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ARGENTINA

El alma máter de Cristina

Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció la expropiación del 51% de las acciones de Repsol en YPF tenía a sus espaldas la ubicua, en Argentina, imagen de Eva Perón, como si ésta presidiera la ceremonia. Lo cual no debe de extrañar a quienes intuyen, o saben, que la mítica Evita es el alma máter de Cristina.

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Durante el año 2011, la presidenta inauguró dos gigantescos retratos en hierro de su numen, de 31 metros de alto, 24 de ancho y 15 toneladas de peso, en sendas fachadas del Ministerio de Desarrollo Social, en la muy ancha avenida 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires, lo cual los hace visibles a gran distancia. Con un añadido revelador: el estilo de los retratos es premeditadamente idéntico al del Che Guevara que se exhibe en la Plaza de la Revolución de La Habana.

Caricatura reaccionaria

Esta triple coincidencia –Eva Perón, Che Guevara, Cristina Fernández– explica muchas de las calamidades que padece Argentina. Incluida la manía por las expropiaciones, a las que era muy aficionado el guerrillero emblemático, hasta el punto de que sus discípulos subversivos utilizaban esta palabra para maquillar los atracos a bancos, empresas y particulares. Sobre Eva Perón no hay mucho que agregar a lo que han escrito sus apologistas y detractores, aunque en el contexto de los últimos exabruptos de la implacable expropiadora es bueno recordar los términos en que la describió Juan José Sebreli (Crítica de las ideas políticas argentinas, Sudamericana, Buenos Aires, 2002):

Perón podía inclinarse más hacia el lado conservador, en tanto le reservaba a Evita el revolucionario (...) Mientras Perón, como jefe de Estado, burocratizaba y rutinizaba (sic) su carisma revolucionario del 17 de octubre, la manera jacobina plebeya sobrevivía en la persona de Evita, que podía tomarse esa libertad por no estar institucionalizada. Esa postura acercaba a Evita al fascismo, en el sentido en que éste era, como señalara León Trotsky, "una caricatura reaccionaria del jacobinismo". Paradójica pero significativamente, los rasgos típicos del fascismo en Evita más que en Perón hicieron creer a la juventud setentista que ella había estado más a la izquierda que éste.

Son los herederos de aquella juventud setentista, o sea montonera, quienes hoy demuestran una descomunal capacidad para apoderarse de los puestos más codiciados de la función pública y de los medios de comunicación oficiales y oficialistas. Y como no les basta con esto, sacan a relucir la retórica revolucionaria para ensanchar sus horizontes estatizando lo privado, como en el caso de YPF, adonde acudieron en tropel, apenas promulgado el decretazo, para ocupar las jerarquías vacantes.

Coloso clientelista

Si existe un escenario en el que la presidenta Cristina demostró ser una discípula prodigiosa de su alma máter, éste es precisamente el de la creación de conglomerados estatales gigantescos y fortunas exorbitantes a partir de la nada. O mejor dicho, a partir de iniciativas y trabajos ajenos. Y para no incurrir en este mismo pecado de apropiación indebida, aclaro que la mayor parte de la información que sigue procede de la irreemplazable Historia del peronismo de Hugo Gambini (Planeta, Buenos Aires, 1999 y 2001, 2 vols.).

La columna vertebral del coloso clientelista creado por el peronismo fue la Fundación Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, cuyo nombre delataba la identidad de su omnipotente jefa. En un principio, Evita se propuso desarrollar su actividad proselitista desde una entidad ya existente, la Sociedad de Beneficencia. Pero tropezó con el obstinado rechazo de su comisión directiva, integrada por damas de la más rancia aristocracia, que la consideraban una advenediza y que se situaban en el otro extremo del espectro político. Así nació la que pasaría a la historia con el nombre de Fundación Eva Perón, el 19 de junio de 1948, con un aporte personal de 10.000 pesos.

