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OCCIDENTE Y SUS ENEMIGOS

Las verdades no son racistas

El valor con que la periodista Ana Pastor, de TVE, abordó la entrevista al energúmeno Mahmud Ahmadineyad me trajo a la memoria el heroico choque de Oriana Fallaci con el todopoderoso ayatolá Jomeini.

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Si a Pastor se le deslizó el pañuelo que le cubría los cabellos, la Fallaci, indignada por el desprecio con que el clérigo hablaba de la mujer occidental, se despojó del chador que la habían obligado a vestir y exclamó:

Puesto que usted dice eso, me quito ahora mismo estos harapos estúpidos de la Edad Media.

Fantasmas medievales

El debate al que hoy asisten los países de Europa en torno a la prohibición del burka y el niqab saca del armario los fantasmas medievales que provocaron la airada reacción de Oriana Fallaci. Sin embargo, creo que es equivocado encarar el problema con una óptica feminista. Si hay mujeres que se ocultan tras estas prendas porque las obligan sus familiares o maridos, hay que rescatarlas como a cualquier mujer acosada o maltratada. Pero quienes les niegan la capacidad de elegir esa forma de vestir por sus convicciones religiosas las condenan, como los machistas, a una perenne minoría de edad.

En Occidente, las industrias de la moda y los cosméticos fundan su poderío sobre el deseo de muchas mujeres de complacer a los hombres. Para no hablar del uso de escalofriantes piercings en órganos tan sensibles como la lengua. En la película Pulp fiction, de Quentin Tarantino, una mujer erizada de piercings explica que el de la lengua está destinado a producir mayor placer al hombre durante la felación. Pero ni al puritano más fanático se le ocurriría legislar contra esta moda malsana (el piercing, no la felación), porque las mujeres que se acogen voluntariamente a ella piensan más en satisfacer al hombre que en su propia salud. Además, en la sociedad abierta paradigmática, la estadounidense, nadie impide que los amish vivan, con sus mujeres e hijos, como si estuvieran en el siglo XVII.

Los motivos para prohibir el burka y el niqab no son los que aducen las feministas. Son estrictamente políticos y de seguridad. Quienes utilizan esas prendas se encuadran en un conglomerado que milita activamente por la abolición de los valores de la civilización occidental. Recordemos el aserto del actual primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan: "Los alminares son nuestras bayonetas, las cúpulas nuestros cascos, las mezquitas nuestros cuarteles y los creyentes nuestros soldados". Es precisamente en esos cuarteles donde los imanes mentalizan con sus sermones a hombres y mujeres para que cumplan preceptos rigoristas ajenos, y a menudo opuestos, a nuestra civilización. Allí es donde las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia deberían ejercer una severa vigilancia. Según dichos servicios, de las 940 comunidades islámicas censadas en España, las de tendencias radicales (los salafistas, el movimiento tabligh o Justicia y Caridad, entre otras) representan entre el 18 y el 20%. En Cataluña hay 219 comunidades registradas, de las que el 25% se sitúan entre movimientos extremistas. Pero cuando el candidato del PP a la alcaldía de Barcelona, Alberto Fernández Díaz, propuso que la policía controlara el contenido de los sermones de los imanes, todos sus rivales lo tildaron falazmente de racista.

Oriana Fallaci advirtió que la palabra racista era inapropiada, porque "el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión". Y amonestó a quienes incurren en "la cínica explotación de la palabra racista. No saben qué significa pero la explotan igualmente". Y citó las palabras de un estudioso afroamericano cuyos antepasados habían sido esclavos:

Hablar de racismo a propósito de religión es hacerle un gran perjuicio al lenguaje y a la inteligencia.

El arcaísmo coactivo

Giovanni Sartori, otra de las bestias negras del totalitarismo antisistema, también desmiente que el choque de culturas sea producto del racismo. Desde el punto de vista étnico, los asiáticos son tan distintos de los blancos como lo son los africanos, y sin embargo no suelen suscitar reacciones de rechazo, ni siquiera allí donde ya son numerosos; esto, a pesar de que los asiáticos no se dejan asimilar más que los africanos. Sartori:

De lo que cabe deducir que la xenofobia europea se concentra en los africanos y en los árabes, sobre todo si son y cuando son islámicos. Es decir que se trata sobre todo de una reacción de rechazo cultural-religiosa. La cultura asiática también es muy lejana a la occidental, pero sigue siendo laica en el sentido de que no se caracteriza por ningún fanatismo o militancia religiosa. En cambio la cultura islámica sí es fanática. E incluso cuando no hay fanatismo sigue siendo verdad que la visión islámica del mundo es teocrática y no acepta la separación entre la Iglesia y el Estado, entre política y religión. Por el contrario, es sobre esa separación que se basa hoy –de manera verdaderamente constituyente– la ciudad occidental. Del mismo modo, la ley coránica no reconoce los derechos del hombre (de la persona) como derechos individuales universales e inviolables; otro fundamento, añado, de la civilización liberal (...) El occidental no ve al islámico como infiel. Pero para el islámico el occidental sí lo es.

