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Las limpiezas de Solbes

No estamos ante un riesgo calculado de depuración de empresas mediocres. Estamos ante la posibilidad creciente de una contracción en todos los sectores, y lo menos malo que podría hacer el BCE es bajar los tipos de interés.

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Las palabras del ministro Solbes sobre los efectos "depuradores" de la recesión son una muestra de lo confuso que anda el panorama de la economía española sobre estos temas, aparte de la curiosa coincidencia entre economistas de la izquierda y la derecha en ese afán de que las crisis macroeconómicas hacen una sana limpieza de material sobrante. Como si una riada que se llevara una ciudad por delante fuera buena porque limpia las alcantarillas, o algo así. Es no tener ni idea de lo que significa una crisis macro, que no tiene nada que ver con la quiebra y desaparición de empresas sin futuro. Todo economista sensato sabe que es bueno que las empresas que no se adaptan al presente y al futuro –sea reduciendo costes, sea inventando o mejorando el producto, sea reconvirtiéndose total o parcialmente– han de liquidarse. Cuanto antes se haga, menor coste de adaptación tendrán los factores productivos liberados.

Pero estos son temas de ajuste microeconómico, que no tienen nada que ver con las oscilaciones macroeconómicas. Los liberales españoles (y no liberales, como Solbes), son muy proclives a decir que las recesiones son buenas, pues han sido provocadas por excesos de inversión de ciertos sectores, excesos que han de ser depurados. Todo esto estaría muy bien si esas recesiones no afectaran al resto de la economía y no provocaran procesos acumulativos a la baja. Lo que proponen estos economistas funcionaría en un mundo que no existe: un mundo donde no hay incertidumbre; donde todos los agentes, bien informados de lo que está pasando, reaccionan a la recesión ajustando perfectamente oferta, precios y salarios, a la nueva situación productiva, sabiendo lo que hacen sus inmediatos competidores. Esto no existe, como es obvio. Los agentes se desenvuelven en incertidumbre, y son lentos al ajustar sus variables, pues les da miedo perder margen y la respuesta de su clientela en relación con la competencia. Los precios y salarios no son tan rápidos en cambiar como deberían, aunque hubiera perfecta libertad de mercados, y no digamos si eso se añade la existencia de frenos artificiales españoles: sindicatos, asociaciones, injerencias de autoridades, etc.

En una recesión suficientemente duradera, se pueden producir procesos encadenados de desinversión que expulsen del mercado a empresas y trabajadores productivos y competitivos en el mercado mundial. ¿Cómo es posible esto? Esto se produce porque, en momento de crisis e incertidumbre, todos los sujetos aumentan la demanda de saldos monetarios como único refugio de riesgo cero. Friedman, en su trabajo con Anne Schwartz sobre la Depresión de 1929, demostró que las grandes oscilaciones económicas se deben al auge y contracción del dinero. Pero no en el sentido unidireccional que se suele interpretar en Europa, sino en ambos sentidos: si el exceso de dinero puede causar inflación, su escasez puede causar deflación y recesiones muy prolongadas.

La crisis que empezó hace un año ha venido acompañada de una aceleración de los índices habituales de inflación. Pero ello se debe a que esos índices no incorporan precios de ciertos bienes, con los inmuebles, que se están desmoronando, y con ello están contrayendo la riqueza de los propietarios. Además, las rentas disponibles se están contrayendo, pues la mayoría de los perceptores no ha podido repercutir al alza el mayor coste de los productos básicos. En otras palabras, no hay espiral precios-salarios, que es lo que tiene que haber para hablar de inflación. Lo que hay es el reflejo de un cambio de precios relativos a favor de los productores de petróleo y otras materias primas, con la consiguiente transferencia de renta hacia ellos.

Y el dinero sigue oculto, atesorado, según muestran los márgenes de tipos de interés a 3 meses respecto a los oficiales. Es más, contra lo que muchos creen, los bancos centrales no han inundado de billetes el mercado: la base monetaria (dinero emitido) de la Reserva Federal ha aumentado un 1,6% en un año, mientras en España, por ejemplo, la oferta monetaria se está contrayendo, debido a que el M1 en la zona euro se está debilitando agudamente, como puede verse en las gráficas adjuntas del BCE.

El dinero atesorado quiere decir que la demanda de bienes cae abruptamente –como se está viendo en los principales países: concretamente, los datos recientes de EEUU muestran que los precios de producción se desaceleran, mientras que las ventas al por menor caen fuertemente–, lo cual debilita el argumento de los que dicen que las expectativas inflacionistas están subiendo y habría que frenarlas, pues se compadece mal con la caída del consumo y la inversión: alguien que espera de verdad que los precios suban compraría ahora, antes de que lo hicieran. Pero no se observa esa reacción sino la contraria: guardar el dinero por seguridad, mientras no se despejen las incertidumbres sobre las entidades financieras.

En suma, no estamos ante un riesgo calculado de depuración de empresas mediocres. Estamos ante la posibilidad creciente de una contracción en todos los sectores, y lo menos malo que podría hacer el BCE es bajar los tipos de interés.

Lo mejor que podría hacer Solbes es enterarse de cuales son los objetivos de BCE: a lo mejor piensan como él, que una buena purga... Por cierto, como pensaba el influyente Miller, de la FED de 1929, cuando impuso su doctrina y lanzó una "evangélica cruzada" de lucha contra la especulación, justo cuando esta se había pinchado. Miller sucedió al finado Strong, partidario éste de la teoría cuantitativa del dinero. Miller era devoto de la llamada "Real Bills Doctrine", doctrina especiosa y mal concebida que simplemente pretende ligar el aumento del dinero al aumento de los bienes reales. Era aparentemente veraz y útil en tiempos de auge, pero ¿y cuando caían la producción, los precios y la oferta monetaria? Por eso el primer y purificador objetivo de Harris fue limpiar la especulación, que no producía bienes. Como se ve, algo muy primitivo y basto, a lo que aquí somos muy devotos. Todo esto, por cierto, demuestra una vez más la influencia de creencias sin base en el devenir humano.

Y ahora, un pronóstico (visto el nuevo frente abierto por Lehman y otros bancos de inversión que entran en sospecha, así como su contagio a los bancos europeos): lo que no se hace a tiempo preventivamente, se hace tarde y mal repentinamente. Quiero decir que, de aquí a unos meses, no veo improbable que rija un tipo de interés cero, como en Japón durante tantos años...

Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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