Recuerda Gambini que la Fundación montó sus oficinas provisorias en el Ministerio de Trabajo y Previsión, donde Evita había instalado su cuartel general. El personal estaba compuesto por empleados públicos, o sea que prácticamente no había gastos. Eran años de prosperidad, cuando Argentina operaba como el granero de un mundo devastado por la guerra. Añade Gambini:

En un principio las donaciones llegaban masiva y descontroladamente. Un alud de giros postales, encomiendas y cartas con dinero en efectivo inundaban diariamente esas oficinas, como obedeciendo a una consigna (...) Además, presurosos por congraciarse con el Gobierno, algunos industriales y comerciantes pugnaban por figurar en los primeros lugares de la nómina de donantes.

En su afán por someter a los que no estaban de acuerdo con su política, el peronismo terminó por hacer compulsivas las contribuciones. Así, se instituyeron dos días anuales de aportes obligatorios, que los patrones debían descontar por planilla a sus obreros y empleados: el 1 de mayo y el 12 de octubre. El producto de esos jornales constituyó una base tan sólida, que convirtió a la obra en una gigantesca empresa en vertiginoso ascenso. El activo se elevó en cinco meses a 23 millones de pesos. En 1949 el balance se detuvo en un capital de 122 millones, y al cerrar el ejercicio de 1952, último de la primera presidencia [de Perón], la entidad giraba con 2.000 millones de pesos.

Genes perversos

A los empresarios desafectos, el alma máter de la presidenta Cristina les hacía probar una dosis de la medicina que su discípula aplicaría a Repsol con mayor sofisticación. Tal fue el caso de la empresa Mu-Mu, dedicada a la fabricación de golosinas. Cuando ésta reclamó al Estado el pago de una factura por la venta de sus productos, fue castigada con la clausura de sus establecimientos. Los inversores que se arriesguen a negociar con los demagogos peronistas deberían tomar en consideración, antes, lo que reveló Samuel Groisman, apoderado general de la empresa, que regenteaban sus tres hermanos mayores:

La Fundación recién se organizaba, y esa compra la hizo mediante un organismo estatal. Cuando nuestra administración exigió el pago, el Ministerio de Salud Pública elevó un informe técnico a la Municipalidad y nos clausuraron con varios pretextos. Después de tres años y medio, la planta Mu-Mu fue rehabilitada gracias a una "donación espontánea" del dos por ciento sobre las ventas, que se pagaba trimestralmente.

Otro caso típico fue el del Instituto Massone, laboratorio de productos farmacéuticos, cuyo propietario, Arnaldo Massone, enfrentaba al gobierno desde la presidencia de la Cámara Argentina de Comercio. Uno de sus hijos, Carlos, contó que en 1950, la comisión técnica del ministerio de Salud Pública hizo cortar la electricidad del laboratorio y después lo inspeccionó; lógicamente iba a encontrar las cámaras frigoríficas con productos en mal estado.

Massone huyó en lancha a Montevideo y su empresa estuvo cerrada tres años.

La presidenta Cristina y su alma máter están unidas por los genes perversos del peronismo. Uno de estos genes es el autoritarismo, del que la historia ha recogido suficientes testimonios desde que este movimiento inició su andadura, en 1943. No en vano la escritora norteamericana Mary Main eligió el título La mujer del látigo para su biografía de Eva Perón (La Reja, Buenos Aires, 1955). Estrechamente unido a este gen se halla el del desprecio humillante por el entorno humano, ya se trate de estrechos colaboradores, adversarios políticos, empresarios, diplomáticos, profesionales, sindicalistas, eclesiásticos e incluso dóciles corifeos. Eva Perón intentó maltratar de palabra al embajador español José María de Areilza, quien la puso en su lugar con su innato savoir faire. Cristina Fernández ha machacado sin piedad a fieles militantes de su partido, como el procurador general de la Nación, Esteban Righi, defenestrado porque no compartía el proyecto de domesticar, más de lo que ya está, al Poder Judicial. No es extraño, entonces, que se negara a recibir a Antoni Brufau, presidente de Repsol. Aunque, con semejantes precedentes, es posible que Brufau vea cómo el provocador Alex Kicillof también es devorado por las fauces trituradoras del tenebroso peronismo.

