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EXPOSICIONES

Artistas en el teatro

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acaba de inaugurar una exposición que con el título de El teatro de los pintores en la Europa de las vanguardias recoge más de 250 obras de escenografía teatral, pero escogidas por su interés como obras plásticas de los más importantes artistas de la vanguardia europea de un período que abarca desde principios de siglo hasta los albores de los años 30.

Pablo Jimenez
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El proyecto ha sido dirigido por Marga Paz, importante especialista en este período artístico y cuenta con el apoyo de un fantástico montaje a cargo de Patrice Reznak que, entre otros muchos aciertos, tiene el de situar el discurso entre los ámbitos propios al mundo del teatro y su clara voluntad de obras de arte. Esta ambigüedad entre las artes aplicadas y las artes con mayúsculas es precisamente uno de los encantos de la exposición y uno de los planteamientos que sustentan el entramado teórico de este tipo de cuestiones.

Unas cuestiones que, todo hay que decirlo, prácticamente, al menos de manera tan extensa y tan brillante, nunca se habían planteado antes en nuestro país, mientras que en Europa sí ha sido una cuestión que ha dado pie a numerosas e importantes exposiciones.



Para que el aficionado se haga una idea de la importancia de esta exposición baste citar a algunos de los artistas que la componen: Picasso, Miró, Juan Gris, Léger, Matisse, Braque, Derain, Picabia, De Chirico, Kandinsky, Mondrian, Grosz, Moholy-Nagy, Schlemmer (del que la propia Marga Paz organizó hace un año una deslumbrante exposición en estas mismas salas), Balla, Depero, Prampolini, Tatli, Malevich, Gabo, Lissitzki, Popova, Gontcharova y todavía queda en el tintero un largo estcétera.

Las relaciones entre las artes plásticas y el teatro tiene una larga tradición, pero las que mantienen en este siglo el arte de vanguardia tiene una especial significación que es lo que consigue que se trascienda la mera anécdota de lo que puede tener de casual unos figurines o unos decorados. Es evidente que no encontraremos aquí ni los mejores picassos, braques, kandinskys y demás; incluso no deja de ser sorprendente encontrar trabajos de aquellos que más hicieron por una de las revoluciones del arte del siglo XX: el de encontrar su autonomía como lenguaje. Así, los mismos artistas que hicieron posible que pudiéramos entender al arte como algo autónomo de la representación de la realidad se esforzaron por devolverlo a un papel de secundario.

Para entenderlo hay que recordar que sobre este planteamiento autonómico del arte los artistas de la vanguardia intentaron plantear una obra de arte total que englobara y participara de todas las disciplinas. En esta exposición, por ejemplo, podemos ver algunas de las obras destinadas al ya casi mítico ballet Parade, producción de Diaghilev, con Satie, como compositor, Cocteau como libretista y Picasso como escenógrafo y cuyas reuniones de confrontación se realizaban en casa de una ilustre dama chilena perteneciente a la más alta y selecta sociedad internacional.

Y esto último es lo que también nos ayuda a entender otras muchas cosas. Y es que el teatro se había convertido en un medio especialmente oportuno para conseguir que se terminaran aceptando las radicales transformaciones en los lenguajes visuales, por un público mayoritario y con capacidad de crear opinión. Si el arte de vanguardia había sido un auténtico fracaso en su voluntad de hermanarse con el proletariado en un mismo impulso revolucionario que marca el arranque del siglo; consigue por el contrario terminar imponiéndose gracias a un público de aristócratas y buenos burgueses que lo adoptan como una nueva imagen de su elegancia y poder social.

Paradojas de la vida, que las gamberradas de muchos de estos vanguardistas iconoclastas, no sólo ahora se reverencien como lo que son: fetiches imprescindibles para entendernos a nosotros mismos, sino que adquieran carta de naturaleza a través de estos espectáculos de ballet y de ópera dirigidos a lo más fino y selecto de la burguesía de la época.

Con todo ello hay que admitir que vista ahora, la exposición resulta bellísima. Los figurines denotan una alegría, una felicidad de ser moderno y un optimismo elemental y esquemático que conmueven estética y casi éticamente.

El teatro parece simbolizar ese nuevo mundo con el que soñaba la vanguardia, aquí los planteamientos plásticos encuentran un ámbito especialmente propicio para dejarse llevar por la felicidad de haber conocido el siglo XX y todas sus transformaciones.

Y es que lo que mejor transmite esta exposición, con sus colores puros, sus formas elementales, su derroche de talento y de imaginación en todos y cada uno de sus elementos es el sentimiento de un decisivo momento histórico, el estado de efervescencia y felicidad que animó y coloreó las utopías de este siglo que XX que ahora termina, después de haber acabado con todas ellas.

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