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Las olvidadas

¡Cuánta fuerza deben reunir para seguir adelante, como madres, como abuelas, como mujeres, y como activistas por la libertad y la democracia en su país!

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Son cubanas, luchadoras por los DDHH en Cuba. Sus nombres: Rosa María Rodríguez Gil (coordinadora en La Habana del Movimiento Cristiano Liberación, acerca de ella he escrito en otras ocasiones); Yadelis Melchor, hija de Rosa María Rodríguez Gil, también miembro del MCL; Yaimaris Vecino, médico, esposa del líder del MLC, elegido mediante votos, continuador de la obra fundacional de Oswaldo Payá Sardiñas y desde hace dos años y cuatro meses encarcelado en Cuba.

Tres mujeres, que no son precisamente aquellas tres protagonistas de Robert Musil, pero que se parecen tanto a esta frase suya que describe a Tonka, una de las heroínas: "A veces lo infinito cae gota a gota". Tres mujeres como tres gotas, que caen, infinitas, y horadan persistentes en las empobrecidas mentes de sus represores.

Yadelis Melchor es madre de Rossuan Durán Melchor; Rosa María Rodríguez Gil es la abuela de este joven, también encarcelado y conducido de manera brutal a la prisión Jóvenes de Occidente, donde tratan a los muchachos "peor que a los perros". Allí los vejan, los insultan, los abofetean, los golpean salvajemente, los torturan, los desaparecen.

A mi juicio, encarcelar a Rossuan ha sido una manera de castigar la labor combativa por los DDHH de Rosa María y de Yadelis, porque castigando a Rossuan las castigan a ellas, aislándolo las maniatan a ellas, o lo intentan. Como hicieron cuando se llevaron al hijo de Rosa María, el hermano de Yadelis, Yosvany Melchor, que, pese a su enfermedad mental, pese a ser un hombre enfermo, estuvo injustamente preso durante siete años.

No es nada fácil imaginar los padecimientos de Rosa María Rodríguez y de Yadelis Melchor en estos momentos, no es nada agradable ponerse en su piel e imaginar cuánta fuerza deben reunir ambas para no permitir que el dolor las sacuda y las derrumbe, y que los esbirros que provocan ese sufrimiento, los verdugos que maltratan a Rossuan, se alegren y se burlen de ellas. ¡Cuánta fuerza deben reunir esas dos mujeres para seguir adelante, como madres, como abuelas, como mujeres, y como activistas por la libertad y la democracia en su país!

Es la fuerza que ha debido tener Yaimaris Vecino durante dos años y cuatro meses para criar a sus dos hijos y cuidar de ellos y evitar lo que les pueda suceder bajo un sistema represor como el de Cuba, en el que se toman represalias feroces contra los hijos de los disidentes, mientras su esposo Eduardo Cardet ha sido golpeado por sus torturadores, apuñalado por reos enviados por sus represores, y ha estado enfermo sin la debida atención médica ni las consideraciones que merece como preso de conciencia, declarado tal por Amnistía Internacional.

Yaimaris Vecino, médico, al igual que su esposo, no ha dejado de ejercer la medicina. No ha cesado ni un día en sus funciones de doctora. No sólo se preocupa por sus hijos, además por su madre, y por los miembros del MCL, que viven dentro y fuera de Cuba. Cuando he oído o leído alguna entrevista con esta ejemplar mujer me ha sorprendido que jamás emite una queja, no pide nada para ella ni para los suyos. Su discurso se concentra en la libertad de su esposo, en la libertad de su país, donde sus hijos tienen todo el derecho a crecer libres, y en su combate por los DDHH. Allá donde vive, en el lejano poblado de Velasco, espera y actúa, convierte el dolor en ilusión, en esperanza. Siempre palabras alentadoras, jamás una frase negativa. ¿Cómo puede? No lo sé. Ella es otra gota, la gota perenne en el cráneo del tirano y del tiranuelo.

De estas tres mujeres sin embargo se habla poco. El exilio de Miami las ignora la mayoría de las veces. En los salones latinoamericanos donde se cocina la alta política opositora apenas las mencionan, las emborronan bajo un burujón de nombres más inflados que otra cosa.

Se olvidan de ellas a propósito. ¿Por qué? Tengo una explicación: no generan dinero, no son fuentes de riquezas, como algunas a las que acaba de nombrar una tiparraca (Mara Tekach) representante del Gobierno norteamericano como luchadores de no sé qué.

Sí, sé de qué, son luchadoras por continuar haciéndole la noticia y el circo al régimen, por convenirle con el numerito de turno al oprobio, por ripiarse por un viaje y por un grant (ayuda en metálico de USA a los opositores), por transformar la causa en ambición inmobiliaria…

Ah, pero esas no son Rosa María Rodríguez, ni Yadelis Melchor, ni Yaimaris Vecino. Nada que ver con las caimanas a las que no nombraré esta vez.

Nada más lejos de esas trepadoras que la transparencia de una gota de agua, que la paciencia infinita. Más bien a esas tan inmerecidamente reconocidas las describe la volubilidad esquiva del azogue y el apuro vulgar de la avaricia.

PS: al cerrar la columna me entró un email donde Rosa María Rodríguez Gil informa de que Rossuan, su nieto, e hijo de Yadelis Melchor, su hija, acaba de ser salvajemente golpeado junto a otro compañero de celda que intentó defenderlo frente a los carceleros. Ambas mujeres harán todo lo que esté a su alcance para poder visitarlo el próximo viernes.

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