Menú
MEDIOAMBIENTE Y DESARROLLO

La economía del cambio climático

El relato es de todos conocido: el hombre crea riqueza, pero a costa de dañar el medioambiente. Una de esas huellas desagradables no se ve ni se huele, pero calienta el planeta. Los puntos esenciales de este relato son: 1) hay un calentamiento global; 2) ese calentamiento tiene consecuencias catastróficas; 3) ese calentamiento es sólo culpa de la actividad (capitalista) humana; 4) hay que dar una respuesta (política, y socialista en mayor o menor grado) a ese calentamiento.

0
Como no puede ser de otro modo, el fenómeno del calentamiento se estudia desde distintos ámbitos científicos, y no es el último el de la economía. El relato oficial, además de los puntos antes referidos (y alguno más, como que hay un consenso científico que lo refrenda sin ofrecer resquicio alguno a la duda o al debate), tiene otros, puramente económicos. Por ejemplo, que el calentamiento global tiene costes económicos. Y que la lucha contra el mismo también los tiene. El relato oficial se esfuerza por dejar claro que los primeros (el coste de no hacer nada) son muy superiores a los segundos (el coste de la política).

Jaime Terceiro Lomba ha publicado recientemente un libro, Economía del cambio climático, que constituye un logro no poco valioso. Es una exposición, cumplida, ordenada, elocuente y breve (no será ésta la última virtud que agradezca el lector), del análisis oficial del climático asunto.

Terceiro Lomba da por buena la versión oficial, tal como la hemos recogido en cuatro puntos. Bien está, aunque no es cierto que todos los extremos tengan "una aceptación casi universal". Y aunque es perfectamente legítimo seguir a pie juntillas las indicaciones del "resumen para políticos", que así se llama, del IPCC, lo que no cabe es decir lo contrario de lo que ocurre. Y, mal que pese a muchos, el debate está ahí y es insoslayable.

Entrando estrictamente en materia económica, el autor plantea los problemas de forma prácticamente irreprochable. De ahí su valor como guía segura para conocer ese relato oficial. Se libra de este elogio su afirmación de que "la estabilidad del clima" es un "bien público". No ya porque desde que Coase y otros economistas destrozasen la idea de "bien público" recurrir a ella conlleve ciertos riesgos. Es que el clima cambia y el hombre, no menos que otras especies, se ha adaptado a esos cambios desde que está en la Tierra. La "estabilidad del clima" no implica necesariamente reducir las consecuencias ecológicas de su actividad, pues ante la próxima glaciación se vería forzado a emitir CO2 hasta niveles desconocidos para mantenerla.

Más certera es su afirmación de que las emisiones de CO2 son "externalidades", y su planteamiento de las posibles soluciones. La tradicional, como nos expone Terceiro Lomba, es la de A. C. Pigou, que se resolvía con el principio "El que contamina, paga" y que ha sido objeto de las más duras críticas, casi vejaciones, en un torrente de literatura económica. Otra, más moderna, es la de Coase, quien, en su seminal artículo "The problem of social cost", llegó a la conclusión de que, si se definen perfectamente los derechos de propiedad, y en ausencia de costes de transacción, el mercado llegará a una solución que siempre será óptima. Esta es la base para la creación del sistema de Kioto de un mercado de asignación de emisiones.

Y hasta aquí todo lo que, estrictamente, responde al título del libro. Porque el resto consiste en un esforzado ejercicio de plantear el asunto dentro de la ciencia económica y, luego, de sacarlo de él con calzador.

La economía discurre en términos de cantidades añadidas o restadas, de un poco más o menos; o, como dicen los propios economistas, en términos marginales. El "todo o nada" queda para las siete y media. Pero el marginalismo es incómodo, porque deja en mantillas los planes megalómanos de los políticos, como ese de cambiar el rumbo de la producción para cambiar el sentido del clima. Esto le plantea un grave problema a Terceiro. ¿Seguimos con el título del libro? No. Una larga cambiada al marginalismo, y podemos seguir adelante. El autor recurre a que el calentamiento "conlleva costes y decisiones irreversibles". Como él mismo dice, "esta última característica es un reto formidable para el análisis económico tradicional que, en general, sólo entiende de cambios marginales". Un reto, de hecho, tan formidable, que es suficiente como para dejarlo de lado.

