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Juan Carlos Girauta

Cayo cayó

Varias cosas tiene don Cayo muy de izquierdas: la falta de rigor, la erudición a la violeta, la doctrina de oídas, la credulidad oceánica y, por encima de todo, la incapacidad congénita de decir "me equivoqué".

Juan Carlos Girauta
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El último comunista que queda en España es Paco Frutos, que no abusa de Marx para no tener que inventarse las citas. A Cayo Lara, coordinador de la evanescente Izquierda Unida, le endosan bulos de internet asesores de todo a cien para que haga el ridículo. Ninguna pirueta le librará de ser la sombra de la sombra de un error histórico. Aunque ostente don Cayo una formidable ventaja: no existe forma humana de empeorar a Llamazares. Los disfraces de Lara han sido lo más soso de los carnavales. Se ha disfrazado de palestino, de conocedor de Marx y de profetilla delegado, capaz de hallar en un texto del siglo XIX el retrato fidelísimo de la debacle financiera del XXI.

Varias cosas tiene don Cayo muy de izquierdas: la falta de rigor, la erudición a la violeta, la doctrina de oídas, la credulidad oceánica y, por encima de todo, la incapacidad congénita de decir "me equivoqué". Por el contrario, opta por revolcarse en el lodo cuando justifica así la cita apócrifa: "Puede que [Marx] no lo dijera, pero seguro que lo pensó". Puede que Marx no escribiera en El Capital el párrafo que le han colado, pero el viejo Karl tiene que haberlo pensado según el criterio del especialista Cayo, cuya comprensión de lo marxiano es más amplia y más profunda que su memoria. Más parece tener que ver todo esto con la pieza del pastor luterano Martin Niemöller "Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas...", atribuida a Brecht por José Sacristán, por Francisco Camps y por el noventa y nueve por ciento de los periodistas.

¿Qué pensará Anguita de Cayo, el que cayó? Él que se enorgullecía de haber leído El Capital lápiz en mano, subrayando pasajes, tomando notas. Lo que pensará cualquiera que venga de aquella izquierda donde el manejo de un mínimo aparato conceptual resultaba indispensable, por mucho que se desbarrara y se estirara hasta la deformación. En realidad, la distorsión de viejas ideas era definitoria de la adscripción ideológica, toda vez que la principal virtud del marxismo bonito era su aparente capacidad de explicar toda la realidad, presente, pasada y futura.

Naturalmente, el socialismo científico era, en estas condiciones, más bien una paraciencia. Por eso han transitado muchos progres, sin dificultad, de Marta Harnecker a las flores de Bach y de los aparatos de penetración ideológica a la ufología. Pero, con paraciencia y todo, el dirigente cogido en cita falsa pasaba un mal trago, y mucha vergüenza. Ahora el esoterismo comunista está tan desarrollado que a un coordinador de IU se les suponen dotes de médium (Marx lo pensó) y punto.

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