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ESPAÑA

¿Huelga general o Unión Sagrada?

En agosto de 1914 los partidos y sindicatos de la izquierda europea abandonaron el discurso internacionalista, de lucha de clases, para abrazar la causa nacional de sus respectivos países. Existía, decían, un interés mayor, más grande que el de la Internacional, que era el del Estado nacional de cada uno.

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Quedaron aparcadas las estrategias para alcanzar el poder y llegar al socialismo, y los izquierdistas se alistaron para ir al frente a luchar contra el enemigo de la patria. Atrás dejaron los llamamientos a las manifestaciones y los paros, a una huelga general europea que diera al traste con la guerra. Y postergaron su discurso y sus actividades en pro de lo que se llamó la Unión Sagrada, la alianza de todos los grupos y clases para la defensa de los intereses nacionales. Los enemigos dejaron de ser el gobierno y el capitalismo locales y pasaron a ser los del país contra el que se combatía.

La II Internacional se había forjado una imagen de organización pacifista a principios del siglo XX. Pero no coincidía del todo con la realidad, porque al tiempo que hablaba de la paz amenazaba con la revolución si la guerra tenía lugar. En el Congreso de Stuttgart de 1907 los socialistas juraron emprender la guerra a la guerra. Para demostrar su fuerza, en 1911 organizaron grandes manifestaciones contra el conflicto ítalo-turco. La bandera de la paz era parte del mensaje: el socialismo era la paz, aunque para lograr ésta hubiera que hacer, inevitablemente, la guerra al capital. Fue el socialista francés Jean Jaurès el que más y mejor desempeñó el papel de pacifista socialista; en sus giras por toda Europa y América del Sur era presentado como "el apóstol de la paz". El 31 de julio de ese mismo 1914, un miembro de Action Française acabó con su vida, privándonos así, entre otras cosas, de saber cómo hubiera reaccionado al ver a su partido, la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), y al resto de socialistas europeos apoyando la guerra sólo tres días después.

El austriaco Víctor Adler, el alemán Karl Kautsky y el ruso Vladimir Lenin pensaban de otro modo. Con la guerra, las contradicciones del capitalismo y del imperialismo quedarían al descubierto, y entonces llegaría el momento de avanzar hacia el socialismo, sin descartar ningún medio. Pensaron en una huelga general, pero lo cierto es que en la Segunda Internacional los socialistas se dividían en función de sus intereses nacionales, por lo que muchos pensaron que los Estados menos desarrollados se beneficiarían de los paros completos que se registraran en los Estados más industrializados. Las rivalidades nacionales se impusieron a las ideológicas. Los franceses creían que por sus venas corría la sangre de los revolucionarios de 1789, y que por historia les correspondía la dirección de la revolución internacionalista. Los alemanes rechazaban esa pretensión y esgrimían el poderío de su partido socialdemócrata, el más numeroso de Europa, así como la superioridad de sus pensadores: Marx, Engels, Bernstein, Luxemburg y Kautsky. Las diatribas que se lanzaban polacos y rusos eran fabulosas, mientras que los socialistas de países como Italia y España apenas pintaban algo.

Sea como fuere, poco antes de la guerra los socialistas de la II Internacional quedaron en hacer... algo para detener el conflicto.

Los socialistas europeos habían debatido mucho sobre la estrategia de su movimiento. La socialdemocracia alemana había impuesto la idea de que el fin del capitalismo no estaba a la vuelta de la esquina, por lo que era precisa la lucha electoral y parlamentaria. Convirtieron el SPD, su partido, en una máquina fuertemente jerarquizada y sumisa; tanto que de ahí sacó Robert Michels su famosa ley de hierro de las oligarquías. Kautsky y Bebel decían que la guerra no tendría lugar porque los trust y los cárteles estaban interesados en mantener la paz. Entonces, si el capitalismo no iba a colapsar, ¿cómo podían los socialistas llegar pronto al socialismo? Frente a estos reformistas estaban los revolucionarios, minoritarios pero resueltos, que, como Luxemburg, decían que había que aprovechar los fallos del sistema para derribarlo. La paz real no era posible: si no había guerra entre las naciones, la habría entre las clases.

El asesinato, en Sarajevo, del archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914, no alteró los planes de la II Internacional. Los alemanes se preocuparon sólo porque el gobierno austriaco prohibió el congreso socialista que debía celebrarse en Viena. Luego se fueron de vacaciones, y de vacaciones les pilló el ultimátum austriaco. Convocaron de urgencia el Comité de la Internacional. La guerra parecía cercana, pero la dirección del socialismo europeo no sabía qué hacer. Uno de sus miembros recordó entonces la proposición que antaño se hizo de convocar una huelga general que mostrara el rechazo del pueblo al conflicto bélico. La sugerencia causó extrañeza en el comité y nadie hizo caso. Los intereses ya eran otros, el internacionalismo se tambaleaba y aparecía en el horizonte la Unión Sagrada. La II Internacional había muerto allí, en presencia de su propio comité. Sus miembros acordaron reunirse, aunque sin definir la fecha. Disolvieron la reunión y cada uno se fue a su país el 30 de julio. Por cierto, en aquella convocatoria los bolcheviques no estuvieron presentes.

El 1 de agosto Alemania declaró la guerra a Rusia, y el gobierno francés decretó la movilización general. Nadie reclamó la huelga general, sino que todos proclamaron la Unión Sagrada. El SPD decidió el 3 de agosto apoyar los créditos militares, y al día siguiente hizo lo propio la SFIO. Y luego hicieron lo mismo las demás formaciones socialistas, que además pasaron a formar parte de los gobiernos burgueses, algo que había prohibido expresamente la Internacional.

Los bolcheviques intentaron aprovecharse de la situación. Ellos no querían la guerra entre las naciones, sino la guerra civil, la guerra de clases. Con este propósito, personajes como Lenin, Zinoviev o Trotski suscribieron, con unos pocos socialistas europeos, el Manifiesto de Zimmerwald en septiembre de 1915, que una parte de la historiografía ha tomado como un llamamiento a la paz. En realidad, eran falsos pacifistas, como quedó demostrado a partir de 1917.

En conclusión: una parte de los socialistas europeos propugnó la paz con el lema "Frente a la guerra mundial, huelga general", pero acabaron haciendo la guerra al enemigo de la patria al amparo de la Unión Sagrada. Otros socialistas presentaron la guerra como parte del desarrollo del imperialismo, "fase superior del capitalismo", como escribió Lenin; fase que mostraría al proletariado los males del sistema y conduciría a la guerra verdadera, la de clases. Ni unos ni otros apelaron a la huelga general como instrumento de cambio político y social. Quizá es que todavía oían la voz de Friedrich Engels:

Para que una huelga general triunfe, precisa el proletariado de una organización tan importante que sólo es realizable con la ocupación del poder, y en ese caso la huelga general es innecesaria.

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