Pero aún tiene el autor más argumentos para dejar a un lado la economía en este asunto. Y es que "es algo arrogante que los economistas valoremos considerables erosiones y cambios en el medio natural en términos monetarios". Con ello quiere decir lo contrario, es decir, que hay episodios, como la desaparición de las especies, que no contabilizamos. Y que somos arrogantes al atenernos sólo a las valoraciones económicas, que no los tienen en cuenta. Si el asunto no es meramente económico, podemos, siempre que nos convenga, dejar de lado cualquier valoración económica que hagamos.

Esto es importante, porque al rescate de los dos argumentos anteriores, y relacionado con este último, el autor nos planta un tercer argumento, éste definitivo, para mandar definitivamente a la ciencia económica y sus incómodas prescripciones al garete. Estamos, señores, ante una cuestión ética. Cuando oigan este tipo de juicios se enfrentarán, no se engañen al respecto, con una deslegitimación de cualquier consideración racional que se le pueda oponer. Lo ético es tan poderoso que cualquier consideración en su contra se convierte, inmediatamente, en una villanía. Tenemos que luchar contra el cambio climático, porque hacerlo constituye un mandato ético. Razón por la cual el contenido del libro es perfectamente prescindible. Es más, si hay al menos tres razones para desentendernos de la economía del cambio climático, ¿no será el precio una más para ignorar el libro que tiene, precisamente, ese título?

Una vez hemos saltado del campo de la economía al de la ética, ya no hay restricción posible. Todo vale. Vean, si no, el capítulo dedicado a la tasa de descuento de la catástrofe por venir y de los costes para luchar contra ella en este armagedón apócrifo. La cuestión es cuánto debamos invertir hoy (o más bien cuántos costes nos harán asumir los gobiernos) para lograr un beneficio que tardará en llegar 20, 50, 100 o 1.000 años. Hay una técnica para comparar, en términos actuales, el valor de una corriente futura de costes. Consiste en descontar su valor en función del tiempo que esté alejado ese coste y del interés. Dicho en román paladino, cuanto más alejado esté ese coste de nuestro presente, menos valor tiene, ya que valoramos siempre más el presente que el futuro. Y cuanto más valoremos el presente (lo que se manifestará en un tipo de interés más alto), también valoraremos menos el futuro; en este caso, el coste futuro.

Así planteada, la cuestión es ahora saber qué tipo de interés elegiremos. El del mercado, habrá adelantado el lector. Pues no. Porque recuerde que esta cuestión "tiene un significado ético más que económico", que "las decisiones son más bien de carácter moral y ético" y que, por tanto, podemos elegir el tipo de interés que más nos convenga. El cero implicaría valorar tanto lo que ocurra en 10.000 años como en el presente. A partir de ahí, pónganse a jugar. Del 0,1 por ciento al 3 por ciento que recoge cumplidamente Jaime Terceiro, elijan lo que aguante su propia ética.

La economía del cambio climático es, con todo, un libro cuya lectura merece la pena. Pues, más allá de las críticas que se le puedan hacer, constituye una guía bien armada del análisis neoclásico del cambio climático. Y porque su mayor defecto, que es el de supeditar la justificación de Kioto y sus seguidores a cualquier consideración en su contra, es un perfecto ejemplo, y por tanto también una perfecta ilustración, del estado de ánimo con que se defiende la posición oficial.


JAIME TERCEIRO LOMBA: ECONOMÍA DEL CAMBIO CLIMÁTICO. Taurus (Madrid), 2009, 136 páginas.
0
comentarios

Servicios

Máster EXE: Digital Marketing & Innovation