Si alguien se atreviera a tergiversar los hechos y a calificar de racista el discurso que desenmascara el contraste que existe entre los valores de la civilización occidental y el arcaísmo coactivo de la legislación coránica, ¿cómo habría que calificar el teocentrismo intolerante de la cosmovisión musulmana? Jomeini fue categórico ante Oriana Fallaci:

El islam lo significa todo, incluido aquello que vosotros llamáis democracia y libertad. Sí, todo está en el islam. El islam lo engloba todo. El islam es todo (...) Es justo que la más alta autoridad religiosa asegure las funciones del primer ministro o del presidente de la República para que no se aparte de la ley, es decir del Corán.

Para los secuaces de Jomeini, la afirmación de la infalibilidad coránica continúa siendo un dogma inapelable. Cuando, para reflexionar sobre la relación entre razón y fe en Occidente, el papa Benedicto XVI evocó el diálogo entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un sabio persa, se armó, con perdón, la de Dios es Cristo. El monarca había dicho:

Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás sólo cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe por él predicada.

Ofendido por esta crítica a la yihad, el ubicuo Erdogan le pidió que se disculpara. Y Ahmadineyad, que asistía a la cumbre de No Alineados en esa meca de librepensadores que es La Habana, sentenció, inspirándose en Jomeini:

El islam es la religión más perfecta, la más bella, la mejor para la humanidad. Es la única vía para la salvación, y debe ser explicada muy bien al mundo.

Para explicarla mejor, tras la disertación del Papa, los fanáticos atacaron al menos cinco iglesias en Nablus y Gaza, y una bomba estalló en la puerta de otra iglesia en Basora (Irak). Un imán extremista sudanés instigó a matar al Papa y un grupo terrorista iraquí anunció en internet que atacaría Roma.

Intimidación pedagógica

La intimidación es uno de los recursos pedagógicos que utiliza el fundamentalismo islámico para inculcar las virtudes de su doctrina. Sería superfluo recordar la fetua contra Salman Rushdie, si no fuera porque sus instigadores tienen la insolencia de repescarla cíclicamente. En el 2007, el ministro de Asuntos Religiosos pakistaní, Mohamed Ijaz ul Haq, consideró que el hecho de que la reina Isabel II hubiera nombrado sir a Rushdie era una afrenta para los musulmanes y una justificación para que "alguien se hiciera estallar una bomba adosada al cuerpo". Para el portavoz del ministerio de Exteriores iraní, "dar un título a una de las figuras más odiadas en el mundo islámico es un ejemplo obvio de la lucha contra el islam por parte de altos cargos británicos". Y Mohamed Abdul Bari, secretario general del Consejo Musulmán de Gran Bretaña, dijo que muchos musulmanes verían ese honor como el insulto final de Blair antes de marcharse.

Las coacciones no son un fenómeno nuevo. La comunidad musulmana de Ginebra consiguió evitar que se representara el Mahoma de Voltaire durante las celebraciones del tercer centenario de su autor. Tampoco en Ferney-Voltaire, pueblo francés así llamado en homenaje a quien fue su más célebre residente, se pudo representar la obra anatematizada. En Londres, en noviembre del 2005, se eliminaron de la obra El gran Tamerlán, de Christopher Marlowe, unas frases condenatorias de Mahoma y el Corán. Y también en el 2006 estalló un escándalo en Berlín cuando la Deutsche Oper retiró de su programa el Idomeneo de Wolfgang Mozart, en la versión de Hans Nuenfels, por miedo a un posible atentado islámico: en la escena final aparecía el rey cretense Idomeneo con las cabezas cortadas de Jesús, Buda y Mahoma. Fue esta última la que desencadenó una serie de amenazas. La canciller alemana, Angela Merkel fue tajante:

Debemos tener cuidado de no dejarnos intimidar por miedo a la violencia radical. No es tolerable una autocensura por miedo.

