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Zoé Valdés

De pitadas y desmayos

Sabíamos por dentro que todo aquello era mentira. Cañonazos de mentiras contra inocentes hambrientos.

Zoé Valdés
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Sabíamos por dentro que todo aquello era mentira. Cañonazos de mentiras contra inocentes hambrientos.
El dictador cubano Fidel Castro. | Cordon Press

La recuerdo como si fuera hoy. Aquella concentración en el Anfiteatro, a pocos pasos del Parque de los Enamorados; de súbito se nos dijo que Fidel Castro pasaba "por casualidad" –siempre recorría los sitios así, como por azar– y decidió saludar a los niños del barrio. Nos sacaron a todos de las aulas para asistir allí, y concentrarnos enfrente del Orador Orate bajo un sol de órdago.

El Orador Orate se notaba muy enfadado, como siempre, los ojos empequeñecidos por la ira, la barba vibrante por el odio, se quitó la gorra militar en numerosas ocasiones, mesaba sus rizos, volvía a encasquetársela. Era todo nervios.

Yo era una niña, pero podía darme cuenta de que ese hombre no estaba bien, que de ninguna manera actuaba en sus cabales. Vociferaba, manoteaba, deliraba, se desplazaba de un lado a otro encima de aquella tarima de piedra histórica. Y acusaba con su dedo en ristre.

Probablemente en aquella ocasión, que yo recuerde, estuvo hablando unas seis o siete horas sin parar, debajo de aquel sol que aterrillaba a todos. La mayoría de los niños allí presentes no habíamos desayunado, las horas pasaron y perdimos el almuerzo en el comedor escolar (una miseria ya en aquella época).

Las tripas empezaron a ronronear de hambre, las miradas a desvincularse del objetivo: aquel loco enfrente de nosotros; los vahídos se sucedieron. A mi alrededor los demás estudiantes caían como moscas, desmayados, el intenso calor, el hambre y la sed terminaron por rendirlos. Yo aguantaba estoica, porque siempre he sido así, como muy espartana. Además, sabía que mi blúmer estaba agujereado y no quería mostrar mi miseria, así de sencillo.

El tirano ni siquiera se inmutó, siguió hablando como el Orador Orate que era. En un instante se detuvo para acomodar a un lado el cable de su micrófono, y aprovechó para añadir:

–¡Fíjense la importancia de lo que estoy diciendo, observen bien cuán importante es, que hasta estos niños se desmayan emocionados ante mis palabras! –y continuó impávido.

Ni siquiera nos atrevimos a mirarnos entre nosotros para comprobar si habíamos oído bien lo que aquel fanático profería de sí mismo. Pero sabíamos por dentro que todo aquello era mentira. Cañonazos de mentiras contra inocentes hambrientos.

Al día siguiente la prensa y la televisión se hicieron eco en las informaciones y noticieros de las palabras del Líder Orate. Mi abuela volvió a casa de su trabajo en el teatro con el periódico, lo lanzó con furia encima de la cama. Aproveché para poder leer los titulares de reojo. Todo mentira. No podía caber una guayaba más en lo que ahí se decía: "Niños se desmayan emocionados ante las palabras de Fidel".

Pues casi lo mismo acaba de suceder en España, el 12 de octubre, Día de la Hispanidad. El pueblo dio vivas a los Reyes y abucheó a Pedro Sánchez, que iba como siempre con su mirada torva, oscura, y las mandíbulas apretadas, a punto de reventárseles de la envidia que lleva dentro. Las pitadas fueron estruendosas en contra del fraude Sánchez.

La prensa, en su gran mayoría, ni corta ni perezosa, devolvió los sucesos inflando los globos correspondientes y lanzando las guayabas o mentiras como sólo una prensa cobarde puede hacer. Entonces se pudo leer y hasta oír en las televisiones todo lo contrario a lo que allí vimos que había sucedido: resulta que para ellos el pueblo abucheaba contra cualquier cosa menos contra Pedro Sánchez, al que según estos timoratos periodistas iban dirigidos los vítores de admiración y amor.

Y así va España, rapidito y muy directo hacia la perdición, y sin retroceso y posible retorno. Porque estos locos cuando cogen el mazo no sueltan jamás.

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