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HISTORIA

Larra, ironía y frustración

En marzo de este año se cumplió el bicentenario del nacimiento de Mariano José de Larra, uno de nuestros más importantes costumbristas, junto a Mesonero Romanos y Estébanez Calderón. Aquel madrileño era un tipo irónico, mordaz y elegante –un dandy, que escribió Umbral–, pero igualmente triste, melancólico y frustrado. Fue uno de los primeros periodistas que consiguió vivir exclusivamente de su pluma.

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Larra ha sido siempre un personaje de difícil interpretación. Algunos historiadores han querido colocarlo entre los seguidores del progresismo, y otros entre los del moderantismo; unos, intentado encontrar la coherencia en los altibajos ideológicos del periodista, y otros en una imaginaria línea continua. Y es que Larra fue tan complicado como el tiempo que le tocó vivir, y ni siquiera él mismo se hubiera definido, y a duras penas, llorando, porque escribir es llorar, más que como escritor.

José Escobar, uno de sus más importantes biógrafos –junto a José Luis Varela–, escribió hace unos treinta años que hacía falta un estudio completo sobre la vida de Mariano José de Larra. Esto es lo que ha intentado hacer unos de sus descendientes, Jesús Miranda de Larra, en la obra titulada Larra. Biografía de un hombre desesperado. Manejando el archivo personal del periodista y reuniendo la información que hasta hoy se conocía, ha elaborado una semblanza interesante del personaje.

Mariano José nació en el Madrid ocupado por los franceses en 1809, en el hogar de un médico afrancesado. El exilio le llevó a Francia entre 1813 y 1818, año en el que su familia volvió a España a instancias del hermano menor del rey, el infante Francisco de Paula. Quizá este inicio ambivalente, o aparentemente contradictorio, a caballo entre dos nacionalidades, marcó la existencia del periodista. ¿Cómo? Perteneció a los Voluntarios Realistas, que era una milicia fernandina que defendía el absolutismo, y unos años después, en 1834, ingresó en la Milicia Urbana para sostener el liberalismo frente a los carlistas.

En política actuó del mismo modo: alabó sucesivamente al moderado Martínez de la Rosa y al progresista Mendizábal, y luego criticó despiadadamente a ambos. Denunció la empleomanía, que era la compra-venta de voluntades por el deseo de tener un empleo público, y en 1836 aceptó ir en la lista de los moderados de Istúriz por la provincia de Ávila a cambio de no criticar más al Gobierno del propio Istúriz.

Inventó pseudónimos que titulaban publicaciones, y que eran personalidades que casi ocultaban la suya verdadera, como "El Duende Satírico del Día", "El Pobrecito Hablador" y, sobre todo, "Fígaro". La imposibilidad de estos personajes de expresar con libertad sus opiniones debido a la censura se convertía en un problema existencial del propio Larra. Esta fue una de sus obsesiones, la censura que cercenaba sus escritos; otra fue el amor no correspondido o fracasado.

A la edad de quince años se enamoró en Valladolid de una mujer mayor que él, que a la postre resultó ser la amante de su padre. Se casó con Pepita Wetoret en contra de la opinión de sus progenitores, y el matrimonio fracasó casi nada más empezar. Y entonces entró en su vida otro amor imposible, una mujer casada: Dolores Armijo.

La Generación del 98 trasladó las obsesiones de Larra a una interpretación muy peculiar de España y de su historia. Tomaron entonces al madrileño como ejemplo del "dolor de España". El fin trágico de aquél: se suicidó tras recibir la visita de despedida de su ex amante Dolores, se les presentaba como el resultado de una sociedad pacata, anclada en la ignorancia y el fanatismo, que no le había comprendido. Como psicoanálisis de los noventayochistas está bien, pero dista mucho de las razones que subyacen al suceso. Roca de Togores, su amigo, dio la clave del personaje: murió porque no alcanzó el ser ideal que ansiaba. Fue la frustración anexa a la melancolía propia del romanticismo que Larra vivió y cultivo.

Jesús Miranda da una pincelada de estos sucesos, muy atinada en ocasiones, que resume lo ya conocido sobre el personaje, y no se deja llevar en exceso por la corriente noventayochista. Comete errores al seguir tan a pie juntillas la línea interpretativa de Tuñón de Lara y sus seguidores, utilizando análisis y conceptos desfasados. Por ejemplo, habla de la "década ominosa" –desde hace bastantes años está en desuso, como "bienio negro"– y de topicazos, como ese de que Calomarde cerró las universidades y abrió la Escuela de Tauromaquia (p. 41), obviando la apertura del Museo del Prado y la del Conservatorio de Música, así como el Código de Comercio y otras leyes que unificaron el país. Y no crean por esto que defiendo a Fernando VII, que uno siempre ha preferido a los liberales de 1808 y subsiguientes.

Por otro lado, se hace un tanto pesada la sucesión de cartas transcritas (v., p. ej., págs. 162 a 173, y 185 a 207), porque a veces un resumen o una contextualización, más narración, en definitiva, dignifica y da sentido a los documentos. A pesar de esto, se trata de un libro interesante que nos acerca al personaje, especialmente a su lado emotivo.


JESÚS MIRANDA DE LARRA: LARRA. BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE DESESPERADO. Aguilar (Madrid), 2009, 442 páginas.
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