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Una lección de Karl Popper para la política española

Cuando un partido, como el PP en España, ha perdido la tercera parte de sus votantes, tiene que tener consecuencias.

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Me cuento entre los admiradores de Karl Popper, el gran filósofo austríaco liberal fallecido en 1994. Pero lo soy mucho más después de leer un artículo suyo escrito en 1988, y que The Economist acaba de publicar de nuevo, en vísperas de las elecciones norteamericanas. El artículo, que lleva el título Retorno a la sociedad abierta y sus enemigos, contiene en sus párrafos finales algunas lecciones que parecen escritas para la actual situación política española. La principal de ellas es que las elecciones deben tener consecuencias para los partidos, y especialmente para aquellos que salen mal parados del voto popular. Algo que no estamos viendo que ocurra en España.

Antes de hablar de ello recordemos que Karl Popper, nacido en Austria, huyó de Viena tan pronto como los nazis entraron en ella, en 1937. Refugiado en Gran Bretaña, escribió su monumental obra La sociedad abierta y sus enemigos (1945) mientras las bombas seguían cayendo, y cuando ya se veía que otro totalitarismo igual de criminal, el comunista, iba a extenderse por el mundo. La obra de Popper es una defensa de las sociedades abiertas, basadas en la libertad de los individuos, en contraposición con las sociedades cerradas, basadas en el empeño por imponer un orden preestablecido, como el marxista o el nazi, lo que ha conducido a las mayores catástrofes de la historia humana.

Una de las conclusiones a las que Popper llega en ese libro, y que recuerda en el artículo ahora publicado por The Economist, es que la fundamentación principal de la democracia basada en el voto de la mayoría es que permite cambiar de gobierno sin necesidad de que exista violencia. Algo que nos parece ahora muy sencillo, pero que no lo ha sido a lo largo de la Historia. Como dice Popper, "este procedimiento, muy imperfecto, es el mejor de los inventados hasta ahora".

En la parte final de este artículo Popper va desgranando una serie de reflexiones que parecen pensadas para los males de la España de estos días. El filósofo liberal rechaza los sistemas electorales proporcionales, como el español, por varios motivos. Uno de ellos es que no desea que los representantes se sientan leales al partido que los puso en las listas electorales, sino a los ciudadanos que les votaron. Junto a ese, otro motivo de rechazo es, para Popper, el hecho de que los sistemas electorales proporcionales conducen a la formación de coaliciones. Y eso tiene dos consecuencias, ambas negativas. La primera es que da a los partidos minoritarios un poder muy por encima del que le otorgaron los votos: al ser necesarios para gobernar pueden imponer su programa, a pesar de que fueron menos votados. La segunda es que la formación de coaliciones conduce a una reducción de la responsabilidad: en un gobierno de coalición todos los partidos se sienten menos responsables de las decisiones que adoptan, porque pueden encogerse de hombros y dar a entender que los socios le obligan a hacer cosas que ellos en realidad no desean. Lo estamos viendo en la situación postelectoral española. Como Popper predecía, el programa que va camino de imponerse es el minoritario, llámese Podemos o independentistas, porque de ellos depende el gobierno que Sánchez ansía formar. Y cuando lo consiga, su gobierno aprobará decisiones extremistas, pero Sánchez podrá guiñar el ojo y señalar a sus coaligados, como si la responsabilidad no fuera suya.

Con todo, lo más valioso de este artículo de Karl Popper aparece al final. Se refiere a la necesidad de que las elecciones actúen como un verdadero "Día del Juicio" (dicho así, con mayúsculas) para los partidos y sus candidatos. Es decir, que quienes pierden las elecciones se tomen en serio su derrota, y respondan por ella. Dicho de otro modo: no es beneficioso para el sistema que después de unos malos resultados electorales los partidos sigan como si nada, como si –en palabras de Popper- se tratara de meras fluctuaciones temporales de popularidad.

La lección es evidente: cuando un partido, como el PP en España, ha perdido la tercera parte de sus votantes, eso tiene que tener consecuencias. Y la primera es que se marche el dirigente que ha conducido a su partido a esos resultados, y a España a una situación de riesgo inminente. Y su equipo se ha de marchar con él.

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