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ESCRITOS JUDÍOS

El asteroide Arendt

La publicación de los Escritos judíos de Hannah Arendt, en la edición de Jerome Kohn y Ron H. Feldman, es sin duda uno de los regalos que nos dejará este desventurado año de crisis. Por primera vez, una edición razonada reúne la casi totalidad de los ensayos y artículos escritos por Arendt a lo largo de treinta años, desde la década de 1930 hasta mediados de los años sesenta, sobre... ¿Sobre qué, exactamente?

Ana Nuño
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La pregunta viene al caso, porque con Arendt las cosas nunca son simples o evidentes. Y así como muchos la siguen considerando una filósofa, a pesar de que ella misma no se cansaba de rechazar tan honorífico título y prefería el de "teórica de la política", en este caso, y para de entrada evitar malentendidos, conviene despejar la aparente banalidad del título de esta recopilación, ya que los Escritos judíos de Arendt no versan sólo ni principalmente sobre temas judíos. O lo que pueda comúnmente considerarse como tales: autores, obras, movimientos sociales y políticos o costumbres y tradiciones y creencias judíos.

Lo judío, en estos escritos como en otros muchos lugares de su obra, es inseparable de la condición judía de Arendt. Una condición que para ella era una realidad existencial e históricamente determinada y situada, no un sentido de pertenencia a una religión o unas tradiciones o una cultura judías. Mucho menos la manifestación de lealtad a un Estado. Por eso ha hecho muy bien el traductor en trasladar al castellano la distinción, corriente en inglés y siempre operativa en Arendt, entre Jewishness, aquí traducido como "judaicidad" y ocasionalmente "condición judía", y Judaism, "judaísmo". Arendt aborda en estos escritos realidades y facetas diversas de la judaicidad, y lo hace siempre desde su condición judía –una condición que concibió, también siempre, como insuperable e imborrable–. En cambio, rara vez se pronuncia sobre el judaísmo.

Los Escritos judíos reúnen, pues, prácticamente todo lo que Arendt pensó y dejó escrito sobre la condición judía. Con enfoques muy diversos, que reflejan la evolución del pensamiento de la autora, pero asimismo –y esto es interesante– algunas fases importantes de su vida. En suma, leyendo sus Escritos judíos estaremos leyendo también una parte de la autobiografía que Arendt nunca escribió. Jerome Kohn, en un prefacio cumplidamente prolijo pero, por una vez, incumpliendo la ley de este género, también iluminador ("Una vida judía: 1906-1975"), dice que son cinco. Las resumo brevemente.

Para empezar, la fase alemana. Marcada por el temprano interés de Arendt, cuando aún no había tenido que huir de Alemania, en la historia y evolución de la comunidad judía de su país natal. Sin duda, el mejor reflejo de estos escritos iniciales es "La Ilustración y la cuestión judía".

Previsiblemente, la segunda fase coincide con el primer destierro de Arendt, que vivió, de 1933 a 1940, en Francia. Los escritos judíos de estos años son ya militantemente políticos. Nada sorprendentemente: Arendt, despojada de su ciudadanía alemana, vivía por primera vez en carne propia las consecuencias del antisemitismo nazi. Esta es la fase –la única, por cierto– declaradamente sionista de Arendt. Eso sí: ya entonces descreía de la solución nacional, pero en cambio aplaudía en los sionistas la plena asunción de la acción política. Ella misma pasó a la acción, en aquellos terribles años que anunciaban el exterminio de los judíos europeos, trabajando como voluntaria para Juventud Aliyá, "una organización sionista que proporcionaba los medios y el entrenamiento para que los jóvenes judíos de Alemania y Europa del Este (...) abandonasen Europa y emigrasen a Palestina".

