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La guerra de Moa

Es un fraude intelectual decir que se puede defender el franquismo desde la democracia liberal.

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La réplica que ha hecho el Sr. Moa a mi artículo es una muestra de por qué sus interpretaciones históricas están en la marginalidad. La razón es bien sencilla: no es que vaya contra la "mentira academicista", es que después de muchos intentos ya es cansino debatir con quien utiliza el insulto y la ridiculización, cuando no la tergiversación, como argumento y artimaña para cubrir carencias. La seriedad y el cuidado de las formas –tanto modales como profesionales– habrían hecho mucho por la consideración de sus obras. Un debate político con fondo historiográfico, especialmente aquel que se pretenda de cierta altura, precisa tanto de la corrección conceptual como de la formal. Esto no es pedantería, es rigor científico y un requisito profesional. No es problema mío si el Sr. Moa las desconoce, o las utiliza alegremente para que cuadre su relato.

Al tema. Voy a comenzar señalando las carencias metodológicas y conceptuales del relato del Sr. Moa que invalidan su análisis, pero que parece no haber comprendido de mi artículo anterior, y seguiré con las incoherencias que pueblan su artículo.

Es hora de que el Sr. Moa sepa que manejar los conceptos de la Ciencia Política y de la Sociología en el análisis del pasado es imprescindible para una correcta interpretación. No hay historiador serio, español o foráneo, que hoy no lo haga. Las carencias del Sr. Moa en estos campos son clamorosas, y convierten su relato histórico en una mera sucesión de datos y documentos que se conocían sobradamente mucho antes de que publicara alguno de sus libros. Dichas carencias son las siguientes:

