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ESPAÑA

Felipe II y Francia

Felipe II heredó de su padre, y este a su vez de los Reyes Católicos y de la corona de Aragón, el enfrentamiento radical con Francia por las posesiones italianas. Fue una interminable pugna, pues los franceses volvían a la carga una y otra vez, incluso con apoyo papal, siendo por lo general derrotados.

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Si bien el Imperio otomano, junto con la plaga berberisca, constituían el enemigo principal de la cristiandad, con España en primera línea, Francia resultaba una amenaza más inmediata y peligrosa, por cuanto se aliaba con turcos y berberiscos y utilizaba a los moriscos y a los comuneros como quinta columna para disgregar España y corroer, y en lo posible aniquilar, su poder.

El primer gran problema con el que debió bregar Felipe II, apenas coronado, fue un magno ataque francés sobre Italia, con complicidad del papa Pablo IV. Pero el duque de Alba consiguió frenar la ofensiva y Felipe contraatacó desde Flandes en 1557, infligiendo a los franceses, en San Quintín, una derrota que pudo ser decisiva, pues le abría el camino a París. Ahora bien, impresionado, según se dice, por el campo de batalla sembrado de cadáveres, mandó al ejército retirarse al punto de partida. Causa más probable de su actitud fue su deseo de llegar a acuerdos con Francia contra el temido expansionismo protestante. Al año siguiente, una nueva victoria española dio lugar a la paz de Cateau-Cambresis, por la que Francia renunciaba a Italia, aunque se le permitía conservar plazas como Metz, Verdún y la misma San Quintín; y se acordaba la colaboración antiprotestante. El año anterior había subido al trono inglés Isabel I, que, máxima dirigente política y religiosa de su país, pronto se dedicaría a apoyar a los calvinistas de Francia, Escocia y Holanda.

Entonces comenzó en Francia un largo período de sangrientas y extenuantes guerras civiles, provocadas por los calvinistas, allí llamados hugonotes, que mantendrían el país sumido en sus problemas internos entre 1560 y 1595, y sin apenas posibilidad de acción exterior. Ello beneficiaba a España, en principio, porque paralizaba a un rival tan tenaz, pero por otra parte la perspectiva de un triunfo hugonote en al otro lado de la frontera resultaba inadmisible para Felipe II. Pues si una Francia católica había dado tantos quebraderos de cabeza a los Reyes Católicos, a Carlos I y a él mismo, una Francia protestante, con todo su poderío, se convertiría en una pesadilla mucho más grave e inmediata que los Países Bajos. De ahí que el monarca hispano hiciera los mayores esfuerzos por defender a los católicos galos, incluso dando prioridad a esta cuestión sobre la de Flandes.

Coligny.Entre 1560 y 1584 tuvieron lugar en Francia siete guerras religiosas. Los hugonotes, constituidos en un estado dentro del estado, trataban de hacerse con el poder por una vía u otra. Entre esas vías estaba el secuestro del rey para aplicar el principio de que el pueblo debía seguir la religión de su príncipe (cuius regio, eius religio), como habían hecho en Alemania y Suiza. La victoria católica en 1563 no había resuelto el problema, aunque se concedió a los hugonotes más tolerancia de la que estos permitían en las regiones donde dominaban. Por otra parte, los protestantes habían asesinado a Francisco de Guisa, el líder católico más capaz. El jefe protestante, Coligny, había ofrecido a Inglaterra las plazas de Calais y El Havre en pago por su ayuda.

En septiembre de 1567, con Flandes al borde de la (primera) rebelión, los hugonotes volvieron a intentar el secuestro del nuevo rey, Carlos IX, aún adolescente, y de su madre, Catalina de Médicis, que a duras penas se libraron (Sorpresa de Meaux). Al día siguiente, antes de conocer el fracaso, los hugonotes perpetraron en Nimes una matanza de católicos, al grito de "Matad a los papistas. Por un mundo nuevo", y ocuparon La Rochela y otras ciudades. Recomenzó la guerra y los hugonotes llamaron en su auxilio un ejército de protestantes alemanes, financiado por Isabel de Inglaterra y que arrasó más de 200 pueblos del Franco Condado, entonces español; en la Borgoña, saqueó el histórico monasterio de Cluny. Las tropas protestantes alcanzaron un París mal guarnecido e impusieron a Catalina un tratado en extremo humillante, en la que esta reconocía como "buenos vecinos, parientes y amigos" a los mismos que habían saqueado y matado a mansalva en el país.

Carlos IX, muy condicionado por los calvinistas, rehusó colaborar en la campaña de Lepanto contra los turcos y lanzó una ofensiva contra España. Los tercios aniquilaron la expedición francesa y Carlos IX pidió a los españoles que ejecutaran como bandidos a los prisioneros, idos allí por órdenes suyas. Los españoles devolvieron los presos, y parece que Carlos IX se encargó de liquidarlos.

No viene aquí al caso examinar en detalle la historia de estas guerras, provocaciones y matanzas, la más famosa de las cuales fue la de la Noche de San Bartolomé, perpetrada por los católicos; pero no fue la única, ni la primera, ni la más sangrienta. Baste este sucinto relato para entender el cariz que tomaron aquellas contiendas y la actitud de Felipe II, tan a menudo tachada de "fanática". Por el contrario, no podía ser más racional desde su punto de vista: una potencia tan fuerte y vecina como Francia, bajo poder calvinista –siempre dispuesto, por lo demás, a aliarse con los turcos–, constituiría una amenaza insoportable para España. Y todavía deseaba menos aquel rey la reproducción en su país de unas guerras religiosas o civiles como las francesas.

Esta doble consideración explica su política bastante mejor que las acusaciones que comúnmente se le hacen. Así he tratado de exponerlo en Nueva historia de España.

 

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