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MEDICINA Y SALUD

La infertilidad masculina

El uso de pañales desechables podría explicar el aumento de los casos de infertilidad masculina en los últimos 25 años, según revela un estudio publicado en Archives of Disease in Children de este mes. La noticia vuelve a poner sobre la mesa una vieja polémica que alerta sobre el deterioro progresivo e inexplicable de los espermatozoides masculinos.

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Hace ocho años, un polémico trabajo publicado por un grupo de investigadores daneses, dirigido por la doctora Elisabeth Carlsen, ponía de manifiesto que el volumen medio de la eyaculación humana había pasado de 3,4 mililitros en 1940 a 2,75 mililitros en 1990 y que, durante el mismo periodo, la concentración espermática media había descendido de 113 a 66 millones de
espermatozoides por mililitro, lo que se traduce en una reducción anual del 1 por 100. Otras investigaciones posteriores no sólo confirmaron esta decaída seminal, sino también un empeoramiento de la movilidad y de la morfología de las cabezas y colas de los gametos masculinos.

No obstante, hay estudios recientes que ponen en entredicho el rigor científico de estas investigaciones, y apuntan que la calidad de los espermas masculinos no ha variado sustancialmente en los últimos decenios. Así lo atestigua, por ejemplo, un estudio dirigido recientemente por la investigadora Rebbeca Sokol y sus colegas de la Universidad de California del Sur, que iguala la densidad espermática de los varones estadounidenses a la obtenida en los
análisis a gran escala realizados en los años cincuenta. Ahora bien, la posible degeneración del semen no puede tomarse como algo anecdótico. Voces autorizadas sostienen que podría existir un lazo de unión entre el deterioro del eyaculado y el aumento en los últimos tiempos de los casos de cáncer de próstata y de testículo.

Esta conexión se fundamenta en una reciente observación realizada en Finlandia: la incidencia de estos tumores masculinos es anormalmente baja entre los varones finlandeses, cuya calidad
del semen se halla entre las mejores del mundo. ¿Casualidad? Algunos epidemiólogos temen que no. Estos mismos denuncian que la alteración del ambiente y ciertos hábitos sociales están interfiriendo de forma perniciosa en la maquinaria testicular. En relación al primer punto, los científicos han centrado la atención en un grupo de contaminantes que reciben el nombre de perturbadores endocrinos, xenohormonas o impostores endocrinos.

Éstos pueden ser producidos de forma natural por algunos seres vivos, como es el caso de los fitoestrógenos contenidos en la soja y otros vegetales. Pero también son sintetizados por el hombre: se hallan presentes en plaguicidas organoclorados, anovulatorios, agentes tensoactivos añadidos a los detergentes y champús, hidrocarburos aromáticos policíclicos expelidos por el tubo de escape de nuestros coches. Todos éstos, que reciben el nombre
genérico de xenoestrógenos, imitan la acción de las hormonas sexuales femeninas, es decir, los estrógenos, como el estradiol. No hay que olvidar que las hormonas de la mujer también juegan un papel relevante en la sexualidad y capacidad reproductora masculina. Es más, hace poco los biólogos han encontrado contaminantes ambientales que plagian directamente a las hormonas masculinas. Este es el caso del p-p DDE, el principal
metabolito del plaguicida DDT. La acción de esta sustancia sobre el aparato genital masculino puede ser desastrosa: bloquea la llamada masculinización del individuo.

Algunos investigadores han observado que otras xenohormonas,
como los ftalatos y los SPC, pueden feminizar los testículos de algunos peces hasta el extremo de convertirlos en hermafroditas. Como ya se ha avanzado, el daño espermático también podría explicarse por los hábitos sociales. El estrés, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y ciertas drogas, como la marihuana, el sobrepeso y el sedentarismo hacen que el volumen de semen sea menor, que se reduzca el número de espermatozoides y que aumente en el eyaculado la proporción de gametos deformes, inmóviles y desfallecidos. Los testículos también son vulnerables a los cambios de temperatura. Desde hace algunos años, algunos andrólogos sostienen que el uso masivo de pantalones vaqueros y otras prendas ajustadas impiden la buena refrigeración de las gónadas masculinas. En los ensayos de laboratorio, los biólogos han confirmado que el calor disminuye la concentración de espermatozoides almacenados en el conducto deferente, que es lugar donde se vierten los espermatozoides una vez que se han formado en los tubos seminíferos.

Ahora, los científicos han centrado su atención en los pañales desechables forrados de plástico. Éstos aumentan la temperatura del escroto del bebé, la bolsa de piel que protege los testículos, al menos en un grado centígrado, según el profesor Wolfgang Sippell y sus colegas del Departamento de Pediatría de la Universidad de Kiel, en Alemania. Este ligero aumento de temperatura podría afectar a la salud testicular, así como a la producción de espermatogonias -las células precursoras de los espermatozoides-en la red de tubos seminíferos. De confirmarse el estudio alemán, nuestros testículos ya estarían siendo agredidos desde el mismo momento de nacer. De algún modo, los modernos y abultados pañales son responsables de una parte de los 80 millones de casos de infertilidad masculina registrados en el mundo. Si para los biólogos contábamos entre las especies que peor se reproducen, sólo faltaba que por una razón u otra bajáramos aún más en el escalafón reproductor.

Hasta las ratas son más eficientes que los hombres: las primeras, de 10 acoplamientos tienen entre siete y nueve efectivos, mientras que los segundos pueden intentarlo una y otra vez sin éxito. De hecho, de cada 100 parejas que desean tener un hijo, entre el 10 y el 15 por 100 no lo consiguen en el plazo razonable.
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