  1. Es un fraude intelectual decir que se puede defender el franquismo desde la democracia liberal. Un régimen totalitario, y luego autoritario, con menguadas libertades económicas en sus quince últimos años de vida, instituciones corporativas no electivas, poderes que sólo respondían al dictador, sindicatos verticales, y ausencia de derechos individuales esenciales, como la libertad de expresión, religión, reunión, manifestación, sindicación, voto o asociación, o la simple igualdad jurídica de hombres y mujeres, no tiene nada de liberal ni de democrático. Exigir que la democracia liberal elogie y agradezca la dictadura es de antología del disparate. Es muy probable que el Sr. Moa tenga una definición particular de democracia liberal, pero a tenor de la ligereza con la que utiliza otros conceptos no servirá para argumentar nada.
  1. El Sr. Moa demuestra su desconocimiento de los modelos históricos de cambio social y político, de acción colectiva y movimientos sociales, tanto como los tipos de sistemas de partidos, electorales e institucionales y su trascendencia en la instauración, desarrollo, consolidación y final de los regímenes. Para esto le recomiendo la lectura del clásico de Juan José Linz, La quiebra de las democracias. El Sr. Moa, si ampliara sus estudios, sabría que la existencia de una oposición organizada para una ruptura política es sólo uno de los modelos de cambio. Pero hay muchos más modelos, como el que sucedió en España. El conocimiento de esa tipología es bastante corriente en la historiografía internacional, a no ser que el autor, como es el caso, se haya quedado estancado en el modelo leninista. Hay que modernizarse. Le recomiendo dos libros más, uno del holandés Arend Lijphart titulado Electoral Systems and party systems: A study of twenty-seven democracies, 1945-1990, y otro del norteamericano Samuel P. Hungtinton, La tercera ola: la democratización a finales del siglo XX.
  1. El Sr. Moa utiliza con mucha ligereza el concepto de "partido político", como si esta organización fuera lo mismo bajo una dictadura que en una democracia, igual en los años 30 que en el 2011, o equiparable a la Iglesia o al Opus Dei, como hace en su artículo. Es sorprendente que un historiador de lo político prescinda absolutamente de categorías tan esenciales como la de "partido político" y de su evolución histórica, cosas que se enseñan en primer curso de Derecho, Historia, Ciencias Políticas o Económicas. Le recomiendo la lectura de los politólogos italianos Giovanni Sartori y Angelo Panebianco, pero también hay muchos manuales para principiantes que con gusto le puedo señalar.
  1. El Sr. Moa moldea el principio de legitimidad a su gusto para que encaje con su relato franquista: La legitimidad de la legislación franquista estaba en su victoria en la guerra; no hace falta más que leer a los personajes del Movimiento Nacional. Insisto en lo que es norma básica del Derecho y de la Filosofía Política: no es equiparable la legitimidad y el consentimiento de una dictadura surgida de una guerra con los de una democracia resultado de una transición pacífica. No me voy a repetir. Para más explicaciones me remito a mi artículo anterior.
  1. El Sr. Moa insiste en que el franquismo era un movimiento de masas con aceptación casi unánime (a su entender sólo los locos y los vendidos podían oponerse). Para conocer el grado de conformidad de la sociedad con un régimen, ayer y hoy, aquí y fuera, se analizan sociológicamente los valores y actitudes políticas que conforman una cultura política; por cierto, otro concepto, el de "cultura política", que el Sr. Moa desconoce, pero que es moneda corriente en los estudios de la historia política (le recomiendo la lectura del historiador francés católico y liberal René Rémond). Los informes de la Fundación FOESSA, vinculada a Caritas, comenzaron