En algunos de los textos de estos años, en los que Arendt comienza a reflexionar sobre el sentido de la política, afloran, confusamente aún, los intereses que la llevarán a concebir una de sus grandes obras de madurez: La condición humana. Pero en esa etapa anterior hay más cosas relevantes: por primera vez, Arendt analiza el antisemitismo no sólo como fenómeno histórico, sino atendiendo a su funcionalidad política. Una de las novedades de la edición aquí reseñada es la publicación, por vez primera, del primer ensayo que Arendt dedicó a este asunto y con ese enfoque. Que lleva el título, a secas, de "Antisemitismo". Ensayo no firmado e incompleto –pero con un centenar de páginas– que sólo recientemente ha podido ser atribuido a Arendt, y que ya contiene los argumentos y hasta ejemplos que después aparecerán plenamente desarrollados, en 1951, en su magnum opus: Los orígenes del totalitarismo.

Kohn detecta una tercera fase en los artículos que Arendt publicó a partir de 1941 en las páginas de Aufbau, el periódico neoyorquino de los judíos alemanes, por lo tanto en los primeros años de su exilio en Estados Unidos. A mí me parece que hay continuidad con la fase anterior. En todo caso, sean continuación de la anterior o inicio de una nueva fase, los de este periodo son, indudablemente, escritos de combate.

Arendt tenía en Aufbau una columna fija con el rótulo "Esto te afecta", en la que sobre todo se dedicó a publicar, más que comentarios y análisis, auténticos llamamientos a los judíos europeos para moverlos, una vez más, a la acción política. Pero no se crea que el interés de estos textos periodísticos es meramente contextual: además de trasladar noticias y comentarios sobre el desarrollo de la guerra en Europa y sus consecuencias para los judíos, Arendt aprovecha ese espacio para tomar partido y proponer acciones políticas de cierta envergadura.

Por ejemplo: en plena Segunda Guerra Mundial, aboga por la formación de un ejército judío internacional (algo así como unas Brigadas Internacionales judías), con su propia bandera y la misión de luchar contra el ejército nazi en suelo europeo. También escribe varios artículos ensalzando la labor de los judíos de Palestina, cuya lectura debería bastar, de una vez por todas, para desactivar el estúpido mito de la animadversión de Arendt por el proyecto sionista. Lo que sí es cierto, mal que les siga pesando a algunos, es que Arendt nunca aplaudió la creación de un estado-nación judío. Entre otras razones, por la esencial de que ya entonces vislumbraba lo que acabaría siendo uno de los focos de sus futuros análisis políticos: que los nacionalismos son el origen y la fuente de los totalitarismos. (Por cierto, y de paso, conviene saber que Arendt no analizó el totalitarismo, que es una simplificación del término que acuñó para analizar este fenómeno: Totale Herrschaft: literalmente, "control, dominación o gobierno total").

Cuarta y quinta fases. Aunque la cuarta se solapa con la tercera y las dos son, a veces, indistinguibles, digamos, para resumir, que desde 1942 Arendt se dedicó a pulir algunas de las armas más eficaces de su panoplia teórica. Hay que leer, en este sentido, "Un camino hacia la reconciliación de los pueblos" (publicado en 1942... ¡en Buenos Aires!), donde por primera vez aborda la distinción entre pueblo y nación, y, por supuesto, todos los textos que Feldman publicó en 1978 con el título The Jew as Pariah (edición inencontrable desde hace más de una década), de los que aquí se reproducen, si no he contado mal, 15 de los 17 de aquella primera edición. Incluida la famosa "Carta a Gershom Scholem", que escribió en respuesta a la airada protesta que el gran filólogo y teólogo judío le trasladó tras la publicación, en 1963, de Eichmann en Jerusalén.

Todos estos escritos judíos, de más está decirlo, son capitales, y no sólo para la comprensión de aspectos fundamentales de la Jewishness desde la óptica de Arendt, sino porque contienen análisis políticos que hoy están normalizados (cuando no –de nuevo la palabreja– banalizados) pero que, leyéndolos, se ve con claridad que fue ella la primera en formular. Sólo pondré de ejemplo "Nosotros, los refugiados", publicado originalmente en el Menorah Journal en enero de 1943 (ya editado en The Jew as Pariah): el primer análisis político de la condición de inmigrante tal como hoy la entendemos.

