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Cómo me hice marxista

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En octubre-noviembre de 1965 estuve trabajando en una gran fábrica de azúcar, en Brigg, un pueblo inglés cercano a Lincoln. Trabajaba ilegalmente, pero como era la temporada de la remolacha, la empresa no se preocupaba de eso. Me pusieron con unos chavales irlandeses a que me enseñaran a manejar unas máquinas. Pronto me percaté de que me hacían trabajar y se dedicaban, varios de ellos, a charlar, excepto cuando venía el encargado, momentos en que me sustituían y me dejaban sin hacer nada, a la vista del foreman. Entonces dejé de hacerles caso cuando querían ponerme de nuevo a las máquinas, y varios de ellos empezaban a cuchichear entre sí, mirando en mi dirección. Yo pensaba: “Estos cabrones igual me cogen a la salida y me dan una paliza”. La cosa no llegó a mayores porque unos días después me mandaron a otra sección, donde otro irlandés, un tipo grandullón, al saber que era español, me preguntó: “¿Roman Catholic?” Aunque ya no me sentía muy roman catholic, le dije que sí, me estrechó la mano calurosamente y se hizo muy amigo.

Dentro de la fábrica había un ruido infernal, y, siendo duro el trabajo físico continuado, más lo era para quien, como yo, no estaba acostumbrado a él (tenía 17 años), y distaba mucho de ser un sansón. Trabajaba de pie todo el día en medio de aquel estrépito y de la humedad, y terminaba realmente cansado, con las rodillas doloridas. Empecé a pensar: “estamos aquí dedicando buena parte de la vida, con gran esfuerzo, a dar beneficios a unos cuantos tipos, los dueños del negocio, para que ganen mucho dinero sin apenas dar golpe, despidiéndonos en cuanto no les servimos”. Entiéndase bien, no es que me sintiera obrero, pues mi familia era de clase media, y en cuanto quisiera podía volver a estudiar; simplemente estaba allí por una sana afición juvenil a tocar la vida con las manos, por así decir. En mis cogitaciones llegué a esta conclusión: “la economía podía organizarse de acuerdo con las necesidades de la gente. ¿Qué falta hacen esos tipos que viven a lo grande a costa de nuestro sudor?”.

Algo de esto he contado en De un tiempo y de un país. Al año siguiente, en otro viaje, me tocó ser devuelto de Holanda a Inglaterra por no llevar dinero, en una situación algo calamitosa que compartía, dándome ánimos, un negro surafricano, cantante según decía. Leí en el barco un folleto turístico soviético, donde informaba: “En la URSS no existe la explotación del hombre por el hombre”. ¡La frase resumía mis propios pensamientos!

Como puede comprenderse, cuando llegué a leer a Marx, Lenin y demás, me sentí fácilmente identificado con ellos, porque parecían corroborar mi propia experiencia. A veces me he preguntado por qué me resultó tan largo y laborioso abandonar aquellas ideas, a pesar de muchas evidencias, y creo que se debió a esa combinación de experiencia práctica y fascinación intelectual. La mayoría de los estudiantes que por entonces optaban por el marxismo, lo hacían sólo por esa fascinación, a veces teñida de esnobismo o de ambiciones de poder: el marxismo daba una explicación a todo. Brecht dijo en una ocasión: “alguna gente se asusta de nosotros porque dice que tenemos respuestas para todo. Sería bueno hacer una lista de cuestiones pendientes, para convencerlos de lo contrario”. Quería aparentar menos dogmatismo, pero era imposible: no había pregunta sin respuesta para un buen comunista.

Por supuesto, yo tenía algunas dudas. Una vez, discutiendo con Blanco Chivite, si mal no recuerdo, compañero de la Escuela de Periodismo que se salvó por los pelos de ser fusilado en 1975, le dije: “todas las teorías se basan en cierto número de hechos. Como los hechos son infinitos, todas las teorías serán superadas, incluido el marxismo”. La respuesta fue: “ese es un punto de vista reaccionario”. Intuía vagamente que el socialismo sólo podía funcionar convirtiendo la sociedad en un cuartel, o más bien en una cárcel, pero el propio Marx acusaba a otros utopistas de pensar de esa manera, por lo que, más por fe que por “ciencia”, esperaba que nuestro experimento saldría mejor. Realmente el marxismo sólo puede conducir a lo que ha conducido.

Como estamos en verano, podemos permitirnos estas remembranzas.

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