en 1965 bajo la dirección de Amando de Miguel. Hasta 1975 hubo tres informes, el último coordinado por Luis González Seara. El objetivo era conocer la situación social del país. La primera conclusión fue que los datos estadísticos oficiales al respecto eran erróneos. Y luego, en lo que atañe a los valores y actitudes políticas, distinguía entre "liberales" y "autoritarios" atendiendo a su deseo de reformas. Los primeros eran la mayoría, jóvenes y urbanos, tanto del sector público como del privado; mientras que los últimos, los resistentes a las reformas, los franquistas, eran una minoría compuesta sobre todo por "jornaleros del campo y personas sin estudios" (FOESSA, 1975, pág. 1.158). ¿Cuáles eran las regiones españolas más resistentes al cambio? Andalucía, Extremadura, y lo que hoy es Castilla-La Mancha, Canarias y Aragón; es decir, eran franquistas los que no emigraron en masa a las ciudades (FOESSA, 1975, pág. 1.160). Esto, en una sociedad urbana y alfabetizada como era la española en 1975, es definitorio: la mayoría no quería el franquismo. El resto son fanfarronadas de nostálgico.
  1. El Sr. Moa no comprende o le trae sin cuidado el concepto de seguridad jurídica, cuya ausencia define a una dictadura. El principio básico de la seguridad jurídica es la irretroactividad de la ley, cosa que el franquismo despreció para llevar a cabo una "limpieza" social y política con la que el Sr. Moa está muy complacido. El régimen de denuncias particulares en esos años de la posguerra y el carácter retroactivo de las penas generaron una gran inseguridad jurídica, ya que convertían en delito actividades que eran legales en su momento, como el haber votado a un partido republicano o de izquierdas, el haber pertenecido a una asociación "sospechosa" –por ejemplo, liberal–, las amistades o las lecturas. Entre 1939 y 1941 se llevó a cabo una vastísima depuración de cada rama de la administración, expulsando a quienes no se presentaran en un plazo reglamentario en el puesto de trabajo y sometiendo a todos a una revisión de su trayectoria política, sexual y religiosa. A cambio colocó a franquistas de viejo y nuevo cuño con independencia de su formación, mérito y capacidad, lo que explica la inutilidad del Estado en muchas facetas durante muchos años. Otra cosa que la democracia liberal no puede elogiar ni agradecer al franquismo.
  1. El Sr. Moa tampoco entiende la diferencia entre "totalitario" y "autoritario", ni que el franquismo es un periodo muy largo con etapas distintas y elementos de continuidad. El régimen fue totalitario en su primera etapa, tal y como expuse en el anterior artículo. Las necesidades de la guerra y de la inmediata posguerra, así como una particular visión del conflicto europeo, hicieron que el régimen que levantaron los sublevados de 1936 fuera totalitario hasta 1944. El declive alemán e italiano obligó a Franco a redefinir y reconfigurar el régimen, aunque conservando el lastre del nacionalsindicalismo que hundió a España en la miseria con la autarquía hasta mediados de los 50. A partir de 1944, como expliqué, se fue configurando un régimen autoritario, no totalitario, pero muy lentamente, y de forma muy clara desde 1959. Juan José Linz, sociólogo, definió el régimen franquista que existía en 1964 como autoritario: pluralismo político limitado dentro de sus propias filas; carencia de una ideología (descartado ya el falangismo) pero con una mentalidad propia; que descartaba la movilización política intensa porque prefería la apatía, la desmovilización y el conformismo; con un partido único que no podía controlar el Estado debido a la acción de la Iglesia y el Ejército; y con un dictador que ejercía su poder sin límites institucionales, pero dentro de unos márgenes predecibles. Totalitario hasta 1944, y posteriormente, despacio, un régimen autoritario.

