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LA GUERRA FRÍA

El Pacto de Varsovia

En todas las historias de la Guerra Fría se estudia detalladamente el nacimiento de la OTAN. Sin embargo, apenas se presta atención al Pacto de Varsovia. Probablemente se deba a que, después de todo, el Pacto no cambió nada y a que, siendo como fue una imitación de la organización occidental, el obvio mimetismo pareció suficiente para explicar su nacimiento.

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Si la URSS tan sólo hubiera pretendido copiar la estructura defensiva ideada por Occidente, el Pacto de Varsovia habría nacido en 1949 o, a más tardar, en 1950. No fue así. Lo hizo el 14 de mayo de 1955. ¿Por qué? Y, si es verdad que el Pacto no supuso ninguna alteración estratégica, esto no implica que su finalidad fuera dejar las cosas como estaban. ¿Qué se pretendió, pues, con su creación? Lo cierto es que fue uno de los frutos del giro que Jruschov impuso, o mejor, que trató de imponer a la política exterior soviética.

De Stalin a Jruschov

Las dificultades para percibir la realidad de ese giro se hallan en que, a partir de 1956, muy poco después de que Jruschov se hubiera hecho con todo el poder, la revolución húngara hizo evidente el error que supuso. Pero eso no quita para que el nuevo líder no intentara sinceramente darlo. Jruschov no era menos comunista ni menos despiadado que Stalin. Ni ideológica ni moralmente había gran diferencia. Ésta estaba en que el georgiano era un realista y Jruschov un idealista. Stalin quería creer en la inevitabilidad histórica del triunfo del comunismo, pero no confiaba en ella. Jruschov, en cambio, sí creía, al menos al principio, en esa inevitabilidad, y en que la Historia seguiría su curso natural hacia el triunfo global del comunismo. Stalin era de a Dios rogando y con el mazo dando. El mazo, naturalmente, eran las divisiones del Ejército Rojo. Jruschov en cambio creía que el marxismo-leninismo se impondría por su fuerza intrínseca.

Los cambios que en la política exterior soviética impuso este cambio de perspectiva no se hicieron visibles desde el primer momento porque, tras la muerte de Stalin, en marzo de 1953, el Kremlin se convirtió en un gallinero en el que nadie era capaz de imponer su criterio, y el mejor modo de preservar la seguridad de la URSS no pudo ser otro que el de dejar que la política exterior avanzara por inercia conforme a las directrices de Stalin. Pero cuando Jruschov se adueñó por completo del poder, a principios de 1955, el cambio se impuso.

Además de su idealismo, Jruschov se había dado cuenta de que el pueblo ruso no podría soportar indefinidamente los enormes sacrificios que la carrera armamentística había impuesto. El nuevo secretario general creía que la Guerra Fría no se ganaría con tanques en los campos de batalla, sino en el terreno de las ideas. Y ahí era necesario demostrar que el comunismo era capaz de satisfacer las necesidades del ciudadano más cumplidamente de lo que lo hacía el capitalismo. Y para eso hacían falta recursos que el aparato militar despilfarraba en la preparación de una guerra que no era la que había que librar.

Los orígenes del Pacto de Varsovia

La idea original soviética, completamente extraña al modo de ver las cosas que tenía Stalin, fue la creación de un sistema de seguridad global para toda Europa. Se trataba de ofrecer un marco de reuniones y consultas donde todos los países europeos pudieran resolver pacíficamente sus diferencias y evitar el estallido de una conflagración que sería, con las bombas atómicas de por medio, de terribles consecuencias. Naturalmente, de la propuesta soviética estaban excluidos los países que, aunque pertenecieran a la OTAN, no fueran europeos. Eso dejaba fuera de la futura organización a Canadá y, desde luego, a los Estados Unidos, a los que se les ofreció vagamente la posibilidad de participar como meros observadores.

La idea de Jruschov era tratar de convertir en ventaja lo que en principio era una debilidad, esto es, el hecho de que la URSS fuera un país europeo. Eso significaba que los tanques de la OTAN estaban mucho más cerca de las ciudades rusas de lo que nunca podrían estarlo los carros soviéticos de las ciudades estadounidenses. Si el tratado de seguridad se llegara a firmar, la URSS se convertiría en el árbitro de Europa y podría proyectar su influencia más allá del Telón de Acero. Y de paso lograría disminuir los gastos de defensa, pudiendo dedicar más recursos a atender las necesidades de la población.

El mismo día que se firmaron los acuerdos de París (23 de octubre de 1954), esos que condujeron a la integración de la Alemania Federal en la OTAN al año siguiente, Moscú lanzó la propuesta de una conferencia de ministros de Asuntos Exteriores de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial para tratar de crear la estructura de seguridad europea ideada por el Kremlin.

La propuesta fue completamente ignorada por Occidente. Ocurrió con ella lo mismo que con la idea de la neutralidad alemana, que, si hubiera llegado en los años de la inmediata posguerra, habría sido sin duda considerada por un Occidente deseoso de paz y estabilidad. Pero en 1954, convencidos, con razón o sin ella, de los designios universales del comunismo soviético y de su intrínseca agresividad, lo prioritario para Estados Unidos y sus aliados era incrementar al máximo su seguridad frente a una posible agresión del Ejército Rojo, que era contemplada como tanto más probable cuanta más oportunidad se le ofreciera de llevarla a cabo con éxito.

