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Juan Morote

Universidad y libertad

De la misma forma, no oiremos de boca de los rectores ninguna petición de perdón a los agredidos, ¿verdad, don Senén? ¿Qué me dice, don Josep Joan? ¿Y usted, don Carlos?

Juan Morote
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La universidad pública española se está convirtiendo en lo que fue la universidad alemana de los años treinta: un reducto de pensamiento único donde la discrepancia es acallada como sea. Esto incluye el recurso a la violencia que, de paso, cumple el fin de prevención general del castigo, disuadiendo a los posibles y escasos intelectuales de pensar como tales.

En el año 1933, Martin Heidegger fue elegido rector de la Universidad de Friburgo, tras haberse adherido al Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NDA), tal y como expuso en su discurso de toma de posesión como rector. Heidegger permitió que los jóvenes de las SA fueran con el uniforme paramilitar a la Universidad "en señal de amenaza y para amedrentar a los discrepantes". Muchos profesores de las universidades alemanas tuvieron que exiliarse a los Estados Unidos o a Suiza; lamentablemente, a otros profesores no les dio tiempo y los deportaron a Dachau o a Treblinka.

La táctica de los nazis, igual que la de los comunistas en la URSS, siempre fue echarle la culpa a la víctima para justificar la agresión. Hablaban insistentemente de "la provocación que suponía la mera presencia de los judíos" para así justificar sus ataques. Eran los judíos, desarmados comerciantes, los que crispaban el plácido panorama de la sociedad nacional socialista.

Hoy, en lugar de atentar contra los judíos, se ha abierto la veda para el insulto, el desprecio y la agresión, si se tercia, contra los candidatos y militantes del PP. En los territorios patrios que padecen gobiernos nacionales socialistas se alienta el odio y se incita a cualquier solución para evitar que el Partido popular vuelva a gobernar. Toda una demostración de falta de convicciones democráticas. La izquierda siempre ha pensado que la única legitimada para gobernar es ella misma.

¡Qué triste es comprobar cómo la universidad española empieza a parecerse a la alemana de 1933! Han pasado setenta y cinco años desde que, bajo el epitafio "la verdad os liberará" (Die Wahrheit wird euch frei machen), Heidegger convirtiera el liceo friburgués en un páramo de odio. Hoy, la universidad española, la que pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos del oeste al este, se ha convertido en un reducto de impunidad para nuestros nazis. En un lugar donde estos niñatos con vocación de represores, añorantes de la checa y el gulag –que por fortuna para ellos nunca conocieron–, ejercen de seguidores de Röhm, tratando de impedir el uso de la palabra en la universidad a María San Gil, a Dolors Nadal o incluso a Rosa Díez, que es de izquierdas pero menos.

Pero las similitudes no acaban aquí. Ni siquiera cuando volvió a su puesto en la universidad, ya en los años cincuenta, Heidegger quiso retractarse de lo que había hecho, ni a pesar de las peticiones de su discípulo Marcuse. De la misma forma, no oiremos de boca de los rectores ninguna petición de perdón a los agredidos, ¿verdad, don Senén? ¿Qué me dice, don Josep Joan? ¿Y usted, don Carlos?

Algún día alguien les escribirá como hizo Jaspers a Heidegger y les recordará la ignominia de su complicidad con el delito. Su culpa es mucho mayor que la de los agresores, porque ustedes han convertido la universidad pública en un coto de caza de la discrepancia política, cuando la universidad ontológicamente es justo lo contrario.

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