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DE QUÉ NO HABLAN LOS CHARLATANES

La amnesia izquierdista

Son muchos los acontecimientos históricos relevantes ocurridos el siglo pasado respecto a los cuales los intelectuales izquierdistas latinoamericanos padecen amnesia. Cual fanáticos monotemáticos, su empobrecida vida se ha reducido a monitorear lo que hace el "imperialismo norteamericano", jamás analizan otros acontecimientos, por importantes que hayan sido sus repercusiones.

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Guardan silencio sobre las monstruosas acciones ejecutadas al amparo de su ideología, cuando debieran sentirse moralmente obligados a rendir cuentas por ellas.

Tan vocingleros para otras cosas, los izquierdistas callan sobre las hambrunas registradas en la URSS y China como consecuencia de las políticas perpetradas por Stalin y Mao; sobre la persecución y asesinato de los miembros de etnias no rusas en tiempos del Padrecito; sobre el Pacto de Amistad entre Hitler-Stalin (1939), que permitió a nazis y soviéticos machacar a los polacos; sobre el infernal paraíso socialista de la Camboya de los Jemeres Rojos; sobre la invasión imperialista soviética de Afganistán, en 1980; sobre la amenaza de guerra nuclear que padecimos en 1962 luego de conocerse que los soviéticos habían instalado armas atómicas en Cuba. Etcétera.

A nuestro juicio, el mayor y más vergonzoso silencio de los socialistas ha sido el relacionado con los campos de concentración soviéticos, sobre el Gulag, que engulló a millones de personas inocentes. Nunca se refieren a esos campos. ¿Por qué? Porque revelan el carácter totalitario, similar al del régimen nazi, del sistema socialista que rigió en la URSS.

En esa similitud está mi respuesta a la pregunta "¿Por qué la izquierda se negó a usar el concepto de totalitarismo?", con la que Claude Lefort valientemente retó a sus pares de la izquierda europea hace treinta años (v. "La lógica totalitaria", en La invención democrática, Nueva Visión, 1990, p. 41). No iban los izquierdistas europeos, menos los latinoamericanos, a dar curso a un concepto que los desenmascaraba, ubicándolos en el mismo bando despreciable de los nazis.

Se entiende así por qué el debate sobre el totalitarismo nunca tuvo acogida entre los intelectuales izquierdistas de las ciencias sociales latinoamericanas. Cómo la iba a tener, si las universidades estaban pobladas por profesores que predicaban que la "emancipación de la especie humana" y el "futuro de la humanidad" ya eran una realidad en el totalitarismo socialista soviético y en su colonia tropical, la Cuba castrista. Para la intelectualidad izquierdista de Latinoamérica, el Gulag es como si no hubiese existido, lo cual también nos explica su mutismo sobre la obra de Alexander Solzhenitsyn.

Afortunadamente para la humanidad, el totalitarismo socialista forma parte del pasado. La Unión Soviética fue su arquetipo, pregonado como sustituto de la democracia capitalista. Libró durante cincuenta años una encarnizada batalla planetaria con los Estados Unidos por la supremacía mundial, de la cual salió derrotada en 1991. Las repercusiones tectónicas del derrumbe de la URSS todavía siguen ahí. Hoy están presentes en las revueltas de los pueblos árabes, pues sus cuestionadas dictaduras ya no pueden contar con la protección que ayer les brindaba Moscú, en función de sus intereses expansionistas.

En la actualidad observamos que se intenta asear propagandísticamente el socialismo, agregándole la etiqueta del siglo XXI para venderlo como un proyecto de futuro. Pero es una táctica cosmética condenada al fracaso.

 

© Diario de América

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