, un new look, tomando prestada de Christian Dior la expresión con la que denominó su revolución en la moda en 1947.

Así pues, de alguna manera, en 1952 el debate estuvo centrado en si, con tal de ganar las guerras que hubiera que librar con los comunistas, era lícito recurrir al arma atómica. Los demócratas creían que no, que sólo en Europa, donde la superioridad convencional soviética era abrumadora, estaba justificado amenazar con el empleo de la bomba si los rusos osaban invadir la zona occidental. Los republicanos, en cambio, creían que las armas nucleares eran un arma más a la que era legítimo recurrir si su empleo era indispensable para lograr la victoria.

Pero el Partido Republicano tenía otra buena razón para defender la elaboración de una agresiva estrategia nuclear. La ejecución de las exigencias del NSC-68 en cuanto a expansión de las fuerzas convencionales norteamericanas había disparado los gastos de defensa. Eisenhower ganó las elecciones de 1952 con dos promesas: mano dura con los comunistas y profundos recortes del gasto, con la correspondiente bajada de impuestos. Estas dos promesas pueden parecer contradictorias, salvo que la nueva política de defensa pusiera el acento en las armas nucleares. Eso permitiría reducir el número de tropas, que es el elemento más caro de un ejército, e incrementar a la vez la presión sobre los comunistas.

El año 1953 estuvo dedicado a la elaboración de esta nueva estrategia. El documento esencial es el suscrito por el Consejo Nacional de Seguridad el 30 de octubre de ese año y conocido como NSC-162/2. Su doctrina es conocida como la de las Represalias Masivas, luego atemperada y explicada por el secretario de Estado de Eisenhower, John Foster Dulles, en un discurso pronunciado el 12 de enero de 1954.

Represalias Masivas

La doctrina de las Represalias Masivas constituye el núcleo del New Look que Eisnhower dio a la política de defensa. La misma es bien sencilla de formular en su forma más superficial. Se trataba de convencer a los comunistas de que cualquier intento de expansión, fuera donde fuera, no sólo en Europa, sería respondido con un masivo ataque de bombas nucleares sobre territorio soviético. Una estrategia así elaborada dispensaba de la necesidad de tener desplegadas por todo el mundo cuantiosas (y costosas) fuerzas convencionales.

Más allá de las obvias ventajas económicas que la nueva estrategia traía aparejadas, existía la convicción de que tal formulación sería más eficaz que la de la simple contención. De hecho, una contención fundada en armas convencionales implicaba una constante incitación a los soviéticos y a los comunistas chinos a contrastar la disposición de los norteamericanos a perder hombres y hacienda en defender lejanos lugares sin apenas valor estratégico para ellos. Lo peor que podría ocurrirles es que, como en Corea, las cosas volvieran al punto de partida. Con la doctrina de las Represalias Masivas, esto no era así. Con ella, poner a prueba la resolución norteamericana en cualquier lugar del mundo, por remoto que fuera, significaba para los comunistas arriesgarse a ver barridas del mapa algunas de sus principales ciudades.

Naturalmente, esta estrategia partía de la incapacidad soviética de atacar con armas nucleares ciudades norteamericanas. Es verdad que la URSS había probado con éxito su primera bomba atómica en 1949, y la primera bomba de hidrógeno fue probada en 1953. Sin embargo, los rusos carecían de medios con los que hacer llegar esas bombas al hemisferio occidental. No tenían bombarderos estratégicos y, mientras no los tuvieran no podrían represaliar las represalias, valga la redundancia, que los Estados Unidos decidieran imponer en caso de agresión comunista.

No obstante, como en toda estrategia basada en la disuasión, había un problema de credibilidad. ¿De verdad los norteamericanos aniquilarían media docena de ciudades rusas por una pequeña agresión en cualquier lugar del globo? Tan grave era el problema de credibilidad, que los Estados Unidos mantuvieron, a pesar de los recortes en fuerzas convencionales, sus tropas desplegadas en Europa, no tanto para hacer frente a una hipotética invasión soviética –que las arrollaría, dada la superioridad numérica rusa– como para que su aniquilación asegurara el posterior ataque nuclear. De forma que la presencia estadounidense en Europa tenía por función hacer más creíble la respuesta de represalias masivas en caso de invasión. Lo que, sensu contrario, significaba que la doctrina, donde no hubiera desplegadas tropas norteamericanas fuera de Europa, no resultaba creíble ya que, si la agresión comunista tenía lugar donde no hubiera norteamericanos que aniquilar, era probable que las represalias masivas no se producirían.

Este problema de credibilidad se unía al hecho de que la incapacidad soviética de alcanzar con bombas nucleares el continente americano no sería eterna. Incluso era posible que tal incapacidad desapareciera pronto si los soviéticos estuvieran dispuestos a emprender misiones de sólo ida.

Represalias flexibles

Por eso, en realidad, la doctrina de Represalias Masivas es más bien una doctrina de represalias flexibles. El mismísimo Foster Dulles, supuesto padre de la criatura, matizó su formulación en este sentido, el de la flexibilidad. Explicó el diplomático que la doctrina no implicaba un total automatismo en la respuesta. Se trataba tan sólo de superar la situación a la que había conducido la política de Truman, en la que eran los comunistas los que elegían el dónde, el cuándo y el cómo luchar. Puesto que Occidente no se proponía llevar a cabo ninguna agresión, Dulles estaba dispuesto a dejar que los comunistas eligieran el dónde y el cuándo, pero se negó en redondo a que fijaran el cómo. Por tanto, lo que implicaba la nueva doctrina era que los estadounidenses responderían a cualquier agresión comunista del modo que creyeran conveniente, lo que podía incluir ataques nucleares dentro del propio territorio soviético, pero no necesariamente.

Esta forma de discurrir se vio apoyada por un nuevo planteamiento táctico en el empleo de las armas nucleares. La Junta de Jefes de Estado Mayor estadounidense defendió en aquella época la idea de que las armas nucleares se podían, desde luego, usar como arma estratégica, pero también como pequeñas armas tácticas en el campo de batalla para suplir la falta de capacidad de fuego de las fuerzas convencionales debido a su escasez.

Esta distinción, y la implícita posibilidad de emplear pequeñas bombas atómicas en el campo de batalla contra fuerzas convencionales, dirigida esencialmente a abaratar costes, fue muy criticada, no sólo desde el punto de vista ético. Militarmente, era dudosa su utilidad. Luego, cabía esperar que Moscú tuviera muy pronto armas de este tipo a su disposición, dado que no dependía para su empleo de una flota de bombarderos estratégicos, sino que le bastaban los aviones de que disponía en su arsenal.

Por otra parte, la ambigüedad introducida por Dulles en la doctrina, cuando dijo que Estados Unidos respondería a cada agresión del modo que creyera conveniente, sin excluir las bombas atómicas, pero sin necesidad de que estuviera asegurado su uso, hizo que la respuesta consistente en represalias masivas fuera menos creíble cuanto menos importante fuera la agresión a la que había que dar respuesta.

La doctrina muy pronto fue puesta a prueba en la Indochina francesa, y allí se pudo comprobar cómo no toda agresión comunista activaría el arsenal nuclear norteamericano. Hubo buenas razones para ello, pero hizo que la doctrina quedara desprestigiada para todo escenario que no fuera el europeo. Pero eso es otra historia.

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