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RELEYENDO A CARL SCHMITT

La leyenda frustrada del final de la política

De manera un tanto sorprendente y abrupta, Aristóteles concluye el Libro XII de su Metafísica, en cuyo centro está su monoteísmo, con una cita de la Iliada, unas palabras de Ulises, el hombre fecundo en ardides: "No es bueno el gobierno de muchos; sea uno solo quien gobierne".

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Para el Filósofo, como lo llamaba Sto. Tomás, el orden de las cosas, el cosmos, invita a pensar que sea uno quien las dirija. En estas páginas de una de las más importantes obras de la cultura occidental y mundial aparece cómo la idea de lo que sea la realidad lleva en sí ligada la suerte del ser de las cosas, y también cómo haya de ser el modo ideal de regir los hombres sus asuntos. La visión de la realidad, la visión de Dios y la visión de la polis están estrechamente unidas; cómo se piense lo uno influirá en lo otro y viceversa. Y, sobre todo, que la concepción que se tenga corresponda o no con la verdad de la realidad no será algo irrelevante. La realidad, para él, tiene una única causa última, por eso los aqueos, para hallar el camino de la victoria, deben tener un solo caudillo. Y, a la inversa, el que sea bueno tener un solo caudillo le dice que la realidad está gobernada por uno solo.

Con independencia de cuál sea la postura concreta del estagirita sobre el monoteísmo o el mejor orden político, lo cierto es que, para él, filosofía, teología y política están fuertemente vinculadas. Pero ¿es esto necesariamente así? ¿Cuál es nuestra situación? ¿No tendrá que ver la suerte de la política actual con cómo se esté entendiendo esto?

Con estremecimiento empieza uno a leer la Teología política de Carl Schmitt, encabezada por la advertencia del autor a la segunda edición de su primera parte, que apareció al poco de acceder Hitler al poder y haberse Schmitt afiliado al partido nazi. El libro consta de dos partes distantes en varias décadas: Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía (1922) y La leyenda de la liquidación de toda teología política (1970), pero unidas y vinculadas no solamente por la común autoría, sino por la obra de Erik Peterson El monoteísmo como problema político (1935). Lo ideal sería intercalar la lectura de este libro entre las dos partes del que es objeto de nuestra atención, pues el de Peterson sale al paso de lo afirmado por Schmitt en 1922 y reiterado a finales de 1933; la segunda parte de Teología política es una retardada contrarréplica que se revuelve asimismo contra la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II.

Estamos ante una discusión de un gran vigor intelectual y profundidad de análisis, en la que se abordan algunas de las cuestiones más decisivas para comprender el pasado siglo y, me atrevería a decir, para orientarse en el presente, en el que parece que se intenta imponer una legitimación meramente inmanente de la política que podría llevarnos a un panteísmo en el que desapareciera el hombre como persona, quedando subordinado a la materia o a la naturaleza y equiparado a cualquier realidad meramente material.

Sin embargo, pese a que las preguntas decisivas estén ahí y el lector pueda adivinarlas, queda un cierto sinsabor de frustración al finalizar la lectura del libro de Smitt. Ninguno de los dos partícipes en esta gigantomaquia ha sido capaz de redondear su respuesta. Uno y otro ofrecen elementos decisivos para comprender la relación entre teología y política, pero el que, al final del debate, no haya una integración de lo válido que ha aparecido en los dos abre la necesidad de forjar una teología política, de pensar teológicamente la política, para superar a ambos autores y sustentar la acción del presente, pues, por ejemplo, tanto la de J. B. Metz como la llamada teología de la liberación resultan insuficientes.

De este rico debate intelectual parece salir en claro que no puede haber una teología pura que se desentienda de la política, pero tampoco una política que pueda prescindir de lo divino. Y no solamente porque, tras la Ilustración, los conceptos de la teoría del Estado sean, en buena medida, una secularización de los teológicos, sino porque inevitablemente la política necesita de una legitimación última, y si ésta no es trascendente se acabará divinizando cualquier inmanencia, que tenderá a expulsar del espacio público cualquier trascendencia que pretenda ser fuente alternativa de legitimación.

Pero esta necesidad de que la teología se implique en pensar la legitimación y la finalidad última y trascendente del ejercicio del poder y de la acción política no lleva consigo la sacralización del poder o la legitimación de cualquier forma del mismo. Aunque desde la fe trinitaria no pueda hablarse propiamente de una liquidación de la teología política, del trabajo de Peterson se desprende que, aunque desde una concepción meramente monoteísta se pueda acabar justificando con cierta facilidad cualquier milenarismo, totalitarismo o teocracia, el verdadero pensamiento trinitario veta de entrada cualquiera de estas tentaciones. Para el cristiano, es imposible una separación tajante entre teología y política; el cristianismo es impensable fuera del ágora pública, el cristianismo lo es en el mundo, en una tensión permanente, nunca en un gueto garantizador de pureza o diluido en las corrientes sociales, pero esa presencia no puede serlo de cualquier manera.

Sí, es cierto lo que afirma Schmitt, que con la desaparición de la teología desaparece también la política, pero esto es un imposible. Lo que podrá darse será una degradación de la teología con la degeneración de la religión y, con ella, una degradación también de la política. Es imposible el final de ésta, pero hasta dónde pueda llegar su descomposición solamente será posible indicarlo en la medida en que podamos decir hasta dónde puede llegar la masificación del hombre, el amordazamiento de su ser persona.

Una vez más tenemos que prestar oído a María Zambrano: "Una cultura depende de la calidad de sus dioses, de la configuración que lo divino haya tomado frente al hombre".


CARL SCHMITT: TEOLOGÍA POLÍTICA. Trotta (Madrid), 2010, 184 páginas.
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