Venganza de ultratumba

Otro gen es el del rencor, que, por una de esas peculiaridades del peronismo, puede trocarse en venganza de ultratumba. Ahí está el caso del grupo Bemberg, propietario, entre otras muchas empresas, de la Cervecería Quilmes. Los contratiempos del grupo empezaron entre 1938 y 1940, cuando sus propietarios se negaron a obedecer las presiones de los agentes nazis que intentaban extorsionarlos. Más tarde, el 4 de agosto de 1947, Jovita García Mansilla de Bemberg, esposa de Federico Otto Bemberg, fue identificada como la persona que arrojó tomates contra el automóvil que transportaba a Eva Perón por el centro de Berna durante su gira triunfal por Europa. Hugo Gambini nos remite a los orígenes de la fiebre expropiadora del peronismo:

A su regreso de Europa, Evita comenzó a soñar una dura revancha: la expropiación de todos los bienes de sus enemigos más enconados. Pero en este caso lo lograría sólo después de muerta, pues las acciones del grupo Bemberg irían a parar a un cofre de valores en las oficinas de la CGT –muy cerca de ella– cuando sus restos mortales ya reposaban en ese edificio desde agosto de 1952.

La expropiación la resolvió un Poder Judicial en cuyos fallos se leía (véase Gambini):

La Corte Suprema de Justicia de la Nación, intérprete máxima de las leyes, reconoce en Eva Perón a la suprema inspiradora de normas legislativas conducentes al bienestar, la felicidad y los derechos inalienables del pueblo.

No todos eran, ni son, sacrificios por amor al pueblo. El gen del autoritarismo está acompañado por el de la ambición. La ambición de los todopoderosos y todopoderosas que gobiernan el tinglado.

Al morir Eva Perón, el presidente viudo anunció la existencia de un testamento, probadamente apócrifo, que despojaba de su herencia a la madre y las hermanas de la difunta y legaba cuantiosos bienes para obras de ayuda social. Observa Gambini:

Nadie se preguntaba entonces cómo había podido acumular, en seis años, bienes tan importantes como para poder constituir semejante fondo de subsidios y becas, porque Evita nunca cobró sueldos de la Fundación ni de cargos oficiales, porque no los tuvo. Al casarse con Perón carecía de bienes patrimoniales y jamás recibió herencias. Sus cachets artísticos nunca fueron tan significativos. Tampoco los regalos recibidos, por muy valiosos que fueran, bastaban para construir una fortuna. En cambio, lo que sí llamaba la atención era su manejo discrecional de los dineros fiscales para su campaña de ayuda social, pues entregaba sumas en efectivo de una caja de billetes que Miguel Miranda –titular del Banco Central– le enviaba diariamente.

Decadencia y bancarrota

La historia se repite. Vuelvo a citar, como lo hice en "Cementerio de profecías", lo que Gina Montaner escribió en El Mundo (27/10/2010) cuando falleció Néstor Kirchner, recordando una columna de Mario Vargas Llosa que éste había titulado, con sorna, "Flor de pareja":

En su artículo, el autor peruano, defensor de las ideas liberales que tanto denostaba Kirchner, señalaba la ironía de un matrimonio empeñado en lanzar una cruzada contra los males del capitalismo mientras se enriquecía impune y descaradamente a costa de los contribuyentes. Es preciso recordar las cifras para no perder la perspectiva en este momento de duelo y debido respeto; en el 2003 los Kirchner declararon a Hacienda un patrimonio de 1.200.000 euros. Cuatro años después, al final del mandato de Kirchner y con la entrada de su mujer en la Casa Rosada, su fortuna había ascendido a 3.200.000 euros. En 2005 estos Bonnie & Clyde de la política se hicieron con terrenos millonarios en El Calafate y una mansión más propia de la realeza que de un par de funcionarios públicos. Entre otras cosas, Néstor Kirchner se ha muerto sin revelar el enigma de los 800 millones de dólares que se esfumaron cuando era gobernador de la provincia de Santa Cruz y por los que nunca rindió cuentas.

Eso sí, los peronistas han exhumado, para descalificar a quienes denuncian la tramoya ruinosa de la expropiación, los términos favoritos de sus precursores financiados por la Alemania de Hitler: los llaman "cipayos" y "vendepatrias". Con patriotas como estos, la decadencia y la bancarrota están aseguradas. 

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