
El Papa Ratzinger es muy consciente de que España está siendo el campo de experimentación de las ingenierías sociales y políticas supuestamente más avanzadas de Europa, teledirigidas por una izquierda que se ha entregado en manos del radicalismo menos ilustrado y que, además, sirve a los intereses de las más activas tenidas. No debemos olvidar que en la última, y en parte frustrada, visita ad limina de los obispos españoles, fue el entonces cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe quien más ayudó a nuestros prelados a tener una idea clara de lo que estaba ocurriendo en Europa y en España. Si por algo se caracteriza Benedicto XVI es por las ideas claras y distintas; su magisterio teológico ha contribuido, decisivamente, a la clarificación doctrinal, que es una garantía de la perduración de la revelación y un derecho de los fieles cristianos. Joseph Ratzinger ha trabajado durante los últimos años de su vida contribuyendo decisivamente al desarrollo del ejercicio de un derecho de los fieles cristianos: que la revelación, el contenido de la fe, les sea entregado íntegramente, sin aditamentos ideológicos, y se convierta en raíz fecunda para la existencia cristiana.
Los enemigos de Benedicto XVI son los enemigos de la naturaleza humana y de la libertad del hombre. Vivimos una época en la que la política clásica y la religión han sido expulsadas de la vida pública y sustituidas por la ética y la economía como principios rectores del actuar. La política siempre se ha mantenido sobre el equilibro estable de las relaciones entre la autoridad y el poder. Es posible que a la Iglesia le competa el orden de la autoridad y a la política el del poder.
El monopolio del poder y la pretensión de la autoridad como elementos que han hecho al Estado, han convertido a éste último en el gran enemigo de la Iglesia. El Estado es particularista; la Iglesia es universalista; el Estado tiene la pretensión de racionalidad última; mientras que la Iglesia propone una cosmovisión íntegra de las facultades humanas; el Estado actúa en el espacio de lo humano; y la Iglesia activa el tiempo de lo humano. Lo que Benedicto XVI representa es un ejercicio de autoridad, de saber social, que no deja indiferente a los ministros de la estatalidad y del nuevo poder ético y económico que, supuestamente, legitiman el gobierno oligárquico de nuestra democracia nacional. Podrá el ministro de Justicia construir un sistema legislativo sobre el poder, que deviene de la representación –sin entrar ahora a cuestionar la forma y el modo en que se ejerció esa representación- pero de lo que adolece es de la autoridad que sostiene el Derecho y que sirve a la construcción del orden y del bien común. Una de las consecuencias de la política del gobierno de Zapatero es una judicialización de la vida social que en nada beneficia a los ciudadanos.
En una conferencia pronunciada en 1992 en Bratislava por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, y publicada en español en el libro “Verdad, valores y poder”, nos recordaba que la tarea del Estado es “mantener la convivencia humana en orden”, es decir, garantizar el derecho como condición de libertad y el bienestar general. “Corresponde al Estado, ante todo, gobernar, pero, en segundo lugar, es también función suya hacer que el gobierno no sea simplemente un ejercicio de poder, sino protección del derecho que asiste al individuo y garantía del bienestar de todos”, afirmó. No es competencia del Estado crear nuevos hombres, nuevas formas de relación, o convertir el mundo en un paraíso.