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CATASTROFISMO

Ecológico y poco lógico

Los ecologistas suelen utilizar como estrategia reconocida de propaganda el alarmismo, la exageración y la distorsión de la realidad para movilizar las conciencias ciudadanas: no importa confundir mediante mensajes falsos y manipulación lingüística si con ello se incrementa su influencia social. Se disfrazan de sensibles y preocupados para ocultar su ignorancia y sus tendencias colectivistas y totalitarias.

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Ahora al CO2 se le denomina gas contaminante o incluso gas tóxico, cuando es un gas fundamental para la vida. Sin él no habría plantas ni fotosíntesis, y sin plantas no habría animales ni seres humanos. Pero demonizar al CO2 está de moda, sobre todo si lo producen las actividades humanas de generación de energía a partir de combustibles fósiles. Son políticamente correctas las caras e ineficientes energías renovables como los molinos de viento, con su espectacular impacto paisajístico y su dependencia de los caprichos del viento, y como los paneles solares fotovoltaicos, en cuya fabricación se producen residuos auténticamente venenosos.

El presidente Bush es caricaturizado por algunos editorialistas graciosillos como el "texano tóxico". Estos grandes psicólogos han penetrado en el alma del presidente norteamericano y han descubierto que no sólo es indiferente al medio ambiente, sino incluso abiertamente hostil: todo porque autoriza centrales nucleares (otra vez el integrismo progre antinuclear) y la perforación de reservas naturales en Alaska para buscar petróleo y gas. Son los mismos listillos que creen que el mercado eléctrico en California está desregulado. Han visto muchas películas en las que el malo, para no cansar al público con el inevitable narcotraficante, es el petrolero despiadado que masacra a la población indígena y disfruta viendo cómo su preciado oro negro se despilfarra ensuciando las prístinas reservas naturales.

El mayor pecado de Bush es que no piensa ratificar el Protocolo de Kioto. Olvidan mencionar que la ratificación de un tratado no es un hecho automático y obligatorio (no tendría sentido), y que depende del Congreso y del Senado de su país, los cuales no están por la labor. El Protocolo de Kioto no es, como pretenden algunos, el único instrumento de la comunidad internacional para luchar contra la grave amenaza que supone para el medio ambiente el calentamiento de la Tierra, provocado por la emisión de gases causantes del efecto invernadero. El calentamiento global no está tan claro como muchos pretenden, mucho menos su relación con la actividad humana; pero lo más llamativo del caso es que en realidad no supondría graves problemas sino más bien moderadas ventajas; y si los cambios son lentos la humanidad puede adaptarse fácilmente a ellos.

Algunos incluso pretenden que recordar el carácter incompleto del conocimiento científico sobre el calentamiento atmosférico es un endeble pretexto. O sea, que no importa que no sepamos lo que hacemos, si es importante o no, si la acción es necesaria y adecuada, hay que actuar pase lo que pase, cueste lo que cueste. Eso tiene un nombre, y es irracionalidad.

Si el motivo de la negativa de Bush es el impacto que tendría limitar la emisión de dióxido de carbono sobre la economía estadounidense, hace muy bien, está actuando para bien de quienes le han elegido como gobernante. Seguramente Bush tiene fuertes relaciones con la industria energética norteamericana que financió su campaña, pero tal vez los intereses de la industria energética coincidan con los de sus consumidores. Aquellos a quienes preocupan las relaciones entre grupos de interés y políticos deberían quizás considerar la posibilidad de acabar con el poder de los políticos de conceder favores. Pero ese poder es el mismo que les permite imponer tratados coactivos como el de Kioto.

Según Carlos de Prada, “La dicotomía maniquea que algunos establecen entre desarrollo y ecología no es real. Aquí nadie plantea que empeore la calidad de vida de norteamericanos o europeos. Lo que se plantea es un modelo energético más eficiente, menos despilfarrador y que no genere tantos impactos innecesarios, perfectamente evitables”. Efectivamente puede haber desarrollo y ecología simultáneamente, pero no mientras los Estados parasiten la sociedad libre. La mejor defensa compatible de las personas y del medio ambiente es la que se consigue mediante los derechos legítimos de propiedad, y no mediante leyes estatales coactivas. La eficiencia de la empresa privada competitiva en un mercado no intervenido es lo que mejor evita el despilfarro y las agresiones innecesarias, sobre todo si son tan fácilmente evitables como se pretende. Las economías gestionadas o tuteladas por los Estados son siempre desastrosas, tanto para las personas como para el medio ambiente.

Y conviene no olvidar que es el ser humano quien da valor a las cosas, que la naturaleza no es valiosa en sí misma. Porque ¿qué naturaleza es la que se pretende proteger? ¿Las cucarachas, las ratas, los mosquitos, el virus del SIDA, las células cancerígenas? ¿O simplemente la que nos cae bien, la que consigue provocar respuestas emocionales agradables en nosotros, como el oso panda, el koala, el águila imperial, los pinares y las montañas nevadas? Muchas personas aman más a su perro que a otros seres humanos: están en su perfecto derecho, pero que no pretendan que otras personas se sacrifiquen para que su mascota favorita pueda vivir mejor. Además ¿por qué es necesario preservar santuarios naturales? ¿Para hacer turismo en ellos o filmar hermosos documentales? ¿Para que las generaciones futuras puedan aprovecharlos o para que ellos también los preserven para sus respectivas generaciones futuras y así sucesivamente sin que nadie pueda nunca realmente beneficiarse de ellos? Afirmar que la naturaleza tiene derechos implica que no se comprende el significado de dicho término o que se defiende una ética extraña a la especie humana.
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