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José García Domínguez

Montilla & Blanco

Se habla mucho aquí del Frente Popular, pero el genuino espectro que no ha retornado porque jamás se ha ido es el de la España de 'Miau', en la que los cesantes van y vienen con cada cambio de Gobierno.

José García Domínguez
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Se habla mucho aquí del Frente Popular, pero el genuino espectro que no ha retornado porque jamás se ha ido es el de la España de 'Miau', en la que los cesantes van y vienen con cada cambio de Gobierno.
Josep Montilla | EFE

El senador licenciado José Montilla y su tocayo, el hasta ahora también ocioso Pepe Blanco, acaban de ser cooptados para disfrutar la bicoca de sendos sillones orejeros en el Consejo de Administración de Enagás, otra de esas empresas solo presuntamente privadas que saltaron en su día del INI al IBEX sin por ello abandonar ni por un solo instante su vocación germinal de grandes cementerios de elefantes políticos. De ahí que los dos afortunados dispensadores de consejos vayan a poder experimentar cualquier sentimiento en su nuevo desempeño profesional, salvo el de la soledad. Y es que en la sala de mandos de Enagás, exactamente igual que ocurre en la de Red Eléctrica Española, en la de Endesa o en la de Telefónica, por solo citar a las más fotogénicas de esas sociedades, se van a topar con otros muchos de sus iguales, procedentes también todos del único oficio que se les conoce a ellos dos.

Unos otros cuyos respectivos desembarcos en el momio cotizado en el parquet al menos no resaltó en su momento, como ahora es el caso, por la muy notoria dimensión minimalista de los currículums académicos de los señores Montilla y Blanco. No obstante, el ex andaluz y el de Lugo apenas constituyen la anécdota; todo lo estridente y algo chusca que se quiera, pero anécdota a fin de cuentas. Porque la categoría en ese asunto nos remite a dos viejos vicios seculares que inspiran las leyes no escritas del statu quo español desde hace al menos un par de siglos, ese pétreo orden tan castizo e inamovible que alguien en su día acertó a bautizar como ‘capitalismo de amiguetes’. Un mundo tradicional y tradicionalista que, huelga decirlo, funciona siempre igual, con absoluta independencia de que PSOE o PP ocupen de modo circunstancial los teóricos resortes del poder institucional.

Desde Sánchez a esta parte, se habla mucho aquí del Frente Popular, pero el genuino espectro que no ha retornado, porque para poder retornar tendría que haberse ido en algún momento, es el de la España de Miau, esa novelita de Galdós en la que los cesantes van y vienen de sus empleos en la Administración con cada cambio de Gobierno. Todo afán regeneracionista, todo entusiasmo modernizador, toda ingenua prédica europeizante choca siempre entre nosotros, ya seamos nosotros el PP o el PSOE, que en eso siempre se pondrán de acuerdo, con la asentadísima creencia transversal de que el Estado constituye un botín de guerra, el reparto de cuyas vísceras, las tripas incluidas, representa la más legítima de las aspiraciones de los ganadores de las elecciones. Una rifa que va desde el mando en el negociado técnico más especializado que al lector se le pueda ocurrir hasta los mentados chollos en lo del gas. E Iglesias callado como un difunto.

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