Para a rectificar los tópicos franquistas de Moa.

  1. El consentimiento implícito de los españoles del que habla el Sr. Moa –otra fantasía franquista– no fue tal porque no se tradujo en un franquismo militante: la Sección Femenina, el SEU y demás organizaciones del régimen eran auténticos páramos sobredimensionados que se deshicieron como azucarillos a las primeras de cambio. Incluso sus periódicos no pudieron sobrevivir sin subvención estatal. Lo habitual era la apatía, el conformismo y el miedo, que los franquistas siempre entendieron como "consentimiento" para hacer propaganda. Aquí, de nuevo, los informes FOESSA son definitivos. La movilización social y política masiva que hubo tras la muerte del dictador y la alegría general por los anuncios de reformas tanto del Rey como del Gobierno Suárez mostraron que no había ese consentimiento mayoritario.
  1. El Sr. Moa escribió en su primer artículo que Franco "evitó" la revolución: Demostré en mi réplica que no la evitó porque en la España republicana se produjo la peor cara de la revolución; es decir, la liquidación social. El golpe de Estado del 36 les dio una coartada más para esa liquidación. Ahora Moa rectifica y dice que Franco no "evitó" la revolución, sino que la "derrotó". Bravo, la sociedad española se congratula por la noticia dada por el Sr. Moa: Franco ganó la guerra. ¿Y para esto tantas ínfulas? ¿Este es el gran descubrimiento historiográfico del Sr. Moa, que Franco ganó la guerra? No creo que nadie desconociera antes de los reiterativos libros del Sr. Moa que el bando franquista venció a comunistas y anarquistas, que habían instalado su propia utopía en el territorio que dominaban, y que en la inmediata posguerra los liquidó. Es imposible que nadie se tome en serio un debate en estos términos, y yo a partir de ahora, tampoco.
  1. Según el Sr. Moa, Franco no sólo libró a España de la II Guerra Mundial, sino que, ayudó a los "vencedores anglosajones", que luego lo trataron injustamente. Aparte del disparate, el Sr. Moa comete aquí otro error producto de la intoxicación franquista, que consiste en identificar los intereses de Franco con los intereses de España –lo mismo que Stalin y Castro–. Franco sólo quiso sobrevivir a la derrota del Eje, por encima de los intereses de los españoles, y fue adaptando su régimen para mantenerse en el poder. Y le importaba muy poco si la hambruna o las enfermedades diezmaban a la población, o si la emigración se veía como la única salida. A ver si es que ahora el dictador pasó hambre un solo día o le faltó atención médica para compartir con los españoles su "destino en lo universal". La alegría popular hacia el franquismo y sus resultados no debía ser tan grande cuando 1.500.000 de españoles salieron del país entre 1959 y 1975 para poder encontrar un trabajo y vivir, y eso que era el mejor momento económico del régimen; es decir, salió del país el 5% de la población. Si hoy sucediera lo mismo de forma proporcional, las cifras del paro serían muy inferiores. Un poco de perspectiva histórica siempre viene bien.
  1. El Sr. Moa afirma, como buen marxista leninista reconvertido a franquista, que la liquidación social siempre es preferible a la guerra. Detengámonos un poco en la barbaridad, no sólo humana, porque hubo entre 30.000 (Salas Larrazábal) y 150.000 (Reig Tapia y Cía) asesinatos, sino en la muestra del desconocimiento profundo de la Historia: no hay guerra desde 1789 a 1945 con tintes ideológicos o raciales que no conlleve una liquidación social del enemigo. La guerra de 1866 entre Prusia y Austria no, claro. Para que reflexione un poco y adquiera perspectiva, lea Los monstruos políticos de la Modernidad. De la Revolución Francesa a la Revolución Nazi, de M. T. González Cortés.
  1. El Sr. Moa asegura que los presos políticos fueron muy pocos en la inmediata posguerra en comparación con los presos comunes. Esta afirmación sobre la población reclusa que hace el Sr. Moa es como el resto de su relato: trazo grueso. Daré los datos siguiendo el Anuario Estadístico de España de 1950. La población reclusa en 1940 era de 270.710 personas, y fue disminuyendo hasta alcanzar las 36.127 hacia 1950, que era el doble de la que hubo en 1934. Bien. Si la población en 1940 era de 26.014.278 habitantes, es fácil calcular que el 1% de la población estaba en la cárcel. Si estudiamos los penados por "delitos no comunes", expresión de las estadísticas oficiales, a la altura de 1945 había 29.000 presos políticos reconocidos por el régimen de Franco, lo que nos da una cifra del 81,9% del total. No parece que sean "pocos". De todas maneras, su párrafo es monstruoso: a los asesinos de ETA que están hoy en la cárcel los llama "presos políticos", y los equipara con los encarcelados por el franquismo en la posguerra. Una vez más, ya sin sorpresa, vemos la coincidencia argumental entre el Sr. Moa, el separatismo y la izquierda radical.
  1. El Sr. Moa dice que el régimen de Franco tuvo la "aquiescencia" de Roma. Más trazo grueso. Hasta 1953, 17 años después del golpe del 18 de julio, el papa Pío XII no accedió a firmar un Concordato. Y eso después de consultar a las potencias, en especial a EEUU, país que un año después llegó a un acuerdo con el régimen franquista. Es la dinámica de la Guerra Fría la que devuelve a España al ámbito internacional, no la habilidad de Franco. El Sr. Moa vuelve a caer en el franquismo sobrevenido.
  1. El Sr. Moa dice de forma chusca que el sentimiento de inferioridad de los españoles lo han inventado los antifranquistas. En fin; me podría remontar a Quevedo, pero me quedo, por ejemplo, con Larra (lea sus artículos, aprenderá algo), o con los cronistas e historiadores de la España del XIX, como Mesonero Romanos, Flores, Lafuente, Pirala o Galdós, que retratan el sentir de los españoles y lo comparan con el resto de Europa. Es más; el discurso de oposición, especialmente a partir de 1875, contiene esa comparación negativa respecto a lo europeo. Otro desconocimiento alarmante de la Historia que muestra el Sr. Moa.
  1. Sobre la idea de España y de su Historia, el Sr. Moa contrapone con simpleza, en una huida hacia delante, la visión franquista a la de Tuñón. Hay unas cuantas más, pero sería muy prolijo. Simplemente le falta rodaje bibliográfico, por lo que le recomiendo, por ejemplo, la lectura de la obra coordinada por Ricardo García Cárcel titulada La construcción de las historias de España. Le será útil.
  1. Y eso de que "gran parte de la Iglesia se volvió promarxista, bastante proetarra y proseparatista" es de traca. No comento chistes.

Quiero terminar brevemente hablando sobre el oficio de historiador: un debate sobre historia política requiere un relato serio, con bagaje bibliográfico contrastado nacional y foráneo, aparato metodológico y conceptual adecuado, y cuidado en las formas y los modales. Si no todo esto seguirá siendo única y exclusivamente "la guerra de Moa".

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