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La carnada perfecta

No deben caer en el juego de los que repentinamente hablan bien de Hugo Chávez. No todos los muertos son buenos.

Raúl Benoit
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No deben caer en el juego de los que repentinamente hablan bien de Hugo Chávez. No todos los muertos son buenos y, por más que pidan a los antichavistas que no festejen, tienen el derecho de celebrar un eventual cambio, o también lamentarse de la continuidad de un régimen que consideran ilegal. Por su parte, los chavistas pueden llorar a quien creen fue su líder, pero en paz, sin agresiones ni amenazas. 

Sin embargo, ninguno de los bandos debe ignorar que la herencia de Chávez es un legado de improvisaciones que dañó la estabilidad institucional, debilitó las finanzas y endeudó la nación, con sus regalos (fondos y petróleo) a países y partidos aliados y sus incrementos salariales para los empleados públicos –sobre todo a los militares– sin antes fortalecer la economía. 

Nadie puede negar que en Venezuela hay escasez de alimentos básicos; que se intimida a la prensa; que se han expropiado inmuebles, tierras, empresas e industrias, lo que no beneficia a la gente común sino a quienes gobiernan y a sus secuaces. Tampoco pueden ignorarse las acusaciones de corrupción y asociación para delinquir con el narcotráfico. 

En su manipulación informativa, Chávez difundió que el desempleo bajó, lo cual no está comprobado con datos fehacientes. En cambio, lo que los venezolanos viven en el día a día es una delincuencia galopante. 

Vienen tiempos difíciles para Venezuela, con una gran parte del pueblo ilusionado y ciego, engañado, amamantado en el populismo. Es peor el ilusionismo que el ilusionista. Es más peligroso el chavismo que Chávez. No se trata de un hombre sino de un movimiento entre el delirio, el misticismo y la brujería, dirigido por gente maliciosa y codiciosa que hará lo que sea para aferrarse al poder. 

Hablan de democracia y de proteger la Constitución pero el ministro de Defensa, Diego Molero, hace inusuales alocuciones prosocialistas y prorrevolucionarias. Los ejércitos están para defender los derechos constitucionales de todos los ciudadanos, incluso los de la oposición y los de los independientes, no los de un grupo específico. 

Es misterioso cómo Venezuela cayó en ese derrotero. Mi primera reflexión es que muchos mordieron la carnada perfecta, y la razón es que el venezolano fue un pueblo abandonado por Gobiernos anteriores, resentido por la injusticia del pasado; y así fue fácil enfrentarlo a la clase dirigente tradicional, a industriales y empresarios, a la burguesía y por ende al trillado imperialismo. 

Un socialismo que fomenta el resentimiento social es la carnada perfecta para los incautos, a quienes convencieron de que llegó su hora. Esos peces infelices cayeron en la panza de voraces ballenas, en el mar de la inconformidad y el odio, pero lo que no saben es que no obtendrán nada. No hay mejor satisfacción para un pueblo sufrido que ver a un Gobierno populista golpear y ultrajar a los ricos y poderosos. 

El pueblo venezolano necesita despertar del letargo para no morder más esa carnada perfecta. Que no legitime a un Gobierno tramposo y mentiroso. Que no permita que vuelva a suceder otro golpe de facto como el del 9 de enero, cuando Maduro y Cabello se adueñaron del poder, en complicidad con el Tribunal Supremo de Justicia, mintiendo a la gente, fingiendo que su líder daba las órdenes lúcido y rozagante desde Cuba, cuando llevaba en coma inducido desde diciembre. 

El pueblo venezolano no debe permitir que jueguen con sus sentimientos. Ahí queda el espectáculo del desfile caraqueño de un féretro vacío, mientras el oficialismo se traía el cadáver de Chávez desde Cuba, donde realmente murió. 

Maduro y Cabello son dos personajes astutos que sacarán provecho de la partida de Chávez; el extinto será leyenda y en la historia quedará como el salvador del pueblo, cuando en vida se derrumbaría solo, como de hecho ya se estaba derrumbando. Ellos, los herederos, están haciendo un trabajo minucioso, vigorizando la leyenda para usarla como nueva carnada de incautos. Chávez los sostendrá desde el sepulcro. 

Por ahora Cabello no sacará las garras contra Maduro, porque finge obedecer la voluntad del difunto; pero la rapiña comenzará en el momento en que los intereses económicos sepulten para siempre el respeto por el falso líder del pueblo. En la historia se ha demostrado que el mal se devora a sí mismo.

Pasarán años y quizá décadas antes de que Venezuela se sobreponga del daño que le han hecho. Por cierto, los revolucionarios del siglo XXI no se irán.

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