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El acojonamiento nacional

Evitemos ser pusilánimes, démosle tamaño y ley a la dignidad nacional y hagamos lo que se debe hacer.

Pedro de Tena
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Acojono, acojonarse, acojonado son términos felices de la ingeniería lingüística popular, que acaba por llenar el hueco de los diccionarios cuando hay demasiada o relevante distancia entre el significado y el significante. Se dirá que acojono es sinónimo de miedo, de temor, de pavor, de cobardía, de falta de valor, etc. Acojono es miedo, pero miedo paralizante, temor con estupefacción. Los demócratas españoles, los que creemos en una nación común, la España constitucional; en un discurso moderno y racional con respeto a la verdad y a los hechos; en la necesidad de una representación digna y honesta que use los recursos comunes para el bien común; en el trabajo y el esfuerzo, no el delito, como medios de prosperidad; en la educación y la investigación como métodos de progreso y en determinados valores éticos como guía y sostén de la convivencia, estamos acojonados por las minorías que no creen en la democracia, sino que la utilizan como medio para fines ajenos a la convivencia de todos. Desde el nacionalismo separatista a la izquierda más rancia, incluyendo no pocos abducidos del PSOE, hacen lo que sale de los cojones, para seguir con el término, acojonando a la mayoría de los demócratas. El caso Wert es el síntoma inequívoco del acojonamiento de la democracia española 


Pero, al margen de matices y detalles, ¿qué dice el señor Wert que sea fatal, dañino, pecaminoso incluso, respecto a los intereses generales de los españoles? ¿Es que el que se pueda aprender la lengua común española, el castellano, en todo el territorio nacional (sin menoscabo de ninguna otra lengua española) es para que estos fariseos del templo nacionalista se rasguen las vestiduras? No, claro que no. Pero de lo que se trata es que alzar la voz, de gritar "blasfemia" tan alto y tan claro que hasta al más valiente y esforzado de los demócratas quede literalmente acojonado. Mejor dicho, siga acojonado. Porque acojonados hemos estado durante tres décadas, comprobando cómo la lealtad de los nacionalistas catalanes y vascos y el comunismo recalcitrante añorador de la felicidad de la URSS y otros paraísos era nula. Nos juraron que la transición era un pacto nacional de todos y que todos respetarían sus límites. Mentira. Poco a poco, han ido conquistando dinero, medios, recursos políticos, y hoy se permiten incluso amenazar a quienes creemos aún en que estos restos dispersos del naufragio español tienen arreglo desde la democracia. Que el PSOE haya tildado la reforma Wert de ataque a Cataluña muestra cómo es de gordo el agujero negro que los va a llevar a la ruina. 

Frente al acojono, lo necesario no es el descojono, que significa más o menos partirse de risa ante este cuadro esperpéntico nacional. Se trata mejor de recojonarse, vocablo que propongo como significante del afán de reencontrarse con los valores democráticos y hacer que las mayorías dirijan la política nacional. Hay instrumentos. Por ejemplo, la reforma constitucional, una vez comprobada la deriva antinacional de los partidos nacionalistas, deriva contra la que este país ha luchado poniendo muchos muertos y sacrificando a muchos vivos, esperando un final feliz que no existe ni existirá.

Comprendo que a algunos les dé miedo tal reforma porque crean que la componenda, pese a su inutilidad, es mejor que el enfrentamiento político abierto. Pero evitemos ser pusilánimes, démosle tamaño y ley a la dignidad nacional y hagamos lo que se debe hacer. Recojonémonos de una vez y, aunque sabemos que las minorías seguirán ejerciendo su derecho a la protesta, lo cual es legal y legítimo y siempre lo ha sido, impidamos que sigan acojonando a la mayoría nacional.

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