Por último, quiero recordar dos o tres cosas sobre Hannah Arendt. Más que nada porque se ha puesto de moda, en esta última década, referirse a su obra por razones espurias. Desde la izquierda progre, por la peor y más falaz de ellas: porque supuestamente avala el pensamiento político post-totalitario, es decir, básicamente relativista. Y desde el bando de los que nunca comprendieron y siguen sin comprender la distinción entre Jewishness y Judaism y, por consiguiente, se muestran incapaces de pensar a la vez dos ideas sólo aparentemente contradictorias: porque no entienden que se pueda considerar un acto de justicia el ahorcamiento de Adolf Eichmann y al mismo tiempo lamentar que su sentencia de muerte no se haya basado en la perpetración de crímenes contra la humanidad, sino en el sempiterno, intemporal y permanente odio a los judíos.

En otro lugar, Arendt argumentaba su rechazo de la solución jurídica que se empeñó en imponer el tribunal israelí que juzgó a Eichmann de esta inteligente manera:
Si es cierto que la humanidad siempre ha insistido en asesinar a los judíos, entonces el asesinato de judíos es una actividad normal y humana y el odio a los judíos una reacción que ni siquiera hace falta justificar.
En suma, y sobre este aspecto. Arendt se negó siempre a considerar a los judíos o el antisemitismo sub specie aeternitatis, como esencias inmutables. Incluso cuando tenía 19 años y se enamoró de Heidegger –el mayor proveedor de esta mercancía en el siglo XX– se mostró siempre reacia a razonar ontológicamente, basándose en constructos teóricos previos. "De ahí –observa Fina Birulés– que resulte muy difícil ser arendtiano, pues no aparece en ella una voluntad de sistema sino una voluntad de pensar los acontecimientos, arriesgándose –cuando uno piensa en grande se puede equivocar en grande– a pensar los acontecimientos en su especificidad". Y así como Arendt interrogaba menos las formas políticas que las condiciones de posibilidad de relacionarse los hombres políticamente los unos con los otros, no basaba su compromiso existencial y político como judía en una determinada corriente del pensamiento judío, sino en lo que hacía inevitable el que ella tomara posición como judía. En su Jewishness.

Por cierto, y respecto de lo que acerca o aleja esta obra de la de Heidegger, baste con evocar lo que apuntó Arendt en su Diario filosófico (Denktagebücher, literalmente: "Diarios de pensamiento"):
Heidegger no tiene razón: el hombre no está arrojado al mundo; si estamos arrojados, estamos arrojados a la tierra, igual que los animales. En el mundo, precisamente, el hombre es dirigido, no arrojado, precisamente allí se establece su continuidad y se revela su pertenencia. ¡Ay de nosotros si somos arrojados al mundo!
¿Será por eso? ¿Porque, como dice Fina Birulés, es prácticamente imposible ser arendtiano? Al menos, no del mismo modo como se puede ser, digamos, marxista, kafkiano u orwelliano. ¿Será por eso que sigue siendo tan leída como incomprendida y tergiversada?

A saber. Pero quiero imaginar que al menos es porque su inteligencia a la vez deslumbra y puede pasar inadvertida o confundirse con otros cuerpos por lo que un grupo de astrónomos decidió, hace unos años, llamar 100027 Hannaharendt a un asteroide descubierto el 12 de octubre de 1990. El nombre de un destello de lucidez en nuestro vasto universo de estrellas deslumbrantes. La mayoría de ellas, supernovas y enanas blancas.


HANNAH ARENDT: ESCRITOS JUDÍOS. Paidós (Barcelona), 2009, 700 páginas.
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