No obstante, la URSS no renunció a su idea, y para el 29 de noviembre convocó a todos sus aliados a Moscú para conferenciar sobre la creación de esa estructura de seguridad europea. Fue durante esas reuniones donde se habló por primera vez de la posibilidad de crear una alianza comunista que rivalizara con la OTAN, pero siempre tomando como punto de partida la idea original de que habría de servir para preservar la seguridad del conjunto de Europa, no sólo la de la Europa del Este.

El Pacto toma forma

La idea de levantar una estructura de seguridad que fuera más allá de la resultante de los acuerdos bilaterales que la URSS había suscrito con todos sus satélites resultó extraordinariamente atractiva para todos ellos, pues ofreceía la oportunidad de crear un marco donde cada uno fuera tratado como igual, al menos formalmente. Para la Alemania del Este, país que seguía sujeto a ocupación, la ocasión de alcanzar alguna clase de independencia a través de la nueva alianza se hizo enseguida obvia. Para Walter Ulbritch, el dirigente comunista alemán, la cuestión era casi de vida o muerte. La oferta de la neutralidad alemana había demostrado que Moscú podía, en aras de sus propios intereses, estar dispuesto a vender el régimen comunista de la Alemania Oriental. Además, las huelgas y revueltas de 1953, aunque de escasa importancia y fácilmente sofocadas, habían demostrado que la satisfacción de los alemanes orientales con el régimen comunista no era ni mucho menos extraordinaria. La independencia formal podía apuntalar el régimen comunista dentro de la estructura de satélites soviéticos y a la vez hacerlo más popular a ojos de su propia población.

Al principio, la idea de una alianza militar estuvo limitada a Checoslovaquia, Polonia y Alemania del Este, los satélites más interesados en incrementar en lo posible su independencia del Kremlin. Cuando finalmente, en febrero de 1955, Jruschov se afianzó en el poder, Moscú decidió que la propuesta inicial se convirtiera en una gran alianza que incluyera a todos los satélites y a los soviéticos. Los alemanes del Este propusieron que el tratado previera la disolución de la alianza cuando se lograra la reunificación alemana, lo que tenía por finalidad desanimar a los alemanes occidentales a integrarse en la OTAN o, en caso de que llegaran a hacerlo, a desligarse posteriormente de ella. El 1º de abril, el Comité Central del PCUS convocó la conferencia de Varsovia. Fue en ese momento cuando se decidió que la alianza tendría, como la OTAN, un mando unificado. El que se acordara en fecha tan tardía demuestra que la finalidad primera no era crear un clon de la OTAN, sino dar a luz una estructura de seguridad que hiciera irrelevante a la organización militar occidental.

La verdadera finalidad se hace evidente

Muy poco después de que la República Federal de Alemania ingresara en la OTAN (5 de mayo) se reunió la conferencia de satélites soviéticos en Varsovia. El 10 de mayo Moscú lanzó a Londres una serie de propuestas de desarme que había considerado hasta entonces inaceptables, como la de establecer límites numéricos a las fuerzas convencionales estacionadas en Europa, en vez de los recortes porcentuales que siempre había defendido. Añadió una moratoria de pruebas nucleares y la evacuación de todas las tropas extranjeras de las dos Alemanias. Los norteamericanos interpretaron todas estas propuestas como un signo de debilidad y las desdeñaron. Parecía como si la URSS se fuera a venir abajo en cualquier momento por sí sola.

No obstante, Occidente respondió convocando una cumbre donde comprobar el grado de debilidad soviética. Fue la que se llevó a cabo en Ginebra durante el verano de 1955. Moscú interpretó la convocatoria como una disposición a negociar toda la estructura de seguridad europea y calculó que tener constituido el Pacto de Varsovia para el momento en que la cumbre se celebrara le daría un activo más con el que negociar con los occidentales. Así fue como el Pacto de Varsovia se firmó, el 14 de mayo.

La estructura ideada era muy similar a la de la OTAN, pero preveía que, cuando se firmara el acuerdo general de seguridad europea, podrían disolverse tanto el Pacto como la Organización del Tratado del Atlántico Norte, lo que constituye una prueba más de cuál era su verdadera finalidad. El que a la URSS no le preocupaban sus aspectos militares lo demuestra el que no se derogaran los acuerdos bilaterales que la URSS tenía suscritos con sus satélites desde el fin de la guerra y que eran los que le garantizaban la sumisión de sus aliados. También lo demuestra el que el Pacto fuera mucho más ambiguo que el Tratado del Atlántico Norte, ya que no tenía nada parecido al famoso artículo 5. En caso de agresión, no se pactó en Varsovia una intervención automática de los aliados, sino una rueda de consultas, junto con el compromiso de que la decisión se adoptaría de forma conjunta. Esto era lógico si se piensa que la URSS no podía dejar que sus satélites obraran al margen de Moscú, acudiendo en defensa de cualquiera que se sintiera agredido bajo el pretexto del automatismo de la alianza.

En la cumbre de Ginebra de julio de 1955 Jruschov insistió en su idea de crear una estructura de seguridad europea que hiciera innecesarias ambas alianzas, incluso ofreció a los norteamericanos que su país fuera miembro de pleno derecho de tal estructura. Fracasó estrepitosamente y el Pacto de Varsovia acabó siendo, sobre todo después de 1956, aquello por lo que se le recuerda, una pálida copia de la OTAN. Pero no fue para eso para lo que nació. 

 

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