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Javier Somalo

Casado, superviviente de la tortura

Gobernar requiere paciencia y parece que el líder del PP la tiene. Si le dejan usarla, brillará.

Javier Somalo
EFE

Lo del "Debate Definitivo" sería un exceso como prueba inicial para Isabel Pantoja en su estreno como concursante de tele-realidad. Desproporcionado. Atresmedia ha presumido de presentadores, de escenario, de pantallas, de "Sala del Tiempo"–que acabó derretida como los relojes de Dalí–, de mesas que parecían tablas de planchar, de todo menos de criterio para lidiar con cuatro candidatos –Abascal sigue proscrito– a horas de unas elecciones generales como las que nos acechan. El formato, en mi opinión, fue insufrible. Los bloques de contenido fueron difusos y eternos, sin pies ni cabeza, y hubo momentos en los que todos, hasta los moderadores, hablaron a la vez. Quizá por eso las velocidades de crucero de los candidatos hayan sido la clave para encontrar un vencedor. El debate de este martes no era un partido de fútbol de vuelta, ni un combate de boxeo: eran cinco etapas de montaña de la vuelta ciclista al Nepal. Y claro, los que salían disparados perdieron el fondo en la primera cuesta.

Esta vez Pablo Casado ha podido ser más Pablo Casado y creo que es el claro vencedor, el único superviviente del bodrio de dos horas y cuarto. Tomó nota de los errores y, sorprendentemente, le brindaron la oportunidad de enmendarlos desde el principio. Y allí salieron Eguiguren al mencionar la violencia doméstica y Otegi al hablar de las "muñecas rusas" que esconde la gran "matrioska" de la Moncloa: "Cuidado con Otegi, que es experto en secuestros y le pedirá un rescate". Sacudido el polvo y saldadas las cuentas pendientes, tiró de experiencia oratoria, al ser el formato más parecido a un combate parlamentario de dúplicas y réplicas, que es su terreno favorito.

Cuando el tiempo de las genialidades se hace eterno y hasta a Rivera se le acaban los gadgets en la rebotica, Casado puede seguir, no tiene prisa. La chispa es buena para los debates, pero gobernar requiere paciencia y parece que el líder del PP la tiene. Si le dejan usarla brillará. Para mi gusto siguió defendiendo demasiado el pasado de su partido, que no el suyo propio, lo que le condenó en más de una ocasión a escuchar el nombre de su querido compañero Cristóbal Montoro, tan liberal como Monedero.

Esta fue precisamente la baza que Albert Rivera quiso aprovechar para arremeter contra su socio natural con más virulencia que en el debate de TVE. El candidato de Ciudadanos goza de la libertad –similar, por cierto, a la de Vox– de no tener antecedentes en política nacional, lo que le permite hacer apuestas difíciles de rebatir, improvisar. Pero la fama pendular de Rivera en materia de pactos viene a ser lo mismo: tampoco él predica con el ejemplo, por mucho que presuma de eliminar el impuesto de sucesiones o de pedir el 155, asuntos en los que anduvo de ida y vuelta, quedándose, afortunadamente, en el sitio correcto. No le salió bien la minicampaña anti-Casado pero sí estuvo acertado en su crítica desacomplejada a la izquierda y en su ayuda al derribo del Doctor No.

Del bazar de Rivera, hay que reconocer que estuvo bien el regalo a Sánchez: "Le he traído un libro que usted no ha leído: su tesis doctoral". Ya estaba bien tirada la gracia cuando el pobre Sánchez reaccionó puerilmente obsequiándole con el libro de Sánchez Dragó sobre Abascal… Y nadie lo entendió. Estoy seguro de que lo guardaba para Casado pero se le fue la mano. En definitiva, Rivera estuvo peor que en TVE, como era previsible, por querer imitarse y por duplicar al rival. Pero si suman, como teme Sánchez, empezará a someterse a los rigores del poder y a la crueldad de las hemerotecas como socio de Casado y del evacuado Santiago Abascal.

Pablo Iglesias insiste en dar una imagen de aburrido papá que ha cambiado pañales en la soledad de la villa. No me chillen… Mi minuto de oro de Iglesias fue cuando le propusieron hablar de vivienda y dijo que, en estas cosas, "hay que hablar con propiedad". ¡Si lo sabrán él y su jardinero! Como quiso ser aburrido, me aburrió, pero supongo que no desencantó a los suyos que le queden. Tuvo también otro momento house-water-watch cuando habló de las familias "monoparentales o monomarentales", que no sé si acabarán en heteroparentesco, en homomatriarcado o en Darwin y el origen de las especies pero que urgen a una revisión del latín. Seguro que tiene algún pariente o mariente que le presta un diccionario, aunque sea de la editorial Vox, aquellos de color marrón que tanto sudor empaparon tratando de ordenar en un examen la guerra de las Galias. Sólo quedó claro que el de Galapagar quiere quedarse con Atresmedia, con TVE, con el CNI y con Sánchez. Y parece mutuo.

Dejo para el final al perdedor, como en el primer debate: Pedro Sánchez. Su dificultad para dar cifras es alarmante y por eso, cuando intenta hablar de economía, se ve obligado a leer. Es ahí donde Pablo Casado se remanga y se separa del atril buscando su mirada. Pero ¡ay si la aparta de los papeles! Pues así nos gobierna, leyendo números que le preparan los que le preparan todo y, lo que es peor, presumiendo de ello. En ninguno de los dos debates hemos visto en Sánchez atisbos de un candidato capaz de presidir un país, y resulta que lo ha hecho y puede repetir. Ese es el drama posible del 29 de abril.

Sólo tiene una frase propia: "No es no". Le sirve para todo. Pues Pablo Casado se lo ha podido decir esta vez con claridad. Con la ayuda de Rivera y el necesario apoyo de Abascal, en el orden que sea, a ver si es verdad de una vez por todas.

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