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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El efecto Tinkerbell: Cataluña parece una nación

En los Estados Unidos se habla del efecto Tinkerbell (Campanilla, el personaje de Peter Pan): hay cosas que sólo existen si creemos en ellas. Michael Mullane, un profesor de leyes americano, pone el ejemplo del Estado de Derecho: si dejáramos de creer en él, todo el edificio social se derrumbaría sin remedio.

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Las naciones están sujetas al efecto Tinkerbell: existen porque los ciudadanos creen en ellas. Y si los ciudadanos dejan de creer, la nación desaparece. Esto es especialmente notable en el caso español, donde la idea de nación española ha sido sustituida en la cabeza de un número importante de personas por la idea de una serie de naciones menores y donde la misma palabra España ha sido desplazada del léxico de incontables políticos en activo. Hasta tal punto que en la pasada semana he leído a varios columnistas sorprendidos por el hecho de que el presidente hubiera empezado a hablar del "Gobierno de España", a usar la palabra España después de casi cuatro años de ejercicio en el cargo.
 
Casi nadie (sólo bichos raros como uno, que creen en la nación española y con ello la mantienen viva) en Cataluña duda de la existencia de una nación catalana. Y no me refiero a los independentistas, sino al conjunto de la clase política local. El 11 de setiembre de 2007 es una demostración.
 
El otro día José Montilla se fue a Portugal, en visita de Estado, para reunirse de igual a igual con Cavaco Silva y con Sócrates; porque Portugal es "uno de los principales socios comerciales de Cataluña". Aparte algunos acuerdos entre empresas, se trajo en la maleta el proyecto de un documental y una serie de ficción en los que se tratará el asunto de la doble sublevación de 1640, en la que los segadors y los portugueses se enfrentaron a España con suerte diferente.
 
¿Para qué la argucia del documental, si el planteo mismo de la cosa es ficticio? Será una película (o dos) de propaganda antiespañola, cuya producción deberán considerar con mucho cuidado nuestros vecinos del Atlántico, porque una cosa es lo que diga un grupo de delirantes políticos y otra bien distinta lo que sostenga un Estado soberano y miembro de la UE acerca de otro Estado de iguales características. ¿Habrá aceptado Sócrates un amistoso entre la selección catalana y la portuguesa? Así, al menos se justificarían los cuatro millones de euros, del bolsillo de los contribuyentes españoles, que el president de Iznájar destina cada año a la asociación que alienta las selecciones catalanas.
 
José Montilla.Los sucesivos Gobiernos autonómicos, entre los cuales no ha habido solución de continuidad en cuanto a lo que Celestino Corbacho, alcalde de Hospitalet y presidente de la Diputación de Barcelona (144.000 euros al año), llamó impúdicamente "la reforma identitaria", han mentido el pasado catalán en todos y cada uno de los libros escolares, y en una parte sustancial de los no escolares, firmados por historiadores locales más o menos subvencionados. En esa mentira estamos cuando llega el 11 de setiembre, el día nacional de Cataluña, en el que casi nadie recuerda qué se conmemora pero que tiene la virtud de ser una declaración de antiespañolidad contundente.
 
Ciutadans quiere compensar todo eso celebrando a su manera la fecha: con el profesor García de Cortázar dando una charla sobre la verdadera historia de 1714 en el cruce de Josep Tarradellas con Entenza: una clase magistral en la calle, al mejor estilo Xirinacs, para combatir treinta años de enseñanza nacionalista. Además, no es que ellos no quieran una fiesta nacional catalana: la quieren, pero el día de Sant Jordi. Tengo la impresión de que Rivera, Robles y Domingo aún no han comprendido dos cosas: la primera, esa que no me canso de repetir, que los nacionalistas son insaciables; la segunda, que Cataluña marcha hacia una realidad bipartidista de orden local que acabará por separarla completamente (ya lo está en parte) de las corrientes principales de la política española.
 
Sobre la izquierda catalana en general, no pueden caber dudas: el Tripartito, con más o menos diferencias, ha excedido el marco de un acuerdo de gobierno. La prueba está en que la reunión anual que los socialistas catalanes hacen para definir las estrategias para el curso político, y que este año se celebrará en Santa María de Palautordera, será inaugurada por Carod Rovira, el que se esmera a diario en el Parlament en definir a los criminales de ETA como "presos políticos". Son dos jornadas: la primera contará con el dirigente de ERC; la segunda, con Joan Saura y Montilla. Es una reunión de partido. ¿Son todos el mismo partido con diferentes rostros electorales? Yo diría que sí.
 
