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LIBROS: ROMPIMIENTO DE GLORIA del MARQUÉS DE TAMARÓN

Una novela inverosímil

Decía don Ramón Carande, ya nonagenario, que lo que haya que escribir, hay que escribirlo antes de cumplir los ochenta, pues a partir de esa edad empiezan a apagársele a uno las luces y es el momento de dedicarse por completo a la lectura.

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Tal vez el primer inconveniente de esta curiosa e incitante novela del marqués de Tamarón sea la edad que confiesa el narrador, personaje del relato que se expresa en primera persona y que desde luego es física y metafísicamente imposible confundir con el autor. A este narrador ficticio no se le ha apagado ninguna luz al cumplir por cuarta vez los veinte años, entre otras cosas porque esas luces son todas artificiales. Ni lo que le pasa ni lo que es resulta convincente, y es que el papel que el autor le asigna lo desempeña sin convicción. Este “joven provinciano de familia modesta”, que diría Foxá, conoce, en el curso de un paseo por la Sierra del Guadarrama, a los auténticos protagonistas de la obra, aun más inverosímiles si cabe, pero no desprovistos de interés. Tal vez uno de los grandes equívocos de esta obra sean las coordenadas históricas e ideológicas en que se sitúa: el levante en calma, que diría un gaditano, de nuestra inminente guerra civil. De esta suerte, el lector se espera una novela histórica y realista en la que ninguno de los personajes aludidos puede en modo alguno encajar, por más que a veces lo intenten. Rompimiento de gloria es muchas otras cosas; es un mito que tiene por supuesto estructura y rasgos de novela, pero de novela pedagógica, de pedante Bildungsroman en el que los pluscuamperfectos protagonistas conocen todas las respuestas y las exponen con una erudición que raya en la insolencia.

El primer encuentro del narrador con los dos protagonistas se produce a orillas de una laguna de la sierra donde éstos llevan a pasar el domingo a los niños de un hospicio. La miseria física de los pobres expósitos contrasta con la juvenil lozanía de la pareja que se ocupa de ellos y que, para sorpresa del narrador, resultan ser hermano y hermana. Estos dos seres superiores demuestran desde el primer momento un conocimiento de la naturaleza que, más que conocimiento, es familiaridad. Y es gracias a ese conocimiento como pasa a primer plano la auténtica protagonista de este mito, que es la naturaleza. Para entender a derechas este libro sorprendente e insólito hay que pensar que es la novela que hubiera escrito Lucrecio de haber tenido la oportunidad de leer a Nietzsche. Las descripciones de los paisajes y de los meteoros —como el “rompimiento de gloria”— están hechas con una minuciosidad y una propiedad verbal de topógrafo, de geólogo, de botánico, de pintor y de soldado, de un soldado que fuese además pintor manierista. Si un adjetivo le cuadra a esta novela es la de manierista. Pero el manierismo no se reduce al paisaje, sino que se extiende al lenguaje. Este lenguaje es un lenguaje sin fronteras, en el sentido de que después de dicha la última palabra, siempre hay algo que decir. Y se dice.

Ya el descubrimiento por el narrador del parentesco de sus nuevos amigos y, a la larga, mentores, es superado por otro descubrimiento aun más sensacional y, desde luego, aterrador, descubrimiento que se produce en un capítulo magistral en el que hay una surenchère de emociones. En ese capítulo, en que la angustia que atenaza al lector a lo largo de varias páginas se disipa en un estallido pasional imprevisible, está el nudo de la novela y a la vez la divisoria que señala el paso de la geórgica a la tragedia con la consiguiente aceleración del ritmo narrativo. La naturaleza que hasta entonces fue una palestra deportiva es ahora un campo de batalla, y los precipicios y las nieblas que antes desafiaban a los protagonistas, ahora les sirven de protección en sus proezas guerreras.

Es muy difícil de soslayar nuestra guerra civil en la narrativa española contemporánea, máxime cuando hay un protagonista que es capitán de Caballería. Ese capitán vive con su hermana en un hotelito de la colonia del Viso que conoció tiempos mejores; hablan con familiaridad de los Primo de Rivera y con desenvoltura de Pepe Bergamín, a quien utilizan, a propósito de una conversación sobre la muerte de Aldana en Alcazarquivir, para darle la vuelta a una célebre consigna de la Pasionaria. La presunta bilocación de ambos hermanos en el curso de sus acciones de guerrilla intensifica su inverosimilitud de pareja fin de race, degenerada por elevación. En realidad, son los dos cuerpos de un alma única. Ya sé que hacer que estos semidioses agrestes fueran del mismo sexo habría sido una concesión excesiva a la ética de la democracia, pero es que a mí me hacen pensar en unos gemelos que conocí, grandes melómanos además, que pensaban al unísono y hablaban al alimón.

La inverosimilitud de los protagonistas obedece a que, aparte de estar más allá del bien y del mal, en cuanto superhombres, tienen de pronto reacciones impropias de semidioses paganos, como son la de llevar de excursión a unos incluseros o la de santiguarse ante una cruz puesta en una peña. También reaccionan al escoger bando en una guerra cuya dimensión religiosa no fue muy pagana que digamos, y es que en ese momento, más que como seres mitológicos, obran como aristócratas.

La aristocrática exigencia de estilo, de la que habría mucho que decir aunque sólo sea porque la aparición de esta novela coincide con el centenario de José Antonio, le lleva al autor a declarar su menosprecio por el mediopelo cultural y por unos intelectuales burgueses cuyo comportamiento estuvo en aquellos años muy por debajo de su manera de escribir.

Es muy posible que el autor incurra alguna vez en future knowledge, concretamente en el juicio que sobre la Alemania de 1935 emite acaso el más verosímil de los personajes: el agregado militar de la Embajada alemana. Como yo por mi parte no quiero incurrir en inside knowledge, me limitaré a decir que la lectura de este libro, un goce para los amantes de la naturaleza, es además un juego inagotable y apasionante de cajas chinas o de muñecas rusas.


Marqués de Tamarón. Rompimiento de gloria. Pre-textos. Valencia, 2003.


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