El rigor con que Angela Merkel asumió la defensa de la libertad de expresión como componente esencial de nuestra sociedad abierta contrastó con la pusilanimidad que exhibieron las cabezas visibles de la Alianza de Claudicaciones (mal llamada "de Civilizaciones") cuando los islamistas amenazaron con incendiar el mundo porque el diario danés Jyllands Posten había publicado unas caricaturas de Mahoma que ellos consideraban blasfemas. José Luis Rodríguez Zapatero y su aliado Erdogan rechazaron conjuntamente dicha publicación "desde el punto de vista moral y político" y formularon un llamamiento imperioso a la autocensura. Fernando González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, criticó con dureza la espantada de Zapatero, porque de la iniquidad de su asociado, represor de periodistas, no tenía nada nuevo que decir. "Esta historia –señaló Urbaneja– lo que realmente esconde es el miedo que se tiene en Occidente a la agresión de algunas gentes".

Una dosis de genuflexión

Como era previsible que ocurriera, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, aportó su dosis de genuflexión mediante un llamamiento, compartido con dirigentes islámicos, a la autocensura y, cómo no, a la censura y regimentación de la prensa, y a la creación de un Código de Conducta para los libros de texto. Todo bajo la férula de la Alianza de Capitulaciones. El historiador Henry Kamen le recriminó:

El gobierno español ha cometido el terrible error de asumir que los practicantes de la violencia tienen razón y los defensores de la libertad se equivocan. En una democracia libre, uno normalmente tiene el derecho, dentro de los límites de la ley, de criticar, insultar y caricaturizar las creencias opuestas, ya sean políticas o religiosas. Uno también tiene el derecho, a través de medios legales, de combatir aquellas críticas, insultos y caricaturas. Sin embargo, el nuevo fundamentalismo, que Moratinos parece apoyar, declara que el islamismo totalitario debe estar por encima de la ley. Debe tener derecho a negar derechos a las demás creencias, a otros musulmanes, a los judíos, a los creyentes en la democracia, a las mujeres, a los homosexuales y a cualquier otra desviación de la norma de la charia.

Pero quien llevó la vocación de servir al enemigo hasta un grado de paroxismo fue el representante del presidente de Gobierno para la iniciativa de la Alianza de Claudicaciones, el embajador Máximo Cajal, quien en plena crisis de belicosidad por el tema de las caricaturas propuso que se reconociera a Irán el derecho a tener armas nucleares.

Si las oenegés y los políticos claudicantes que vigilan el comportamiento de Occidente en busca de atisbos de racismo y xenofobia miraran hacia el lado de quienes ellos catalogan como víctimas, descubrirían que quienes ellos denuncian como verdugos son, al fin y al cabo, los buenos de la película. Con el añadido de que allá en el territorio del islam no hay oenegés ni políticos buenistas que desenmascaren las atrocidades que se cometen, y si los hay están en la cárcel o en la antesala del cadalso. El pasado mes de marzo podría pasar a la historia como un recordatorio de lo que son capaces de hacer, no con los extranjeros sino con sus connacionales, aquellos con quienes nos invitan a concertar alianzas

Mientras los políticos claudicantes de España teorizan sobre la necesidad de dictar una ley contra la blasfemia avalada por los imanes, el gobernador de la provincia pakistaní de Punjab, Salman Tasir, y el ministro de Minorías pakistaní, Shahbaz Batí, único miembro cristiano del gabinete, eran asesinados por los talibanes. El motivo: ambos pedían que se derogase la ley contra la blasfemia, en virtud de la cual ha sido condenada a muerte Asia Bibi, cuyo delito consistió, precisamente, en ser cristiana. En la provincia pastún de Jaiber Pajtunjua, en Afganistán, los talibanes atentaron contra una escuela femenina y dejaron diecinueve estudiantes heridas, de entre 18 y 20 años. Los talibanes no quieren que las mujeres estudien. Tampoco los varones. Escribe Valentí Puig:

Los talibanes asesinan a los maestros, queman las aulas, incineran el saber (...) En Afganistán hay 4,5 millones de niños sin escolarizar porque los talibanes incendian las aulas (...) No conciben otra forma de educar que no sean las escuelas coránicas de las que están excluidas las matemáticas, toda ciencia, la historia y la geografía.

La barbarie de los talibanes deja, empero, en enclaves más ambiciosos, un resquicio para emprender proyectos perversos. Cuando Oriana Fallaci le preguntó a Jomeini por qué utilizaba la televisión para dirigirse a sus fieles, cuando ésta era un instrumento creado por los corrompidos y corruptores occidentales, el ayatolá respondió: "No tememos vuestra ciencia ni vuestra tecnología. Tememos vuestras ideas y vuestras costumbres".¡A por el armamento nuclear, con autorización divina!

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