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CLÁSICOS

Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo

Aunque reeditado en una modesta colección de biografías de las que se liquidan en los más humildes quioscos, este libro fue escrito en 1930 por un médico humanista de los de antes, de los tiempos en que los galenos sabían casi de todo, cuando aún no eran técnicos especialistas en parcelas limitadísimas de su disciplina.

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Como imaginarán, el médico de marras es don Gregorio Marañón, que en este breve ensayo (162 páginas en la edición manejada) trata de aportarnos información novedosa acerca de uno de los reyes más denostados y mitificados de la historia de España: Enrique IV de Castilla, quien fuera víctima de todo tipo de infundios en vida y carne de denuesto después de muerto. Impotente, malvado, pusilánime, cornudo, mujeriego...: con semejante corte de calificativos y prejuicios, se comprende que la verdadera figura de este rey fuera –aún hoy lo es– una gran desconocida, y que precisase la luz que don Gregorio quiso aportarle.

Como sabemos, la dudosa descendencia de Don Enrique dio lugar a una guerra civil por el trono. Quienes rechazaban que la sucesora fuera su hija Juana motejaron a ésta como la Beltraneja para así dar a entender que el verdadero padre de la criatura era un noble cortesano, don Beltrán de la Cueva. Esta duda sobre la legitimidad de la pobre niña dio origen y tal vez excusa al conflicto y trajo al fin al trono a la hermana de don Enrique, luego conocida como Isabel la Católica.

Don Gregorio Marañón trata de aportar verdad biológica donde sólo había rumores, textos partidistas y mucha mala baba. Intenta responder, en primer lugar, a la cuestión de la supuesta impotencia del Rey y, por tanto, a la de la dudosa legitimidad de su descendencia. Marañón tuvo ocasión de formar parte de una comisión que exhumó los restos del monarca y pudo analizar, a la luz de los avances médicos del momento (primer tercio del siglo XX), la morfología de su esqueleto. En el texto incluye una detallada descripción de la tumba y de los restos mortales, y a partir ahí aventura algunos diagnósticos: el Rey era un sujeto displásico y deforme, un "eunucoide con rasgos acromegálicos". Todo esto determinaba diversas anomalías de su conducta, aunque no necesariamente le hacía incapaz para la procreación.

El doctor concluye que no se puede descartar que Juana fuera hija del Rey, aunque haya testimonios sobrados del distanciamiento de éste de las mujeres y de su dificultad para completar el acto carnal: en efecto, el notario y los testigos que –tal y como prescribía la tradición de Castilla– asistieron a la consumación del primer matrimonio de Don Enrique refieren que éste fue incapaz de completar la coyunda, y que la Reina salió del trance "tan entera como venía, de que no pequeño enojo se recibió de todos". Naturalmente, el Rey prohibió semejantes espectadores la noche de su segunda boda, lo que contribuyó a agrandar rumores y sospechas.

Marañón también formula sus conclusiones a partir de las fuentes históricas primarias y de los escritos de numerosos contemporáneos. Sobre tales bases corrobora que Don Enrique era un personaje psicológicamente anormal, un perturbado sexual con rasgos esquizoides y con dificultad para mantener relaciones normales con mujeres, bohemio, abúlico, exhibicionista y con rasgos de crueldad asociables a su baja autoestima. También considera el doctor muy probable que tuviese el monarca tendencias homosexuales, lo que se corroboraría con diversos testimonios que, teniendo en cuenta las ganas que muchos cronistas le tenían, hay que tomar con prevención.

Como cabía imaginar, la maledicencia de la Corte –y aun del pueblo castellano– tenía que asociar a un rey cornudo una reina promiscua. Esto último merece también la atención de Marañón, que, poniéndose claramente de parte de la pobre Juana de Portugal, salva su honra y recato. Sólo al fin justifica algunos deslices amorosos, como consecuencia lógica del trato despectivo que recibía de su anómalo esposo. Y, desde luego, si algún amorío tuvo tan alta dama, no debió de consumarlo con don Beltrán, que era un don nadie, un mindundi amigacho del Rey que, muerto éste, se apresuró a defender la causa sucesoria de Isabel en lugar de los derechos de aquella triste niña Juana que las lenguas le atribuían. No falta incluso quien insinúa que con quien compartió lecho el tal Beltrán fue con el Rey, no con la Reina.

Es un ensayo muy acertado, que proporciona alguna luz y conclusiones fundamentadas para una época trascendental en la historia de España. Este estudio –acometido por un sabio... con los limitados medios disponibles hace ya ochenta años– lleva lustros reclamando que un especialista, valiéndose de los avances técnicos que don Gregorio no pudo conocer, actualice su análisis. Imagínense ustedes qué libro podría escribirse hoy con las técnicas actuales de análisis de ADN y con los modernos medios de la antropología y la patología forenses.

Puestos a abrir tumbas, hagámoslo con la de Don Enrique, que levanta menos ampollas. ¿Algún facultativo que tome el testigo de don Gregorio?


GREGORIO MARAÑÓN: ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO. Planeta DeAgostini (Barcelona), 2007, 162 páginas.
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