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La Iglesia en el candelero

La pastoral que prepara la Conferencia Episcopal Española sobre la inmigración y las valoraciones que Aznar hizo sobre la convocatoria de huelga general en la presentación de Suárez Illana como candidato a la Junta de Castilla la Mancha son el eje de la actualidad informativa de hoy, junto con la primera vuelta de las legislativas francesas.

El País publica hoy una entrevista de María Antonia Iglesias con Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla. Después de la retahíla habitual de rancios y trasnochados tópicos anticlericales tan del gusto de la entrevistadora —que ocupa las dos terceras partes del texto— como la opulencia de la Iglesia y su supuesta indiferencia para con los pobres, adornada con acusaciones de falta de transparencia y de caridad para con los sacerdotes pederastas norteamericanos, María Antonia Iglesias “tira de la lengua” al arzobispo de Sevilla sobre los asuntos que copan la actualidad política nacional: la ilegalización de Batasuna, la carta pastoral de los obispos vascos, la huelga general y la reforma de la Ley de Extranjería. Monseñor Amigo admite que los obispos vascos, además de con Arzalluz, han conversado también con Batasuna, “porque”, según sus palabras, “si podemos sacar al fin y al cabo la paz, pues ¡bendito sea!”. En cuanto a la inmigración, el prelado señala que “no supone un peligro sino una ayuda”, y que “el Gobierno debe evitar que la inmigración sea una cantera de mano de obra barata”, sentencia que aprovecha la entrevistadora para hacer que el entrevistado se pronuncie sobre la bondad del PER, calificando de injustas las acusaciones sobre fraude que cometen los trabajadores. En cuanto a la huelga, el prelado manifiesta que “yo no veo que sea injusta”, apoyando su juicio en la información que suministran los sindicatos, aunque reconoce que “una huelga general tiene un componente político de desgaste del Gobierno”.

No es casualidad que María Antonia Iglesias eligiera al arzobispo de Sevilla, la ciudad donde tendrá lugar la cumbre europea, para interpelarle sobre los temas más candentes que afectan a la acción del Gobierno y llevar el agua de la Iglesia a su molino ideológico, el cual, tal y como demostró en su etapa de directora de informativos de RTVE con el PSOE, se traduce en un anticlericalismo anacrónico y hasta patológico —como demuestra en la entrevista—, así como de impúdicas simpatías por los totalitarismos de izquierda más recalcitrantes. Sin embargo, a la hora de hacer daño al Gobierno, todo vale; y las palabras de un representante de la Iglesia, siempre que se opongan a las tesis del Gobierno, cobran el valor y la credibilidad que antes, a los ojos de la ex comisaria política del PSOE en TVE, no tenían. Como dice La Razón en su editorial, “asistiremos a nuevos conflictos, porque a muchos les interesa azuzarlos para que el Gobierno dé la imagen de estar enfrentado a todos, incluidos los obispos. En fin, todo un ejemplo de manipulación al viejo estilo de la izquierda totalitaria.

ABC, en su suplemento “Los Domingos”, dedica un amplio reportaje a la larga historia de connivencia entre el clero vasco y el antiliberalismo, primero con los carlistas y después con los nacionalistas aranianos. La Razón, en una noticia firmada por Diego Mazón, afirma que Uriarte, obispo de San Sebastián, creó en Bilbao junto con Setién un órgano que controla al obispo de esta diócesis —Ricardo Blázquez, “un tal Blázquez” como dijo Arzalluz, expresando su descontento por no haber podido nombrar él mismo a un obispo nacionalista— y le impide tomar decisiones propias. Se trata, según esta fuente, de un consejo presbiterial formado por cinco vicarios episcopales, uno general y un vicario judicial, que tendrían una especie de “derecho de veto” —algo inédito en España— sobre las decisiones del obispo de Bilbao, el único no vasco de la tríada vascongada. De ser cierto, éste sería un indicio más de la subordinación del clero vasco —o, al menos, de su sector mayoritario y más influyente— a la política e ideario nacionalista.

La posibilidad de que muchos fieles que no acaban de entender la posición de la Conferencia Episcopal —mucho menos la de los prelados vascos— renuncien a marcar la casilla de la Iglesia Católica en la declaración de IRPF insta a ABC a tratar de diferenciar entre los artículos de fe y las pastorales, siempre criticables, y respecto de las cuales, los fieles optan libremente por adherirse o no. Acertadamente, denuncia a quienes pretenden aprovechar “la ocasión brindada por unas opiniones ideologizadas y, en algunos aspectos, a nuestro juicio, equivocadas, para hacer profesión de su tradicional enemistad hacia la Iglesia Católica y de su arcaico anticlericalismo”, y llama la atención sobre la importancia de los fines de carácter social que ésta y sus organizaciones vinculadas, como Cáritas, cumplen; así como también señala el “ejemplar humanitarismo laico”, inspirado por la influencia que “el cristianismo ha tenido en la difusión de los ideales de la justicia, la solidaridad y la fraternidad”. Ciertamente, los errores que la Iglesia pueda cometer en materias que no sean estrictamente de fe, no deberían empañar los méritos que ha atesorado durante dos mil años.

Aunque también hay que decir que la Conferencia Episcopal, después del revuelo organizado en torno a la pastoral de los obispos vascos y de su toma de posición respecto de este asunto, quizá no haya elegido el mejor momento para pronunciarse éticamente en un asunto, como la política de inmigración, muy polémico y en el que es preciso compatibilizar los preceptos éticos con las medidas que hacen necesaria la realidad de los hechos. Hay muchos interesados en utilizar a la Iglesia en su batalla particular contra un Gobierno cuya gestión, en términos generales, sólo cabe calificar de positiva para la inmensa mayoría de los ciudadanos y favorable para la Iglesia, como demuestra el apoyo que ha recibido la clase de religión por parte del Ministerio de Educación. Y son esos mismos interesados, precisamente, quienes con mayor saña y furor la han combatido en el pasado, por lo que no estaría de más una dosis de la proverbial prudencia de la que la Iglesia ya hecho gala en sus dos milenios de existencia.

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