(No debiera asombrar a nadie, ni ser considerado un hecho diferencial catalán: en el Congreso de los Diputados, socialistas, nacionalistas, comunistas, verdes y afines votan las leyes más importantes como un solo hombre, todos a una. Y, ocasionalmente, aceptan el voto del PP, que en última instancia, hoy por hoy, no decide gran cosa en el Parlamento).
 
En la derecha pasan cosas cuando menos curiosas. Montserrat Nebrera, que fue elegida diputada autonómica como número dos en la lista de Piqué, conservando su condición de independiente, ha decidido afiliarse al partido que la promovió. No lo ha contado en La Vanguardia ni en El Periódico, ni en la edición nacional (española) de ningún otro diario, sino en el Avui. Y lo ha hecho de un modo singular: invitando al ex presidente Pujol a acompañarla. Sus argumentos son de peso: Pujol "nunca ha negado ser español", y "compartimos" una visión de lo que "le hace falta a Catalunya" y lo que "nos significa España". Claro que, después de eso, uno se pregunta por qué la chica no entró en Convergència cuando Pujol hacía desde el poder lo que le hacía falta a Cataluña y, en cambio, esperó a que Piqué le ofreciera un escaño. Hay que reconocerle, además, dotes adivinatorias, porque debe de ser la única que sabe lo que España "le significa" a Pujol.
 
Cartel antiespañol de las Juventudes de ERC.Por su parte, Daniel Sirera, la gran esperanza blanca del PP pospiqué, en esa Cataluña en la que, como él mismo dijo hace unos días en la COPE, entrevistado por Federico Jiménez Losantos, no hay ningún colegio en el que se pueda estudiar en castellano, acudirá a la ofrenda floral ante el monumento al conseller en cap Rafael de Casanova junto a los demás: CiU, PSC, IU, etc. (Los independentistas declarados hacen su propio acto en el Fossar de les Moreres). Dice que no quiere "dejar el monopolio de la fiesta sólo en quienes reivindican un Estado propio" porque la Diada es "una fiesta de todos los catalanes". Que se reúnen y cantan Els Segadors, con el propósito de hacer retroceder a aquesta gent tan ufana i tan superba, los españoles.
 
Sirera es un hombre joven, formado en la Cataluña del pujolismo, y tiene derecho a tragarse todos los lugares comunes que le venga en gana, pero ocupa un lugar en el que no está permitido olvidar la historia e ignorar que la conmemoración del 11 de setiembre tiene un carácter redomadamente nacionalista catalán, que no fue elegida como fiesta nacional con inocencia y que lo que en ella se recuerda (no se celebra) es la derrota de "los catalanes" por "los españoles" de Felipe V. Y que, por lo tanto, no es precisamente una "fiesta", sino una jornada reivindicativa. Nacional, por supuesto.
 
Es cierto que Sirera tiene que lavar el honor de su partido: Piqué dejó de asistir a la ofrenda por la reiteración, año tras año, de las agresiones y abucheos de los que los miembros del PP eran víctimas; es decir, desertó por cobardía, no por principios. Pero, más allá de eso, Sirera debería desertar por principios, o tendrá razón la Nebrera en lo tocante a afinidades con Pujol.
 
Todos parecen estar de acuerdo (nadie ha demandado a nadie por ello) en lo de multar a los que rotulan en castellano en su chiringuito. Esa unidad de destino en lo nacional, ese acuerdo de fondo en no desmentir jamás la propia catalanidad ni afirmar jamás la propia españolidad, se llama clase política. Ritualmente, en fechas políticamente prefijadas, alrededor de la mitad del electorado catalán (cada vez menos) ratifica en las urnas, vote a quien vote, la supuesta representatividad de esa clase.
 
Puesto que las naciones existen merced al efecto Tinkerbell y, hechas las cuentas, hay más catalanes que creen en la nación catalana (toda su clase política y una parte del electorado) que españoles convencidos de la existencia de la nación española, habrá que empezar a creer en la existencia de una nación catalana. Es una tragedia. Y juro que una clase magistral en una esquina no mejora el desenlace.
 
 
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